Connect with us

Geopolítica Parroquial

El primer pulso de De la Espriella será dentro de su propia coalición

Published

on

La victoria de Abelardo de la Espriella abrió una nueva etapa para la derecha colombiana, pero no resolvió sus tensiones internas. El presidente electo derrotó a Iván Cepeda en una segunda vuelta estrecha y asumirá el poder el 7 de agosto de 2026; sin embargo, su primer desafío no estará solamente en la oposición de izquierda, sino en la administración de su propia coalición.

Por Víctor Rodríguez Fajardo

El caso más visible es el enfrentamiento entre Álvaro Uribe y Carlos Suárez, estratega de la campaña ganadora. A primera vista, parece una pelea personal amplificada por redes sociales. En realidad, condensa una disputa más profunda: quién ordenará la nueva derecha, el presidente electo y su círculo de campaña, o el uribismo y su peso legislativo.

De la Espriella ganó con un discurso de ruptura, pero gobernará en un Congreso donde necesita aliados. Su bancada propia es limitada y el Centro Democrático ya anunció que se declarará partido de gobierno, con una bancada de 47 congresistas dispuesta a apoyar iniciativas del presidente electo en seguridad, economía y oportunidades.

Esa decisión le abre una puerta de gobernabilidad. También le marca un límite político: el respaldo del uribismo no será gratuito ni necesariamente extensivo a todos los miembros del círculo que llevó a De la Espriella a la Presidencia.

El origen del choque

El enfrentamiento entre Uribe y Suárez tiene dos capas. La primera viene del pasado judicial del expresidente. Uribe ha señalado públicamente a Suárez por supuestos episodios relacionados con su proceso judicial y con reuniones de Iván Cepeda con exparamilitares extraditados. Esa acusación debe leerse como lo que es: un señalamiento político de Uribe, no una conclusión judicial dentro de este análisis.

La segunda capa pertenece a la campaña. Uribe también acusó a Suárez de haber participado en maniobras de marketing político contra el uribismo y contra su familia. De nuevo, el punto central no es presentar esas acusaciones como hechos probados, sino entender su efecto político: para Uribe, Suárez dejó de ser apenas un consultor incómodo y pasó a representar una forma de hacer campaña que considera hostil y desleal.

La tercera capa es la más importante: la disputa por el poder dentro de la derecha. Suárez quedó asociado al triunfo de De la Espriella y al desplazamiento del uribismo como fuerza dominante en ese campo. El Colombiano reportó que Suárez llegó a afirmar que las décadas de hegemonía política del uribismo habían llegado a su fin y que la derrota de Paloma Valencia había sido un castigo de las urnas a un establecimiento político decadente.

Esa frase tocó una fibra sensible. No se trataba solo de defender a un candidato o a un expresidente. Era una declaración sobre el relevo de mando en la derecha.

La pelea que estalló después de la victoria

El cruce público escaló después de la segunda vuelta. Suárez publicó una frase que fue leída como una alusión directa al uribismo: “No me asustaron los dinosaurios, menos lo harán sus fósiles”. La respuesta de Uribe llegó con dureza. El expresidente lo llamó “cobarde”, “solapado” y remató con una frase que terminó de marcar el tono del enfrentamiento: “Es mejor ser un viejo fósil que un bandido solapado”.

El problema para De la Espriella es que esta pelea ocurre justo cuando necesita pasar de la lógica de campaña a la lógica de gobierno. En campaña, el estratega sirve para derrotar adversarios. En el poder, el presidente necesita partidos, mayorías, interlocutores legislativos y disciplina política.

Ahí Suárez puede convertirse en un activo incómodo. Fue clave para ganar, pero su presencia demasiado visible en el primer anillo del nuevo gobierno podría dificultar la relación con el Centro Democrático. No porque el uribismo vaya a romper de entrada con De la Espriella, sino porque puede enviar un mensaje claro: el apoyo será al gobierno y a su agenda, no necesariamente al equipo que disputó el liderazgo histórico de la derecha.

El pragmatismo de Abelardo

De la Espriella llega con una agenda ambiciosa. Durante la campaña prometió un uso amplio del poder ejecutivo, incluyendo cerca de 90 decretos en los primeros días de gobierno, aunque varios análisis han advertido que aún hay pocos detalles sobre la ejecución de esas medidas.

Pero los decretos no sustituyen al Congreso. Para reformas de fondo, proyectos fiscales, ajustes institucionales y cambios estructurales en seguridad o economía, el nuevo presidente necesitará mayorías. Y esas mayorías no se construyen solo con entusiasmo electoral; se negocian con partidos.

Por eso el dilema es delicado. Si De la Espriella mantiene a Suárez en una posición demasiado protagónica, puede irritar al uribismo. Si lo aparta por completo, puede enviar una señal de debilidad frente al sector que le ayudó a ganar. La salida más probable no es una ruptura, sino una redistribución de roles: Suárez podría conservar influencia estratégica, pero con menor exposición pública y menor capacidad de interferir en la relación con los partidos.

En otras palabras: el estratega puede haber ganado la campaña, pero la gobernabilidad la tendrán que construir los políticos.

La paradoja del nuevo poder

La paradoja de De la Espriella es evidente. Ganó como figura de ruptura, derrotó a sectores tradicionales de la derecha y prometió sacudir el sistema. Pero ahora necesitará a ese mismo sistema para gobernar.

El uribismo, por su parte, también enfrenta una paradoja. Ya no controla por completo el liderazgo electoral de la derecha, pero sigue siendo indispensable en el Congreso. Perdió centralidad simbólica en la campaña, pero conserva poder práctico en la gobernabilidad.

Ese equilibrio marcará el arranque del nuevo gobierno. Si De la Espriella logra separar el conflicto entre Uribe y Suárez de la agenda legislativa, podrá construir una coalición funcional. Si no lo logra, su administración podría llegar al 7 de agosto con una fractura interna antes de enfrentar siquiera a la oposición.

El primer pulso real del nuevo gobierno, entonces, no será contra Iván Cepeda ni contra el Pacto Histórico. Será dentro de su propia coalición: entre quienes ganaron la campaña y quienes tienen los votos para hacer viable el poder.