Editorial & Columnas
Lo que Juan Pacheco me dijo una vez…
Por: Gerardo Angulo Cuentas
gerardo@angulo.com.co
En 1990, cuando todavía era un adolescente convencido de que el mundo me debía aplausos, mi profesor Juan Pacheco me dijo una frase que en su momento me cayó como un baldado de agua fría. Lo recuerdo perfecto: varios actos de indisciplina, rebeldía innecesaria, esa soberbia juvenil de creer que por sacar buenas notas uno puede darse el lujo de todo. Me miró con calma, sin gritar, y soltó algo así como: “ya no eres mata que da maíz”. En otras palabras: deja de creerte especial y ponte a producir, a comportarte, a responder como el talento que dices tener.
No fue un regaño más. Fue distinto. Dolió distinto.
Juan Pacheco me conocía bien. Había sido mi director de grupo el año anterior. Sabía que yo podía rendir académicamente, que entendía rápido, que tenía facilidad para aprender. Pero también sabía algo que a veces uno no quiere aceptar: que el talento sin carácter se pudre, que la inteligencia sin disciplina estorba, y que la rebeldía sin propósito no es valentía, es inmadurez. Mientras otros profesores me repetían “usted es el mejor”, él fue el primero que me dijo, en esencia, “así como vas, no vas para ningún lado”.
Y claro, en ese momento uno no agradece. Uno se molesta.
Estamos acostumbrados a confundir cariño con aplauso. Nos gusta la gente que nos dice que todo lo hacemos bien, que somos brillantes, que no tenemos nada que cambiar. Es cómodo rodearse de aduladores. Pero esos no son maestros, ni amigos: son espectadores. Te miran caer con una sonrisa, porque nunca se atrevieron a incomodarte a tiempo.
Los verdaderos maestros son otra cosa. Son los que te dicen la verdad cuando nadie más quiere hacerlo. Los que te llaman la atención, aunque eso les cueste tu simpatía. Los que prefieren verte crecer a caerles bien.
Con los años he entendido que decir verdades incómodas es un acto de profundo afecto. Corregir es una forma de cuidado. Exigir es una forma de respeto. Cuando alguien te exige, te está diciendo: “sé que puedes más”. Cuando alguien te confronta, te está diciendo: “no te conformes con esta versión mediocre de ti mismo”.
He tenido jefes, colegas, amigos y estudiantes que me han agradecido por ser directo, por no endulzarles los errores. Y cada vez que eso pasa, recuerdo a Juan Pacheco. Porque esa manera de hablar claro no nació de la nada: fue aprendida. Fue heredada de ese salón de clases donde un profesor decidió no tratarme como el “niño brillante”, sino como un joven que estaba desperdiciando su potencial.
Lo curioso es que, en retrospectiva, su frase fue más profética que crítica. No me estaba etiquetando; me estaba empujando. No me estaba cerrando puertas; me estaba obligando a abrirlas con esfuerzo propio. Me estaba diciendo que la vida no premia el talento dormido, sino el trabajo constante.
Hoy, cuando miro mi recorrido —los proyectos, los libros, los estudiantes impactados, los emprendimientos, las investigaciones, los errores superados— me doy cuenta de algo con total honestidad: gran parte de los éxitos que he tenido no nacieron de los elogios, sino de esas pequeñas sacudidas a tiempo. De esas verdades que dolieron, pero corrigieron el rumbo.
Porque los aplausos inflan el ego, pero las desaprobaciones forman el carácter.
A veces me pregunto qué habría pasado si todos mis profesores hubieran seguido diciéndome que yo era el mejor, que todo estaba perfecto, que no debía cambiar nada. Probablemente me habría creído el cuento. Y cuando la vida real me enfrentara a sus primeras derrotas, me habría desmoronado. En cambio, gracias a personas como Juan Pacheco, aprendí temprano que equivocarse es normal, pero persistir en el error por orgullo es una elección.
Por eso hoy valoro más a quien me contradice con argumentos que a quien me celebra sin pensar. Prefiero al amigo que me dice “estás fallando” que al que me dice “todo bien” por quedar bien. Prefiero al maestro exigente que al tutor complaciente.
Y cada vez que tengo la oportunidad de orientar a jóvenes —esos mismos 180 o 200 estudiantes que hoy pasan por mis clases— trato de hacer lo mismo: no regalar elogios baratos, sino ofrecer retroalimentación honesta. Porque tal vez, sin saberlo, una frase incómoda dicha a tiempo puede cambiarles la vida, como me la cambió a mí.
Al final, lo entiendo con claridad: muchos me felicitaron; pocos me transformaron. Y uno de los que más lo hizo fue ese profesor que, hace más de treinta años, se atrevió a decirme que estaba equivocado, cuando yo estaba acostumbrado a que todos me dijeran que era el mejor.
¿Tú qué crees Juan Pacheco?
#ColumnaOC En 1990, cuando todavía era un adolescente convencido de que el mundo me debía aplausos, mi profesor Juan Pacheco me dijo una frase que en su momento me cayó como un baldado de agua fría. Lo recuerdo perfecto: varios actos de indisciplina, rebeldía innecesaria, esa…
— Opinión Caribe (@opinioncaribe) April 16, 2026
