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Territorio & Poder

EDGAR REY SINNING: EL HOMBRE QUE NOS ENSEÑÓ A LEER EL CARIBE

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Nació junto al río y convirtió su territorio en la primera biblioteca. Después leyó la fiesta, escuchó a los pueblos, buscó en los archivos las voces silenciadas y reconstruyó una historia del Caribe contada desde el propio Caribe. Su ingreso a la Academia Colombiana de Ciencias Económicas reconoce una gesta intelectual de más de cuatro décadas.

Hay quienes asisten a una fiesta para bailar. Otros llegan para observarla. Edgar Rey Sinning decidió estudiarla.

Pero no se quedó en el tambor, el disfraz, la procesión o la botella. Miró detrás de la celebración y encontró una sociedad completa: sus jerarquías, creencias, tensiones, memorias, desigualdades y maneras de resistir.

Donde muchos veían apenas folclor, Edgar encontró conocimiento.

La fiesta fue una de sus puertas de entrada, quizás la más reconocible, pero su obra abarca mucho más. Ha investigado la memoria afrodescendiente, la resistencia indígena, la vida ribereña, las músicas del Magdalena Grande, el fútbol, las migraciones y la historia de Santa Marta.

Edgar Rey Sinning no se ha limitado a estudiar al Caribe.

Nos enseñó a leerlo.

Por eso su ingreso como miembro correspondiente de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas no puede reducirse a una ceremonia, una fotografía o una nueva línea agregada a su hoja de vida.

Es el reconocimiento a una gesta intelectual construida desde la región y sostenida durante más de cuatro décadas.

EL RÍO COMO PRIMERA BIBLIOTECA

Edgar nació el 31 de julio de 1951 en Santa Bárbara de Pinto, un pueblo del Magdalena atravesado por la cultura ribereña, la oralidad y las celebraciones populares.

Ese origen no es un dato secundario. Ayuda a explicar su manera de investigar.

Antes de los títulos universitarios, los libros y los archivos, estuvo el territorio. Allí aprendió que la memoria también se conserva en las conversaciones, las canciones, las fiestas y las historias que pasan de una generación a otra.

El río no fue solamente parte del paisaje de su infancia. Fue una forma de comprender el movimiento de las comunidades, sus intercambios, pérdidas y permanencias.

Aquella experiencia encontraría expresión en obras como El hombre y su río y en sus investigaciones sobre el poblamiento y los conflictos sociales de las comunidades ribereñas.

Edgar salió del pueblo para formarse, pero nunca abandonó el lugar desde el cual aprendió a mirar.

Se graduó como sociólogo y profundizó sus estudios en educación, filosofía latinoamericana e historia, hasta alcanzar un doctorado en Historia de América Latina, Mundos Indígenas, en la Universidad Pablo de Olavide, en España.

Cada título amplió sus herramientas, pero el objeto esencial de sus preguntas siguió estando aquí.

En el Caribe.

LA FIESTA COMO ESPEJO

El aporte de Edgar no consiste simplemente en haber escrito sobre carnavales. Está en haberlos convertido en una categoría para interpretar la sociedad.

Una fiesta no es únicamente aquello que sucede durante ciertos días del calendario. Es una construcción colectiva mediante la cual una comunidad representa lo que cree ser, recuerda lo vivido y proyecta la imagen que desea mostrarles a los demás.

En ella conviven lo sagrado y lo profano, la devoción y el exceso, la tradición y el comercio, la comunidad y el poder.

También quedan expuestas las diferencias: quién organiza, quién paga, quién ocupa el palco, quién desfila y quién observa desde la acera.

Edgar entendió que detrás de la aparente espontaneidad de una celebración existe una compleja arquitectura social.

La fiesta une, pero también revela divisiones. Conserva la memoria, aunque inevitablemente la transforma. Puede nacer como expresión comunitaria y terminar convertida en espectáculo o producto turístico.

Obras como Joselito Carnaval, El carnaval: la segunda vida del pueblo, Cultura popular costeña: del carnaval al fútbol e Historia del carnaval de Santa Marta son estaciones de una investigación sostenida durante décadas.

