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¿Y si leer dejó de ser suficiente?

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Por: Gerardo Angulo Cuentas

gerardo@angulo.com.co

Hay una frase que me saca de quicio.

Después de invertir horas redactando cuidadosamente una guía de trabajo, organizando las instrucciones y procurando que no quede ninguna duda, siempre aparece un estudiante que, sin haber leído una sola línea, levanta la mano y pregunta:

—Profesor, ¿qué hay que hacer?

Esa pregunta me molesta. No solo porque la respuesta está escrita frente a él, sino porque siento que desconoce el tiempo y el cuidado que hubo detrás de ese documento. Si me tomé el trabajo de escribirlo, lo mínimo que espero es que alguien se tome el trabajo de leerlo.

Durante mucho tiempo interpreté esa escena de una sola manera: los jóvenes ya no quieren leer.

Y, para ser sincero, sigo creyendo que tenemos un problema con la lectura. Leer exige concentración, paciencia, capacidad de comprender ideas complejas y de seguir un razonamiento sin la gratificación inmediata a la que nos han acostumbrado las redes sociales. Difícilmente una sociedad que deja de leer puede aspirar a fortalecer su cultura.

Sin embargo, hace algún tiempo empecé a hacerme una pregunta que me incomoda incluso a mí mismo: ¿y si leer dejó de ser suficiente?

No estoy diciendo que los libros hayan perdido su valor. Tampoco que debamos reemplazarlos por videos de quince segundos o renunciar a la lectura profunda. Los libros han sido, probablemente, el vehículo más poderoso que ha inventado la humanidad para conservar y transmitir conocimiento. Gracias a ellos hemos podido conversar con personas que vivieron hace siglos y aprender de quienes nunca conoceremos personalmente.

Lo que me pregunto es otra cosa: ¿estaremos confundiendo el vehículo con el destino?

Durante siglos, leer fue el principal camino para acceder al conocimiento complejo. Era lógico que termináramos asociando la lectura con el aprendizaje. Pero el objetivo nunca fue leer. El objetivo siempre fue comprender, analizar, cuestionar, relacionar ideas y construir criterio propio.

En otras palabras, el objetivo era aprender a pensar.

La historia, además, nos recuerda que el conocimiento no nació con los libros. Durante miles de años la humanidad aprendió mediante la tradición oral. Los relatos, los mitos, las conversaciones, las demostraciones prácticas y las historias transmitidas de generación en generación permitieron conservar conocimientos extraordinariamente complejos mucho antes de que existieran las bibliotecas.

En el Caribe esa realidad nos resulta especialmente familiar. Buena parte de nuestra identidad no está escrita en tratados académicos. Vive en las historias de los abuelos, en las décimas, en las canciones, en las leyendas y en esa costumbre tan nuestra de aprender conversando bajo la sombra de un árbol o en la puerta de una casa. Nadie sostendría seriamente que aquellas generaciones eran incapaces de pensar porque no aprendían principalmente leyendo.

Entonces, ¿por qué damos por hecho que el pensamiento crítico solo puede construirse a través de la lectura?

Hoy millones de personas aprenden programación en YouTube. Otros aprenden a cocinar viendo videos, reparan un motor siguiendo un tutorial, estudian idiomas conversando con inteligencia artificial o comprenden conceptos científicos gracias a animaciones que hace apenas veinte años eran impensables. Las universidades incorporan simuladores, laboratorios virtuales, infografías, podcasts y recursos audiovisuales para explicar aquello que antes solo aparecía en un libro.

Quizá estamos presenciando el nacimiento de un nuevo ecosistema del conocimiento. Un ecosistema donde el texto seguirá siendo importante, pero convivirá con imágenes, videos, simulaciones, conversaciones e inteligencia artificial.

Paradójicamente, la propia inteligencia artificial está transformando nuestra relación con la lectura. Un artículo científico ya no es solo un artículo: ahora puede resumirse, discutirse, compararse y convertirse en una conversación. Un libro puede responder preguntas. Un documento técnico puede explicar un concepto con ejemplos adaptados a quien lo consulta. El conocimiento escrito sigue existiendo, pero nuestra forma de interactuar con él está cambiando.

Eso no significa que cualquier video sustituya a un buen libro. Sería una afirmación tan ingenua como creer que cualquier libro desarrolla pensamiento crítico. Todos conocemos personas que leen mucho y cuestionan muy poco. También conocemos personas que, sin ser grandes lectoras, analizan con rigor la información, contrastan evidencias y tienen la honestidad intelectual de cambiar de opinión cuando los hechos lo justifican.

Quizá el pensamiento crítico nunca dependió exclusivamente del formato en el que recibimos la información. Quizá depende, sobre todo, de lo que hacemos con ella.

Por eso sospecho que la gran discusión educativa del siglo XXI no será cuántos libros leen nuestros estudiantes. La verdadera discusión será si son capaces de distinguir una evidencia de una opinión; de identificar una falacia; de verificar una fuente antes de compartirla; de sostener una conversación respetuosa con quien piensa diferente y de modificar sus conclusiones cuando aparecen mejores argumentos.

Esas son las habilidades que necesita una democracia. Esas son las capacidades que demanda la ciencia. Esas son las competencias que exigirán las sociedades que convivirán con una inteligencia artificial cada vez más poderosa.

Ojalá las nuevas generaciones lean más. Yo seguiré insistiendo en que lo hagan. Pero también creo que sería un error reducir toda la conversación sobre el aprendizaje a una sola pregunta: ¿cuántas páginas leyeron esta semana?

Cada época ha tenido sus propios vehículos para transmitir el conocimiento. La tradición oral no desapareció cuando apareció el libro. El libro tampoco desaparecerá porque exista el video. Lo que verdaderamente importa nunca ha sido el formato.

Lo que verdaderamente importa es que, cualquiera que sea el vehículo, sigamos formando personas capaces de pensar por sí mismas.

Porque el mayor riesgo para nuestra sociedad no es que dejemos de pasar páginas.

El mayor riesgo es que dejemos de cuestionar las ideas que encontramos en ellas.