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LA BATALLA CULTURAL QUE SANTA MARTA DEBE DAR
Mientras Santa Marta se prepara para celebrar un nuevo aniversario de su fundación, me hago una pregunta que muchos samarios evitamos responder: ¿qué estamos celebrando realmente?
Durante siete días la Fiesta del Mar se convierte en una agenda de conciertos, tarimas y música de toda índole. No tengo nada contra la música; hace parte de la alegría del Caribe. Pero una ciudad con más de 500 años de historia no puede reducir su principal celebración a un festival de entretenimiento.
La Fiesta del Mar debería ser la gran vitrina para mostrar al país y al mundo quiénes somos: la historia de la primera ciudad fundada por los españoles que permanece en pie en Colombia, el legado de la Sierra Nevada, nuestros pueblos indígenas, los pescadores, la gastronomía, el patrimonio arquitectónico y las tradiciones que nos hacen únicos.
Hoy enfrentamos una verdadera batalla cultural. La primera es contra la pobreza mental que nos ha hecho creer que el que progresa es un enemigo. En Santa Marta se ha sembrado la idea de que el rico siempre destruye al pobre y lo pisotea. Ese pensamiento solo produce resentimiento y división. Una ciudad avanza cuando genera oportunidades para todos, no cuando convierte el éxito en motivo de odio.
La tercera batalla cultural que debe librar Santa Marta es contra el odio y la polarización. Durante demasiado tiempo, el debate público ha dejado de centrarse en las ideas para convertirse en una confrontación entre personas. Quien piensa diferente es señalado, descalificado o convertido en enemigo.
Una ciudad no progresa cuando sus ciudadanos viven divididos. El progreso nace cuando somos capaces de sentarnos en la misma mesa para discutir proyectos, encontrar soluciones y trabajar por objetivos comunes, sin importar la posición política de cada uno.
Los gobiernos pasan, los partidos cambian y los dirigentes son temporales, pero Santa Marta permanece. Por eso, el amor por la ciudad debe estar por encima de cualquier ideología. Ningún proyecto político puede apropiarse de la identidad samaria ni convertir las diferencias en una barrera para construir un mejor futuro.
La verdadera transformación cultural consiste en reemplazar el resentimiento por el respeto, la confrontación por el diálogo y la descalificación por el debate de ideas. No se trata de que todos pensemos igual; se trata de reconocer que todos queremos una ciudad más segura, más limpia, con mejores oportunidades de empleo, una educación de calidad y un turismo que genere prosperidad.
Santa Marta necesita una nueva cultura política: una cultura donde el adversario no sea un enemigo, donde las propuestas valgan más que los insultos y donde el interés general esté por encima de los intereses particulares.
La mayor victoria de esta batalla cultural llegará cuando los samarios comprendamos que el futuro de la ciudad no depende únicamente de un alcalde, un gobernador o un partido político. Depende, sobre todo, de una ciudadanía capaz de respetarse, unirse y trabajar por el bien común.
Hay una pregunta que Santa Marta debe hacerse con sinceridad: ¿conocemos realmente nuestra propia historia?
Cada año celebramos la Fiesta del Mar con entusiasmo. Miles de personas disfrutan de conciertos, desfiles y actividades recreativas. Todo eso tiene un valor importante, pero no puede ser el centro de una celebración que conmemora el nacimiento de la ciudad más antigua de Colombia que permanece en pie.
Una ciudad que olvida su historia comienza a perder su identidad. Y una ciudad sin identidad termina copiando la cultura de otros, dejando de valorar lo que la hace única.
La Fiesta del Mar debe convertirse en una verdadera escuela de ciudadanía. Durante esos siete días, Santa Marta debería contarle al país y al mundo cómo nació, quiénes fueron sus primeros habitantes, cuál ha sido el aporte de los pueblos indígenas de la Sierra Nevada, cómo evolucionó su puerto, cuál fue el papel de la ciudad en la independencia y por qué su riqueza natural y cultural es un patrimonio que merece ser protegido.
Nuestros niños y jóvenes deberían participar en concursos de historia, festivales de teatro, exposiciones, recorridos patrimoniales, muestras gastronómicas y encuentros culturales que fortalezcan el orgullo de ser samarios. No basta con entretener; también hay que educar e inspirar.
La cultura no se mide por el número de conciertos ni por el tamaño de las tarimas. Se mide por la capacidad de una sociedad para transmitir su historia, sus valores y sus tradiciones a las nuevas generaciones.
Santa Marta tiene todo para convertirse en la capital cultural del Caribe colombiano. Tiene una historia extraordinaria, un centro histórico lleno de significado, la Sierra Nevada, el mar, los ríos, una diversidad cultural incomparable y un pueblo trabajador que ama su tierra.
La verdadera celebración de la ciudad debe dejar un legado permanente. Cada Fiesta del Mar debería sembrar más conocimiento, más identidad y más sentido de pertenencia que el año anterior.
La batalla cultural que proponemos no busca dividir. Busca unir a los samarios alrededor de un propósito común: que cada ciudadano conozca, valore y defienda la historia de la ciudad que heredó y que tiene la responsabilidad de entregar fortalecida a las futuras generaciones.
Porque una ciudad que conoce su pasado tiene la capacidad de construir un mejor futuro. Y Santa Marta merece que su mayor fiesta sea también el mayor homenaje a su historia, a su gente y a su identidad.
