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Tómalo, ya no lo voy a necesitar …
Por: Gerardo Angulo Cuentas
El 12 de mayo de 1797, Ludovico Manin, último dux de Venecia, presenció el derrumbe de una república que había sobrevivido durante más de mil años. Ante la presión de las tropas de Napoleón, el Gran Consejo decidió entregar el poder. Según una tradición histórica, Manin se quitó la cofia que llevaba bajo su insignia ducal y se la entregó a su servidor diciendo: «Tómalo, ya no lo voy a necesitar».
No sabemos con certeza si pronunció exactamente esas palabras. Lo que sí sabemos es que perdió el poder y que la historia no ha terminado de juzgarlo. Para unos fue un cobarde que entregó su patria sin luchar; para otros, un hombre prudente que prefirió evitar un derramamiento de sangre. Tal vez ambas interpretaciones resulten insuficientes. Quizás la pregunta más interesante no sea si Manin fue cobarde o noble, sino cuándo debemos resistir y cuándo debemos aprender a soltar.
He pensado en esta historia recordando algunos episodios de mi propia vida.
Cuando decidí irme a estudiar mi doctorado, venía de ejercer responsabilidades directivas universitarias. Había tenido bajo mi responsabilidad aproximadamente ochocientas personas, entre profesores y administrativos. De repente, me encontré solo frente a una tesis doctoral. No tenía asistentes, colaboradores ni subalternos. Cada proyecto, cada iniciativa y cada dificultad dependían esencialmente de mí.
Aquella experiencia me enseñó algo que el ejercicio del poder puede hacernos olvidar: nuestra capacidad individual es limitada. Tuve que aprender a escoger cuidadosamente mis batallas, dimensionar mis proyectos y reconocer que no podía hacerlo todo. Había dejado atrás una estructura de autoridad, pero no mi capacidad de pensar, crear y trabajar.
No sé si aquello me hizo más humilde, pero ciertamente me hizo más consciente de mis límites.
Sin embargo, hay algo que todavía me cuesta abandonar: las luchas contra lo que considero injusto. Cuando estoy convencido de que una causa es justa, puedo persistir incluso cuando parece perdida. Escucho argumentos, examino razones y estoy dispuesto a cambiar de opinión, pero no porque alguien insista tres veces, sino porque sus argumentos sean suficientemente sólidos.
A veces me pregunto si esa perseverancia es una virtud o una forma sofisticada de obstinación. ¿Cuántas energías debemos invertir intentando corregir un mundo que seguirá produciendo injusticias? ¿Cuándo debemos aceptar que una batalla está perdida? ¿Y cuándo abandonar equivale a convertirnos en cómplices silenciosos?
Manin vuelve a aparecer en estas preguntas. Quizás salvar vidas justificaba entregar el poder. Pero también es legítimo preguntarse si tenía otras alternativas, si pudo resistir de otra manera o si su decisión terminó facilitando aquello que debía impedir.
Porque renunciar no siempre es noble. También podemos renunciar por comodidad, miedo o indiferencia. Y resistir no siempre es heroico. A veces prolongamos conflictos únicamente para proteger nuestro orgullo.
Aprendí algo sobre las derrotas a los veintiún años. Hasta entonces, la vida me había tratado relativamente bien en dos terrenos: el académico y el sentimental. Pero llegaron simultáneamente mi primera derrota académica importante y una dolorosa decepción amorosa, marcada por la infidelidad de mi pareja con uno de mis mejores amigos.
Fue una lección difícil y, mirando hacia atrás, quizás tardía. Hoy pienso que sería conveniente que los jóvenes aprendieran a enfrentar frustraciones académicas y sentimentales antes de los dieciséis años, siempre con el acompañamiento necesario. No porque debamos provocarles sufrimientos, sino porque necesitamos prepararlos para comprender que perder, equivocarse y ser rechazados también forman parte de la vida.
A mis estudiantes quisiera enseñarles precisamente eso: hay que aprender a salir rápidamente del fracaso. Reconocerlo, comprender sus causas, corregir lo necesario y continuar. Una mala calificación no define la inteligencia de nadie. Una derrota no cancela las oportunidades futuras. Lo verdaderamente peligroso es convertir un fracaso circunstancial en una identidad permanente.
Y aquí aparece una reflexión que quisiera compartir especialmente con mis colegas profesores.
Creo profundamente en la autoridad del profesor. La relación educativa necesita respeto, límites y responsabilidades claramente diferenciadas. Pero autoridad no significa infalibilidad. Mucho menos autoritarismo.
Los profesores deberíamos aprender a entregar nuestra propia cofia ducal: esa pretensión de que siempre tenemos la razón, de que nuestras decisiones son incuestionables y de que reconocer un error debilita nuestra posición ante los estudiantes.
Pienso exactamente lo contrario.
Un profesor que reconoce públicamente una equivocación, acepta la corrección fundamentada de un estudiante y continúa enseñando con naturalidad está ofreciendo una de las lecciones más valiosas de su curso. Está demostrando que el conocimiento importa más que el ego y que la autoridad académica no necesita sostenerse sobre una ficción de perfección.
Me gustaría que reconocer y corregir errores se convirtiera en una disciplina cotidiana de nuestras aulas. Que los estudiantes aprendieran a cuestionar respetuosamente y que los profesores no interpretáramos cada cuestionamiento como una amenaza.
Quizás esa sea una forma de poder mucho más difícil de abandonar que cualquier cargo administrativo.
No pretendo absolver a Ludovico Manin. Tampoco condenarlo desde la comodidad de más de dos siglos de distancia. Gobernar una ciudad amenazada por un ejército es muy diferente de dirigir una universidad, enfrentar una decepción o corregir una clase. Las consecuencias no son comparables, aunque las preguntas humanas puedan dialogar entre sí.
La historia de Manin me deja una inquietud que quisiera conservar: necesitamos suficiente valentía para defender nuestros principios, suficiente inteligencia para reconocer nuestras derrotas y suficiente humildad para abandonar aquello que ya no necesitamos.
Porque no se trata de renunciar a todo. Se trata de aprender a distinguir aquello que debemos entregar de aquello que jamás deberíamos negociar.
Y quizás algún día, frente a una vieja certeza, un privilegio innecesario o una autoridad mal entendida, podamos decir sin vergüenza y con absoluta tranquilidad:
«Tómalo, ya no lo voy a necesitar».