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Editorial & Columnas

Los profesionales que escriben la historia silenciosa de las Fuerzas Militares de Colombia desde hace 50 años

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Por: Harold Castañeda Robles

Hay decisiones que no se toman en un momento. Se acumulan. Un paciente que no pudo llegar al hospital. Una carretera que no existía. Un niño que creció sin que nadie le revisara los dientes. Poblaciones lejanas sin posibilidad de la llegada de un médico, odontólogo o especialista alguno y un día, sin que sea exactamenteuna epifanía, uno llena un formulario, jura ante una bandera y empieza a entender que el país tiene más capas de las que uno ve desde la comodidad de la oficina .

Llevo años perteneciendo a un cuerpo que muy poca gente conoce. Se llama Profesionales Oficiales de Reserva. Nació el 15 de mayo de 1976, cuando el General Rafael Navas Pardo decidió que las Fuerzas Militares necesitaban algo que el entrenamiento militar no puede producir: médicos formados, ingenieros con experiencia real, abogados que conocieran el derecho internacional. Ciudadanos, en suma, que aportaran su profesión sin cobrar por ella. Este año cumplimos cincuenta años. Y lo que quiero contar no es la historia institucional, sino lo que significa pertenecer a algo así.

Nadie me obligó. Eso es lo primero que hay que entender. El vínculo es voluntario, sin remuneración, sin contratos. Uno llega porque quiere llegar, y se queda porque lo que encuentra no tiene equivalente en ningún otro lado. La primera misión cambia la perspectiva de una manera que es difícil de describir sin sonar grandilocuente. Pero lo intento: uno sale de una ciudad donde su trabajo tiene valor de mercado, donde cada hora tiene tarifa, y llega a un lugar donde ese mismo conocimiento es simplemente escaso. No subvalorado. Escaso. La diferencia entre esas dos palabras lo cambia todo.

He visto compañeros oficiales, médicos, ingenieros, odontólogos, abogados, agrónomos— trabajar en condiciones que sus colegas urbanos no imaginarían. Sin infraestructura adecuada, sin los insumos ideales, resolviendo con lo que hay. Y he visto la misma calidad de criterio técnico, la misma rigurosidad profesional, aplicada en una mesa de madera bajo un techo de zinc que en un despacho con aire acondicionado.


Este cuerpo estuvo presente en los años más difíciles del conflicto colombiano. No en los frentes, sino justo después: en los municipios que quedaban cuando el combate se desplazaba. Reconstruyendo registros civiles destruidos, evaluando escuelas que habían funcionado como posiciones defensivas, acompañando el regreso de familias que volvían a tierras que ya no reconocían del todo Llevando salud y medicinas a veredas y caseríos más apartados de los centros urbanos. Ese tipo de presencia no genera condecoraciones. Genera confianza. Y en zonas donde el Estado había sido sinónimo de conflicto durante décadas, construir confianza es el trabajo más difícil y el más necesario.

Cuando me preguntan por qué sigo, no tengo una respuesta corta. Podría hablar del deber, de la patria, de la vocación de servicio. Todo eso es real. Pero hay algo más concreto: el cuerpo me ha dado acceso a una Colombia que de otra manera habría conocido solo por los titulares. Una Colombia que trabaja, que resiste, que pide poco y agradece mucho. Cincuenta años de este cuerpo son cincuenta años de profesionales que tomaron la misma decisión que yo tomé: que el conocimiento que les dio el país podía devolverse de otra forma. Sin factura. Sin contrato. Con el uniforme puesto y la maleta lista.

Al final, cuando uno se pone el uniforme por primera vez y cuando se lo pone por última vez, el peso que siente en los hombros no son las charreteras ni las insignias. Es la responsabilidad hacia quienes más lo necesitan. El rango dice dónde estás en una jerarquía. El servicio dice quién eres. Y en cincuenta años de historia, los Profesionales Oficiales de Reserva han demostrado, una y otra vez, que lo único que no se negocia, lo único que no caduca y lo único que verdaderamente permanece cuando todo lo demás se olvida, es haber estado donde hacía falta, cuando hacía falta, sin pedir nada a cambio.

No sé si eso es heroísmo. Sé que es necesario. Y sé que, mientras Colombia siga siendo el país que es, seguirá siendo necesario. El Reglamento FF.MM. No. 3-104 y el Decreto Ley 1790 de 2000 definen los términos del vínculo con la fuerza. Lo que no define ningún reglamento es por qué uno decide, año tras año, seguir en ella.

Colombia, patria mía: Te llevo con amor en mi corazón, creo en tu destino y espero verte siempre grande, respetada y libre. En ti amo todo lo que me es querido: tus glorias, tu hermosura, mi hogar, las tumbas de mis mayores, mis creencias, el fruto de mis esfuerzos y la realización de mis sueños. Ser soldado tuyo, es la mayor de mis glorias. Mi ambición más grande es la de llevar
con honor el título de colombiano, y llegado el caso, morir por defenderte.