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Tres caminos hacia ninguna parte o la victoria cantada de Margarita Guerra

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El vacío programático de los partidos tradicionales dejó al Magdalena sin alternativa real tras la caída del caicedismo. Sin agenda, sin coherencia y sin liderazgo territorial, las candidaturas opositoras se reducen a emotividad y cálculo. En política, improvisar puede ser rentable un día, pero siempre termina costando caro al territorio que se pretende representar.

 

Por: Víctor Rodríguez Fajardo

La dirigencia política del Magdalena atraviesa una paradoja reveladora. Tras años de oposición al caicedismo, logró lo que parecía imposible: sacar del poder a un movimiento hegemónico que había consolidado su dominio en la Gobernación. Sin embargo, cuando la oportunidad de recomponer el orden político se presentó, las viejas estructuras demostraron no tener un plan, ni un discurso, ni una idea concreta de gobierno. La lucha por recuperar el poder se convirtió en un fin en sí mismo, no en un medio para transformar el territorio.

Desde esa perspectiva, la anulación de la elección de Rafael Alejandro Martínez —por la comprobada doble militancia— marcó un punto de inflexión. Las fuerzas políticas tradicionales interpretaron el fallo como una victoria política propia, pero no como una responsabilidad de futuro. Lo que vino después fue una serie de movimientos erráticos, alianzas sin coherencia ideológica y candidaturas sin sustancia programática. La adhesión al candidato del petrismo demostró que la prioridad no era la coherencia, sino la oportunidad.

Esa decisión, presentada como pragmatismo, terminó exponiendo la fragilidad del liderazgo que aspiraba a recuperar la Gobernación. Dos figuras que representaban sectores de experiencia y solvencia técnica intentaron abrir un debate serio sobre el futuro del departamento, pero fueron marginadas. La dirigencia optó por una alianza de coyuntura con quien representaba el poder central, sin analizar el costo político de tal movimiento. Se pasó de la consigna de “recuperar el Magdalena” a la simple búsqueda de puestos y relevancia.

El caso de Rafael Noya, receptor de varios respaldos tradicionales, ilustra bien la situación. Su candidatura refleja el esfuerzo de un político que busca adaptarse al momento, pero que enfrenta el mismo dilema de todos: cómo diferenciarse en medio del ruido y la improvisación. En un escenario donde las emociones sustituyen las ideas, cualquier discurso de gestión y planificación queda reducido a consignas y videos de campaña.

En paralelo, Miguel Martínez intenta capitalizar el descontento con el caicedismo desde un enfoque emocional, apelando al resentimiento y la crítica fácil. Pero su propio pasado político —incluida la renuncia al Concejo de Santa Marta con la frase “ni siquiera estaba robando allí”— evidencia la falta de rigor que atraviesa buena parte del debate público. Su discurso es espejo de una dirigencia que entiende la política como espectáculo y no como responsabilidad.

Completando el trío, Luis Santana, quien representa la figura más clásica del establecimiento: un dirigente con experiencia en el sector público y privado, respetado en algunos círculos, pero anclado en la nostalgia de un poder que ya no tiene incidencia real. Su candidatura simboliza el intento de un grupo político por revivir el pasado sin comprender que la sociedad magdalenense cambió. Hoy, el voto es más emocional, más urbano y menos dependiente de los liderazgos tradicionales que dominaron durante décadas.

En conjunto, las tres candidaturas reflejan una crisis estructural de la dirigencia del Magdalena: no hay diagnóstico compartido, ni Plan Desarrollo, ni visión de futuro, ni articulación de intereses colectivos. La política departamental sigue atrapada en la lógica de la revancha, en la necesidad de demostrar fuerza ante el adversario y no de ofrecer soluciones ante la ciudadanía. Mientras tanto, la pobreza estructural, el desempleo, el deterioro institucional y el atraso en infraestructura siguen siendo los mismos problemas de hace 25 años.

El resultado de esa fragmentación es evidente. Con la oposición desorganizada y los liderazgos tradicionales divididos, el caicedismo tiene el camino despejado para reestructurarse. Margarita Guerra, heredera natural del proyecto que dejó Martínez a mitad de camino, puede capitalizar la dispersión de sus detractores. Su ventaja no radica únicamente en que tiene como propuesta bandera la continuidad política, sino en la capacidad de mantener una narrativa de gestión, identidad y territorio construida por Caicedo desde su paso por la Alcaldía de Santa Marta, algo que sus opositores no han logrado construir.

Así las cosas, el panorama político del Magdalena, de cara a las elecciones atípicas para la Gobernación, confirma que sacar a un gobierno no equivale a tener uno mejor preparado para reemplazarlo. La política regional no necesita más victorias morales ni ajustes de cuentas; necesita un proyecto estructurado que conecte con los problemas reales de la población y no con las ambiciones personales de sus dirigentes.

Si la clase política no logra superar la improvisación, el discurso vacío y la falta de propósito, el departamento volverá a repetir su historia: celebrar triunfos que no cambian nada. Porque en política —como en la vida pública— las victorias sin contenido terminan siendo la antesala de la próxima derrota.