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Respete, viejo pendejo…
Por: Gerardo Angulo Cuentas
gerardo@angulo.com.co
Hace poco discutí con un hombre que me lleva, aproximadamente, entre diez y quince años. No fue una conversación particularmente amable. En varias ocasiones me habló de una manera que consideré irrespetuosa, pero, cuando reaccioné y marqué mi desacuerdo, su respuesta no fue explicar ni revisar su conducta. Fue exigirme respeto.
Me dijo que lo mirara bien. Que tenía canas. Que era mayor que yo. Que yo debía respetarlo por su edad. Y remató con una pregunta que, según él, debía resolver cualquier discusión: “¿Acaso usted no respeta a su papá y a su mamá?”.
No. La edad no resuelve una discusión. Las canas no conceden inmunidad moral. Y ser mayor que otra persona no permite faltarle al respeto y, al mismo tiempo, exigirle sumisión.
Aclaremos algo importante: toda persona merece dignidad. Merece no ser humillada, insultada ni tratada como menos. Ese respeto básico no depende de la edad, del cargo, del dinero, de los títulos ni de la posición social. Se le debe a cualquier ser humano.
Pero existe otro respeto, uno más profundo: el que implica confianza, admiración, reconocimiento y autoridad moral. Ese respeto no se decreta ni se reclama. Se construye. Se gana con coherencia, con prudencia, con la capacidad de escuchar, con la disposición de reconocer un error y con la forma en que se trata a quien piensa distinto o tiene menos poder.
La edad puede traer experiencia. Puede traer perspectiva. Puede enseñar que muchas batallas no valen la pena y que las certezas deben manejarse con humildad. Pero también puede traer terquedad, soberbia, rencor y una incapacidad muy refinada para aprender. Cumplir años no equivale a madurar. Algunas personas maduran; otras simplemente envejecen.
Tengo 49 años. Para mi hijo, yo ya soy viejo. Quizás un viejo pendejo. Para mis estudiantes, probablemente también. Incluso para algunos colegas más jóvenes debo parecer parte de otra generación. Sin embargo, mi edad no me da una autoridad moral automática sobre ellos. No tengo derecho a pedirles que acepten mis opiniones porque he vivido más años. No puedo exigirles que guarden silencio ante un error mío ni reclamar obediencia porque soy su padre, su profesor o una persona mayor.
Puedo aspirar a que me escuchen, pero debo ofrecer razones. Puedo esperar un trato digno, pero debo darlo primero. Puedo intentar orientar, aconsejar y enseñar, pero debo aceptar que mi hijo, mis estudiantes y las personas jóvenes pueden ver algo que yo no estoy viendo. Si quiero que me respeten de verdad, tengo que comportarme de una forma que haga razonable ese respeto.
La comparación con el padre y la madre tampoco sirve como comodín. A los padres se les debe consideración por un vínculo singular: por la vida compartida, el cuidado, los sacrificios y la responsabilidad asumida. Pero alguien no se convierte en padre simbólico de los demás por tener más canas. Un adulto mayor no puede exigir el lugar moral de un padre solo porque nació antes.
Más aún: la experiencia debería hacer más exigente el deber de dar ejemplo. Si una persona ha vivido más, ha visto más y ha tenido más tiempo para aprender, uno esperaría de ella mayor capacidad de contenerse, de escuchar y de no rebajar una discusión al insulto o a la imposición. La edad debería invitar a la serenidad, no convertirse en una herramienta para callar a los demás.
Por eso el título de esta columna no es un ataque contra la vejez. Es una crítica a la vanidad de quien cree que el tiempo lo absolvió de examinarse. Si alguien fue pendejo de joven —prepotente, abusivo, incapaz de reconocer sus errores— y no cambió durante décadas, no se vuelve sabio al envejecer. Se vuelve un viejo pendejo.
La vejez merece consideración. La sabiduría merece respeto. Pero no son lo mismo.
Yo respetaré siempre la dignidad de las personas mayores, como espero que ellas respeten la mía. Lo que no aceptaré es que alguien pretenda usar su edad para justificar sus faltas de respeto o para colocarse, sin mérito alguno, por encima de los demás.
Las canas son una señal del paso del tiempo. No son un certificado de sabiduría. Y el respeto auténtico no se exige mirando desde arriba: se gana mirando al otro a los ojos.
Ojalá un mayordomo nunca te diga:
«Respete, viejo pendejo».