No son inventarios de costumbres.

En ellas busca comprender por qué celebran los pueblos, qué liberan durante esos días, qué conservan y qué pierden mientras sus manifestaciones se transforman.

Estudiar esas contradicciones exigía superar la mirada condescendiente que redujo durante años las expresiones culturales del Caribe a música, baile, color y exotismo.

Había que tomarlas en serio.

Eso hizo Edgar.

LAS VOCES QUE QUEDARON EN LA ORILLA

Una parte esencial de su trabajo está dedicada a recuperar las presencias afrodescendientes e indígenas disminuidas o excluidas de los relatos convencionales.

En Cristo Rey: un espacio para permanecer en el tiempo, reconstruye la memoria de una comunidad negra de Santa Marta y recupera sus voces, transformaciones y formas de permanencia.

No presenta a la población afrodescendiente como una nota marginal dentro de la historia de la ciudad. La reconoce como protagonista de su construcción social y cultural.

Su mirada también se detuvo en los pueblos chimila.

En sus investigaciones sobre poblamiento y resistencia, Edgar discute la representación según la cual esas comunidades habrían sido simplemente vencidas o borradas por la ocupación de su territorio.

La tesis está contenida en una expresión contundente: ni aniquilados ni vencidos.

Los chimila resistieron, defendieron su espacio social y sobrevivieron a los procesos que intentaron desplazarlos. Al reconstruir esa lucha, Edgar cuestiona la manera como la historia oficial ha contado la ocupación del Caribe.

Allí aparece otra dimensión de su gesta: buscar las voces que quedaron en la orilla y devolverlas al centro del relato.

PENSAR EL CARIBE DESDE EL CARIBE

Durante mucho tiempo, las culturas regionales fueron tratadas como curiosidades que debían describirse, clasificarse o preservarse. El conocimiento considerado importante parecía producirse lejos de las plazas, los pueblos y las celebraciones populares.

Edgar ayudó a romper esa frontera.

Una procesión podía explicar la relación entre religión y poder. Un carnaval permitía estudiar las jerarquías sociales y la ocupación del espacio público. Una canción podía conservar episodios ausentes en los documentos. Una fiesta patronal mostraba cómo una comunidad reconstruía su memoria.

El Caribe no era solamente un territorio observado por investigadores externos. También podía producir sus propios intérpretes y formular sus preguntas.

Edgar no convirtió la región en una postal. La asumió como territorio de pensamiento.

Esa visión llegó a las aulas de las universidades del Magdalena, Simón Bolívar y Popular del Cesar. También se proyectó en la Tertulia Samaria, espacio que coordina desde 2015 para reconstruir y discutir la historia de Santa Marta.

No se limitó a producir una obra escrita. Formó estudiantes, orientó investigaciones y puso en circulación una sociología conectada con la vida cotidiana de la región.

SANTA MARTA: EL PASADO QUE EXPLICA EL PRESENTE

La mirada de Edgar sobre Santa Marta revela al investigador que acude a los archivos para discutir las versiones heredadas de la historia.

Ha defendido la necesidad de releer, reinterpretar y reescribir el pasado de la ciudad mediante documentos encontrados en archivos que se extienden desde España hasta Curazao.

En esa reconstrucción aparecen la resistencia de los pueblos originarios, la conquista, los incendios, los ataques de piratas, la importancia estratégica del puerto y los abandonos que impidieron que Santa Marta desarrollara plenamente sus ventajas.

Pero Edgar no estudia el pasado para conservarlo inmóvil en una vitrina.

Lo utiliza para interrogar el presente.

Conecta la importancia histórica del puerto con sus posibilidades actuales; la riqueza geográfica con un turismo todavía insuficiente; y los abandonos acumulados con una ciudad que, después de cinco siglos, no consigue garantizar agua permanente a sus habitantes.

La colección Santa Marta en el siglo XX responde a esa misma tarea. En sus páginas convergen hechos históricos, políticos, sociales y económicos que determinaron la evolución de la ciudad y del Magdalena Grande.

