La Firma
También pasará
Por: Gerardo Angulo Cuentas
gerardo@angulo.com.co
Hubo un tiempo en que tener electricidad era una noticia.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, hoteles y negocios anunciaban orgullosamente que tenían iluminación eléctrica. Las bombillas eran modernidad. Los motores eran progreso. Los nuevos aparatos demostraban que uno había conseguido instalarse, por fin, en el futuro.
Hoy nadie reserva un hotel porque tenga electricidad.
Sería incluso sospechoso encontrar un restaurante anunciando: «Ahora con energía eléctrica». Mucho más preocupante sería que una universidad incluyera entre sus ventajas competitivas que sus computadores funcionan conectados a la corriente.
La electricidad no desapareció. Le ocurrió algo mucho más importante: se volvió invisible.
Dejó de ser novedad para convertirse en infraestructura. Ya no pensamos en ella cuando encendemos un televisor, utilizamos un ascensor o cargamos el celular. Simplemente suponemos que está allí. Solo volvemos a acordarnos cuando se va, cosa que en algunas regiones del Caribe colombiano nos permite conservar un entrañable vínculo tecnológico con el siglo XIX.
Después hicimos prácticamente lo mismo con Internet.
Quienes tenemos edad suficiente recordamos aquellos maravillosos años en los que una empresa anunciaba solemnemente: «Tenemos página web». Los hoteles ofrecían «conexión a Internet» como si hubieran instalado un reactor nuclear en la recepción. Y aparecieron aquellos establecimientos extraordinarios llamados cafés Internet, donde uno pagaba por sentarse una hora frente a un computador conectado al porvenir.
También aparecieron especialistas en Internet, consultores de Internet, negocios de Internet, estrategias de Internet y gurús que recorrían auditorios explicándonos que Internet cambiaría nuestras vidas.
Acertaron.
Lo curioso es que precisamente porque acertaron dejamos de hablar tanto de Internet.
Hoy un banco no presume de ser «un banco con Internet». Una aerolínea no anuncia orgullosamente que vende tiquetes por Internet. Una universidad no debería presentar como innovación extraordinaria que sus estudiantes consulten contenidos en Internet.
Está incorporado.
Las tecnologías verdaderamente transformadoras tienen ese destino paradójico: triunfan cuando dejamos de mencionarlas. No desaparecen de nuestras vidas. Desaparecen de nuestros adjetivos.
El problema es que nos encantan los adjetivos tecnológicos.
Cada cierto tiempo aparece uno nuevo y comenzamos a pegárselo a cuanto sustantivo encontramos: educación, universidad, gobierno, emprendimiento, agricultura, turismo, economía, ciudadanía, transformación. Probablemente en algún ministerio exista ya una comisión encargada de estudiar la transformación tecnológica de otra comisión que todavía trabaja en Excel.
Nos encanta bautizar las cosas antes de entenderlas.
Y todavía más nos gusta confundir incorporar una herramienta con innovar.
Comprar una plataforma no transforma una universidad. Instalar un programa no moderniza una empresa. Digitalizar un formulario inútil produce un formulario inútil digital. Y automatizar un procedimiento absurdo solamente permite hacer estupideces más rápidamente.
Sin embargo, cada nueva ola tecnológica produce la misma estampida.
Aparecen consultores, congresos, diplomados, certificaciones, observatorios, centros, expertos y —faltaría más— estrategias institucionales. Quien ayer daba conferencias sobre transformación digital descubre esta mañana que durante toda su vida había sido especialista en la siguiente revolución. Cambia tres diapositivas, modifica el título de la conferencia y vuelve al aeropuerto.
Nunca habíamos desarrollado una tecnología capaz de producir tantos expertos en tan pocas semanas. LinkedIn debería estudiarlo como fenómeno reproductivo.
Pero sería injusto culpar solamente a los expertos instantáneos. Existe todo un mercado que los necesita. Hemos construido organizaciones donde, con demasiada frecuencia, parecer actualizado resulta más rentable que estar preparado.
Las universidades tampoco somos inmunes.
Tenemos una extraordinaria capacidad para estudiar las revoluciones mientras suceden afuera. Nuestra relación con las nuevas tecnologías suele atravesar tres etapas: primero las prohibimos, después creamos un comité para estudiarlas y finalmente cobramos un diplomado para enseñarlas.
Con frecuencia reglamentamos herramientas que todavía no comprendemos y organizamos congresos para discutir si nuestros estudiantes deberían utilizar aquello que llevan meses utilizando. Cuando finalmente aceptamos que la transformación es inevitable, redactamos un documento institucional anunciando que somos pioneros.
Las empresas tienen su propia versión.
Durante algún tiempo bastará colocarle el apellido tecnológico de moda a casi cualquier cosa para rejuvenecerla. Una plataforma antigua adquiere nuevo nombre. Un servicio convencional recibe una capa de modernidad. Una consultoría que ayer solucionaba problemas mediante una hoja de cálculo descubre súbitamente que siempre estuvo en la frontera del conocimiento.
Y ahí aparece una pregunta menos divertida: ¿cuántas cosas verdaderamente nuevas estamos creando y cuántas simplemente estamos rebautizando?
Porque adoptar una herramienta es relativamente fácil. Pensar qué hacer con ella es otra cosa.
Eso también pasará.
Llegará el momento en que esta tecnología deje de ser un lugar al que vamos. Ya no abriremos necesariamente una aplicación para consultarla, formularle una pregunta y regresar después a nuestro trabajo. Estará incorporada silenciosamente en el teléfono, el automóvil, el hospital, el banco, la oficina, la escuela, la universidad y probablemente hasta en la cafetera.
Entonces dejará de impresionar.
Y ahí comenzará la parte verdaderamente interesante.
Cuando todos dispongamos de herramientas semejantes, tenerlas dejará de constituir una ventaja. Si cualquiera puede producir rápidamente un texto correcto, una presentación impecable, un análisis razonable o una imagen sorprendente, hacer cualquiera de esas cosas dejará de diferenciarnos demasiado.
Volverá a importar aquello que nunca fue tan fácil automatizar: formular una buena pregunta, reconocer un problema importante, distinguir información de conocimiento, detectar una respuesta absurda, aunque esté maravillosamente escrita, relacionar ideas que parecían distantes, imaginar algo que todavía no existe y tener suficiente criterio para saber cuándo una respuesta aparentemente perfecta está equivocada.
Porque una herramienta extraordinariamente poderosa en manos de alguien que no sabe qué problema quiere resolver continúa siendo solamente una herramienta extraordinariamente poderosa.
Tal vez esa sea la ironía definitiva de esta revolución. Durante algunos años creeremos que la ventaja consiste en tener acceso a ella. Después creeremos que consiste en saber utilizarla. Finalmente, cuando todos tengamos acceso y todos sepamos utilizarla, descubriremos que la diferencia estaba en otra parte.
La IA también se volverá invisible…
Entonces miraremos con ternura esta época en que todas las empresas querían incorporarla, todas las universidades querían enseñarla, todos los gobiernos querían regularla y medio LinkedIn había descubierto que llevaba toda la vida siendo especialista. Ya nadie presumirá de utilizar inteligencia artificial, como hoy nadie presume de utilizar electricidad.
Y quizá entonces entendamos la paradoja: lo verdaderamente difícil nunca fue construir máquinas capaces de pensar, sino conseguir que nosotros no dejáramos de hacerlo.
