Editorial & Columnas
La revolución de Temu
Por: Edgar Jafet Hernández
La historia del gobierno de Gustavo Petro podría resumirse así: una revolución anunciada como Amazon, con envío exprés y garantía total, que terminó llegando como Temu: colorida, ruidosa, llena de promesas en la foto… pero decepcionante cuando se usa en la vida real.
Desde la campaña, el hoy presidente dejó claro que no venía a administrar, sino a “transformar”. No ofreció ajustes: ofreció épica. Habló de cambiar el modelo económico, de una paz integral, de justicia social profunda y hasta de “esparcir el virus de la vida en la galaxia”. Colombia no solo tendría un jefe de Estado, sino un líder intergaláctico. El problema es que mientras el discurso viajaba por el cosmos, la gestión se quedó atrapada en la órbita de la improvisación.
La Paz Total fue el producto estrella del catálogo. Se vendió como una solución integral, rápida y definitiva al conflicto armado. En la práctica, llegó sin manual de uso. Los diálogos se multiplicaron, pero los resultados no. En varias regiones aumentaron los homicidios, las extorsiones y los desplazamientos, mientras el gobierno insistía en que el proceso “avanzaba”. Fue como comprar un dispositivo revolucionario que nunca prende, pero viene con excusas cada vez más sofisticadas.
Otro ejemplo clásico de la revolución de Temu fue la transformación del Icetex. Se prometió aliviar la deuda de miles de jóvenes y cambiar la lógica del crédito educativo. Lo que se entregó fueron ajustes menores, comunicados optimistas y mucha retórica. Para el estudiante endeudado, el cambio nunca se sintió. La foto prometía un producto nuevo; el contenido era el mismo, con un empaque distinto.
El Acuerdo Nacional, anunciado como la gran mesa de diálogo que uniría al país, terminó siendo otro pedido fantasma. Se habló de consensos amplios, de superar la polarización y de gobernar con todos. En la realidad, el gobierno rompió con aliados, se enfrentó al Congreso y gobernó a golpe de discurso. El acuerdo quedó como esos pedidos que aparecen “confirmados” pero jamás salen del almacén.
En materia económica, la distancia entre lo prometido y lo entregado fue aún más tangible. Durante la campaña se aseguró que no subiría la gasolina ni los peajes. Apenas iniciado el gobierno, ambos aumentaron. No hubo error logístico: simplemente el producto no coincidía con la descripción. Cuando el consumidor reclamó, la respuesta fue que “era inevitable” y que había que entender las condiciones del mercado. Nada más lejano al relato inicial.
Las reformas estructurales siguieron el mismo patrón. La pensional se presentó como un cambio histórico, pero quedó atrapada en serios cuestionamientos jurídicos y decisiones de la Corte. La de salud se anunció como el fin de un modelo injusto y terminó generando incertidumbre sin una implementación clara. Mucho anuncio, poca ejecución sólida.
Otras promesas quedaron en el terreno de lo simbólico. La agencia aeroespacial, los satélites propios, la transformación profunda del Estado o el nuevo modelo productivo nunca pasaron del discurso. Fueron ideas atractivas, útiles para el relato, pero sin cronogramas, presupuestos ni resultados verificables. Temu en su máxima expresión: mucha vitrina, poco contenido.
El problema de fondo no es que un gobierno no cumpla todo lo que promete. Eso es parte de la política. El verdadero problema es vender una revolución como si fuera un producto premium y entregar algo frágil, inconcluso o inexistente. Gobernar no es hacer marketing político ni competir por el discurso más grandilocuente y mucho menos improvisar. Gobernar es gestionar, ejecutar y corregir.
Hoy, muchos colombianos sienten que compraron una revolución y recibieron una decepción. No ideológica, sino cotidiana. Porque cuando prometes Amazon y entregas Temu, el ciudadano no se siente traicionado por una idea, sino por la realidad que vive todos los días. Y en política, como en las compras, el problema no es soñar: es no responder cuando llega la hora de abrir la caja y el producto no era lo que te prometieron.
