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Poder & Gobierno

¿VOLVERÁ FRANCIA A CAMBIAR EL MUNDO?

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¿VOLVERÁ FRANCIA A CAMBIAR EL MUNDO?

La IA anuncia abundancia universal mientras el bienestar europeo cruje. El negocio tiene vocación mundial; la protección social depende de lo que cada país pueda pagar.

Por Víctor Rodríguez Fajardo

Francia exportó su revolución y cambió el mundo. Las ideas de 1789 atravesaron fronteras y transformaron la discusión sobre los derechos y el poder. En la Nueva Granada, Antonio Nariño tradujo e imprimió la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Aquellas palabras también llegaron hasta nosotros.

Hoy, Francia vuelve a ofrecer una imagen incómoda. En su alocución del 18 de octubre, Emmanuel Macron reconoció preocupaciones por el costo de vida y la angustia de los jóvenes frente a su futuro. Distinguió las reivindicaciones legítimas de los manifestantes de los actos violentos. El malestar exige respuestas en el presente.

Las pensiones pueden seguir pagándose mientras se agrieta la confianza. El bienestar puede conservar sus instituciones y tener fracturado el acuerdo social que las sostiene. Las conquistas laborales de 1936 recordaron que convertir el progreso en derechos exigía organización, negociación y decisiones públicas.

Sobre ese mundo tensionado, algunos promotores de la inteligencia artificial anuncian abundancia, jornadas más cortas y mayores posibilidades de vivir bien. OpenAI ha propuesto un fondo de riqueza pública y mecanismos para compartir las ganancias de productividad. La propia organización presenta esas ideas como exploratorias. El paraíso todavía tiene pendiente su reglamento de admisión.

La contradicción está ahí: se promete extender el bienestar a toda la humanidad mientras las sociedades que más lo desarrollaron siguen disputándose sus condiciones. Aumentar la producción podría facilitar las soluciones. El conflicto sobre quién recibe cuánto, quién aporta y quién decide seguiría abierto.

La palabra “universal” merece especial atención. El fondo planteado por Sam Altman en 2021 estaba dirigido a ciudadanos estadounidenses adultos. Ese diseño no otorgaba el mismo derecho a un colombiano. Entre anunciar beneficios para la humanidad y establecer quién puede reclamarlos hay una frontera política y fiscal.

Un trabajador de Santa Marta podría perder ingresos por una transformación tecnológica mundial y depender, para recibir protección, de los recursos disponibles en Colombia. La empresa que se beneficie podría operar desde otro país. Las ganancias cruzarían fronteras con una facilidad que difícilmente tendría el trabajador para cobrar su parte.

¿Quién paga esa transición? Si el empleo formal pierde peso, también podrían debilitarse las cotizaciones que sostienen parte de la protección social, precisamente cuando más personas necesiten apoyo. Los Estados tendrían que encontrar nuevas fuentes de financiación y capacidad para recaudar. Dejar esa tarea para después sería trasladarles la factura a los afectados.

El punto de partida ya es desigual. Según la OIT, en 2023 solo el 52,4 % de la población mundial estaba cubierta por al menos una prestación de protección social. Una prestación, además, está lejos de representar un Estado de bienestar completo. La promesa tecnológica llega a un planeta donde millones todavía esperan garantías elementales.

La transición sería especialmente delicada si las pérdidas llegaran antes que las compensaciones. A quien debe pagar hoy el arriendo le sirve de poco una conferencia sobre la abundancia de mañana. Su vida tiene vencimientos que la promesa tecnológica no puede aplazar.

Una renta suficiente y estable podría ampliar la libertad. Pero si una sociedad termina dependiendo de transferencias decididas por un poder que apenas puede controlar, la subsistencia conviviría con una nueva fragilidad política. Ahí asoma la distopía: tener cómo consumir y poca capacidad para discutir las condiciones de la propia existencia.

Francia podría volver a proyectar una disputa mundial si su inconformidad se traduce en exigencias que otras sociedades reconozcan como propias: participación en la riqueza, financiación de derechos y control democrático sobre las decisiones que transforman el trabajo. Su posible influencia dependería de convertir el malestar en propuestas capaces de cruzar fronteras.

Aquella revolución contribuyó a cambiar quién tenía derecho a gobernar. Una disputa de nuestro tiempo podría cambiar quién tiene derecho a participar en la riqueza producida con menos trabajo humano. La promesa de abundancia tendría entonces que convertirse en un acuerdo sobre obligaciones concretas.

A Pedro Pueblo pueden anunciarle que mañana sobrará de todo. Si hoy pierde su lugar en la economía, tarde o temprano saldrá a preguntar qué lugar le reservaron en el paraíso. Francia ya mostró hasta dónde puede viajar una pregunta que incomoda al poder.