Connect with us

La Firma

Colombia tiembla y encuentra a su gestor del riesgo sin posesionar

Published

on

Por Eduardo Vélez Soto

Santa Marta, 10 de agosto de 2026

Colombia despertó este lunes con un terremoto de magnitud 7.4, el más fuerte que registra el país en la última década, según el Servicio Geológico Colombiano. El epicentro quedó cerca de San José del Palmar, en el Chocó, a las 7:34 de la mañana, y el movimiento se sintió en nueve departamentos y en las 32 capitales del país.

Horas después, el balance seguía subiendo: al menos 20 muertos entre Pereira y Manizales, más de un centenar de edificaciones con daños parciales solo en Manizales, y seis aeropuertos con operaciones suspendidas.

Hay un dato que no debería perderse entre los escombros y las cifras. Quien coordinó el primer reporte oficial a la Nación por parte de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres no es el director designado para el cargo. Es el encargado.

El presidente Abelardo de la Espriella anunció el pasado 21 de julio que el ingeniero geólogo David Santiago Tamayo Roldán sería el nuevo director de la UNGRD. Tres semanas después, con el país sacudido por el peor sismo en diez años, Tamayo seguía sin posesionarse.

Quien dio la cara ante los medios fue Javier Pava Sánchez, en el cargo como encargado desde el 16 de junio, tras la salida de Carlos Carrillo Arenas.

No lo señalo para apuntar a nadie en particular. Lo señalo porque ilustra un problema que llevo denunciando desde hace años en distintos espacios de gestión del riesgo.

En Colombia, la cabeza de la entidad que coordina la respuesta ante desastres cambia con cada gobierno, a veces más de una vez por administración, casi siempre al ritmo de la transición política y no del ciclo del riesgo.

Desde agosto de 2022, la UNGRD ha pasado por cinco periodos de dirección distintos, con cuatro personas al frente: Javier Pava, Olmedo López, Carlos Carrillo, de nuevo Pava como encargado, y ahora Tamayo, designado y todavía sin asumir.

El terremoto de este lunes no esperó a que esa silla estuviera ocupada de forma plena. Los terremotos nunca esperan.

El Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030, que Colombia suscribió y que orienta su política pública en la materia, insiste en fortalecer la gobernanza del riesgo como sistema, no como una sucesión de nombramientos.

Un sistema de gestión del riesgo que funciona no depende de quién esté sentado en la dirección. Depende de protocolos escritos, de personal técnico de carrera, de presupuesto asegurado y de una continuidad que sobreviva al calendario electoral.

Cuando ese sistema descansa en la voluntad de un solo funcionario, o en su ausencia, la respuesta a la emergencia queda a merced de la velocidad con que se firme un decreto de posesión.

Lo ocurrido este lunes en el Chocó, el Eje Cafetero y el suroccidente del país confirma, además, algo que he repetido en columnas anteriores: la vulnerabilidad física de nuestras ciudades intermedias sigue sin resolverse.

En Manizales colapsaron totalmente más de quince edificaciones y cerca de treinta viviendas, y una de las torres de la Catedral Basílica quedó recostada sobre la nave central.

En Cali cedieron al menos veinte estructuras, entre ellas parte del Hospital Universitario del Valle, con pacientes de cuidados intensivos evacuados en plena emergencia.

Seis aeropuertos suspendieron operaciones el mismo lunes en que se cumplían apenas tres días de la posesión presidencial, realizada en Cali.

Ese detalle, que parece anecdótico, resume bien la simultaneidad de riesgos que enfrenta el país: transición de gobierno, temporada de El Niño ya declarada desastre nacional semanas atrás, y ahora un sismo mayor, todo dentro de un mismo mes.

La pregunta que debería hacerse el país, más allá del recuento de daños de las próximas semanas, es si vamos a seguir tratando la gestión del riesgo como un cargo de confianza política que se llena o se vacía según quién gane las elecciones, o si por fin la vamos a blindar como lo que es: una función de Estado que no puede darse el lujo de esperar a que alguien se posesione.

Colombia tiene el conocimiento técnico, la norma y hasta la experiencia reciente, desde Armenia en 1999 hasta Mocoa en 2017, para saber qué hacer.

Lo que le sigue faltando es la voluntad de dejar esa capacidad fuera del vaivén de cada cambio de gobierno.