Allí aparecen las migraciones, el vallenato, las músicas regionales y las decisiones que ayudaron a construir la sociedad que hoy habitamos.

En su pensamiento, la historia no es una colección de fechas.

Es una herramienta para comprender por qué seguimos tropezando con problemas que parecen nuevos, pero tienen raíces antiguas.

DEL AULA A LA GESTIÓN

Edgar tampoco permaneció encerrado en la comodidad del investigador distante.

Fue gerente de Telecaribe y ocupó responsabilidades en las secretarías de Educación de Santa Marta y del Magdalena. Esas experiencias enfrentaron su pensamiento con los desafíos concretos de la administración, la educación y la construcción de identidad desde los medios.

Su paso por Telecaribe tiene una carga especial.

El investigador de las expresiones populares asumió la dirección de una pantalla creada para que la región pudiera verse y reconocerse.

El aula, los archivos, la gestión cultural, la educación pública y la televisión parecen escenarios distintos. En Edgar forman parte de una misma búsqueda:

¿Cómo contar al Caribe desde el Caribe?

DE LA PLAZA A LA ECONOMÍA

Edgar no llega a la economía desde los números, sino desde la vida cultural que aprendió a interpretar.

Su ponencia de ingreso, “La vida festiva del Caribe colombiano como mercancía”, no representa un giro inesperado ni un abandono de la sociología. Es la consecuencia natural de su recorrido.

Después de estudiar la fiesta como expresión comunitaria, memoria e identidad, se pregunta qué sucede cuando esa manifestación entra plenamente en el mercado.

Las celebraciones crecieron. Llegaron los grandes escenarios, los patrocinadores, la publicidad, los operadores y los paquetes turísticos. Aumentaron la ocupación hotelera, el transporte, el consumo y el valor comercial de las ciudades durante las temporadas festivas.

La cultura comenzó a producir renta.

La patrimonialización ayudó a proteger y proyectar muchas manifestaciones, pero también incrementó su atractivo económico. Aquello que pertenecía principalmente a una comunidad empezó a convertirse en espectáculo para visitantes y oportunidad para inversionistas.

Entonces aparece la pregunta inevitable: ¿qué conserva y qué pierde una fiesta cuando se convierte en mercancía?

Edgar llega a las ciencias económicas sin abandonar la cultura. Demuestra que detrás del tambor, el desfile y el ritual también existen industrias, empleos, intereses, apropiaciones y relaciones de poder.

La pregunta económica sigue siendo profundamente sociológica.

EL CARIBE ENTRA CON ÉL

El ingreso de Edgar Rey Sinning a la Academia Colombiana de Ciencias Económicas reconoce una trayectoria individual, pero su significado desborda al homenajeado.

La institución abre sus puertas a una forma de producir conocimiento desde la región. Reconoce que las manifestaciones populares no son expresiones menores. En ellas convergen la sociología, la historia, la antropología, la política y la economía.

Edgar no encontró una fiesta conveniente para preparar una ponencia de ingreso. Llegó llevando el resultado de una vida dedicada a observar, escuchar, investigar y escribir.

Con él entran las fiestas, las músicas, las migraciones y las memorias del Magdalena Grande. Entran los afrodescendientes de Cristo Rey, los pueblos chimila que se negaron a desaparecer y las historias que viajaron por el río.

Entran también las heridas de Santa Marta, su importancia histórica y sus oportunidades aplazadas.

Entra un Caribe que no acepta ser reducido a paisaje, alegría o contemplación.

Su obra enseña que la región habla mientras baila, cuenta su historia cuando canta y revela sus conflictos incluso cuando parece entregada únicamente a la fiesta.

Había que aprender a escucharla.

Edgar Rey Sinning lo hizo primero.

Después nos enseñó a nosotros.

Su ingreso a la Academia no corona una ceremonia ni premia una ponencia escrita para la ocasión.

Reconoce la gesta intelectual del hombre que dedicó su vida a enseñarnos a leer el Caribe desde el propio Caribe.