Geopolítica Parroquial
Plinio: la pluma exquisita que caminó del mito a la trinchera
Por Víctor Rodríguez Fajardo — El Man del Sombrero
Se nos fue Plinio Apuleyo Mendoza. Y con él se apaga uno de los giros ideológicos más fascinantes, incómodos y mejor redactados del siglo XX colombiano. De la izquierda festiva y utópica de la Bohemio-París de los cincuenta, a la derecha doctrinaria y trincherada de los noventa. Plinio no fue un hombre de medias tintas; fue un sujeto de extremos, dotado de un olfato periodístico envidiable y de una prosa fina, quirúrgica, casi elegante hasta para dar la estocada.
Para entender a Plinio hay que entender el contraste. No se puede contar su vida sin pasar por la hamaca del Caribe ni por el café parisino donde se cocinó la nostalgia del Boom. En su juventud, agarrado del brazo de su hermano del alma, Gabriel García Márquez, olía a monte y a revolución. De esa complicidad íntima nació El olor de la guayaba, esa serie de conversaciones donde Plinio logró lo que casi nadie: sacarle el alma a Gabo sin despeinarlo, traducir la magia de Aracataca al lenguaje universal y congelar en el tiempo la memoria de una amistad que parecía indestructible.
Pero la historia tiene sus ironías y la política sus cobros. El mismo tipo que caminaba por la izquierda sin despeinarse terminó dando un portazo sonoro cuando la utopía castrista se le desmoronó en la cara. Y ahí nació el otro Plinio: el de la tijera afilada, el polemista incansable, el hombre que junto a Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa firmó El manual del perfecto idiota latinoamericano. Con ese libro no buscó convencer; buscó desmontar, con ironía y ácido folclórico, los dogmas de una región acostumbrada a culpar al vecino de sus propios fracasos.
Ese era su claroscuro. Para unos, un traidor que saltó de bando; para otros, el único visionario que tuvo la valentía de curarse de la ceguera ideológica a tiempo. Lo cierto es que, con sombrero de copa o con casco de combate periodístico, Plinio nunca perdió el filo en la sintaxis. Dominaba la crónica como pocos, retrataba la alta política con ojo de halcón y tenía esa calle elegante que le permitía codearse con intelectuales europeos en la mañana y desmenuzar las mezquindades de la política criolla en la tarde.
Se fue el hombre de los contrastes, el testigo de primera fila de las glorias y los descalabros de América Latina. Nos queda su lección más clara: que se puede cambiar de trinchera, que se puede polemizar hasta el último aliento, pero lo que jamás se le perdona a un periodista es escribir mal. Buen viaje, maestro del filo.
