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EL CAPITAL NECESITABA AL TRABAJADOR. ¿Y SI DEJA DE NECESITARLO?

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Los derechos laborales no nacieron únicamente de la benevolencia: también fueron posibles porque fábricas y empresarios necesitaban trabajadores. La inteligencia artificial no tiene que eliminar el empleo para alterar esa relación de fuerzas.

Por Víctor Rodríguez Fajardo

Los derechos también nacieron de una necesidad

Durante la era industrial, la relación entre capital y trabajo fue desigual, conflictiva y muchas veces brutal. Sin embargo, tenía un límite: el propietario poseía la tierra, las máquinas y el dinero, pero necesitaba brazos, conocimiento y tiempo humano para producir. El trabajador dependía del salario; el empresario, de trabajadores que hicieran productivo su capital.

De esa dependencia mutua nacieron conquistas como el salario mínimo, la jornada laboral, las vacaciones, las pensiones, la seguridad social y la negociación colectiva. No fueron regalos. Una huelga tiene poder porque puede detener la producción. Un sindicato negocia porque representa personas necesarias.

El antiguo contrato social se construyó alrededor del empleo no solo como fuente de ingreso, sino como lugar de reconocimiento, protección y poder. Por eso una transformación en la necesidad de trabajo humano altera mucho más que el organigrama de una empresa.

No hace falta eliminar una profesión

La inteligencia artificial todavía no ha abolido ese orden. En 2025, la Organización Internacional del Trabajo calculó que uno de cada cuatro trabajadores estaba en una ocupación con algún grado de exposición a la IA generativa. Su conclusión fue menos cinematográfica que muchos titulares: la transformación de tareas era más probable que la desaparición completa de empleos. Solo el 3,3 % del empleo mundial aparecía en la categoría de mayor exposición.

El dato evita el pánico, pero no elimina la pregunta política. Una tecnología no necesita extinguir una profesión para modificar la relación de fuerzas. Basta con reducir el número de personas necesarias, estandarizar parte de su conocimiento, vigilar su desempeño, fragmentar funciones o contratar tareas desde cualquier lugar.

El trabajador explotado seguía siendo necesario. Quien puede ser sustituido con facilidad o reducido a supervisor ocasional de una infraestructura ajena negocia desde una posición más débil. Puede conservar el empleo y perder poder.

La primera escalera también está en riesgo

La transformación puede sentirse primero en los empleos de entrada. Las tareas iniciales —resumir, clasificar, investigar antecedentes, preparar borradores o atender consultas sencillas— son precisamente aquellas que permiten a una persona joven aprender un oficio. Si la máquina absorbe la primera escalera, la empresa obtendrá eficiencia inmediata, pero podría descubrir años después que dejó de formar a quienes debían asumir responsabilidades mayores.

Ese riesgo obliga a separar sustitución de aprendizaje. Una organización puede usar inteligencia artificial para asistir a sus nuevos trabajadores o para prescindir de ellos. En el primer caso, la herramienta acelera la formación; en el segundo, elimina el espacio donde se adquiría experiencia. La decisión empresarial de hoy modifica la reserva de conocimiento humano de mañana.

También cambia la huelga. Si una plataforma global puede redistribuir tareas entre países, contratistas y sistemas automáticos, detener un punto de producción pierde eficacia. La organización laboral tendrá que seguir el poder hasta los datos, los algoritmos y las redes de contratación. El sindicato de la fábrica defendía a quienes estaban dentro del edificio; el de la nueva era deberá representar trayectorias dispersas que nunca comparten la misma puerta.

El reto no consiste en preservar intacto cada cargo existente. Consiste en impedir que la transición destruya el mecanismo mediante el cual las personas adquieren experiencia, protección y voz. Una economía puede cambiar sus ocupaciones sin convertir a generaciones enteras en aprendices eternos de plataformas que nunca les entregan estabilidad.

COMPRAMOS EL OBJETO, PERO ALGUIEN MÁS CONSERVA EL INTERRUPTOR

Trabajar más y negociar menos

La IA también complementa capacidades, crea profesiones y permite que equipos pequeños hagan lo que antes exigía grandes organizaciones. El futuro no puede resumirse en una batalla entre seres humanos y máquinas. Habrá ocupaciones nuevas, oficios transformados y productividad capaz de abaratar servicios.

La disputa está en otra parte: quién recibe ese aumento de productividad, quién conserva capacidad de negociación y cómo se protege a quienes atraviesan la transición. El trabajo puede crecer en volumen y disminuir en autonomía si una plataforma fija unilateralmente precio, visibilidad, reputación y acceso al cliente.

El viejo pacto vinculó ingreso, protección social y dignidad al puesto de trabajo. El nuevo tendrá que acompañar a la persona cuando cambie de oficio, combine actividades o trabaje menos horas. El trabajador no necesita desaparecer para perder poder. Basta con que la empresa descubra que puede producir casi lo mismo con muchos menos.

Esta publicación pertenece a la serie LA SOCIEDAD DEL PERMISO, un ensayo por entregas de Víctor Rodríguez Fajardo sobre trabajo, propiedad y libertad en la era de la inteligencia artificial.

Próxima entrega: LAS MÁQUINAS PUEDEN PRODUCIRLO TODO, PERO NO PUEDEN COMPRAR NADA