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Del malecón pa’ dentro: la fiesta que Santa Marta le debe a sus barrios

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La Fiesta del Mar no puede seguir siendo un espectáculo con vista al mar mientras Pescaíto, Bonda, Gaira y Mamatoco quedan por fuera.

Por Víctor Rodríguez Fajardo – El Man del Sombrero

En Barranquilla, Cartagena o Valledupar, la fiesta se vive en la calle, en la esquina y en la casa. En Santa Marta, en los barrios populares no hay ambiente festivo. La gente termina desplazándose a la bahía solo a atestiguar lo que ocurre allá. Y en la calle se escucha siempre la misma frase que lo resume todo: «Vamos a ver qué fiesta hicieron los ricos esta vez».

Mientras la ciudad avanza hacia un nuevo aniversario de su fundación, la pregunta que el conformismo institucional suele esquivar sigue en pie: ¿qué estamos celebrando realmente?

La Fiesta del Mar ha terminado consumida en conciertos de paso y consumo efímero. No hay nada reprochable en la música ni en el festejo. Pero una ciudad que supera los quinientos años de historia —el asentamiento urbano en pie más antiguo de Colombia— no puede subordinar su mayor acontecimiento ciudadano a un simple festival de entretenimiento contratado.

La disputa por el relato

Santa Marta enfrenta una batalla crucial por su identidad colectiva. Tres barreras estructurales la frenan:

La primera es la trampa del encono socioeconómico: la idea de que el progreso privado equivale al despojo popular. Ese dogma genera resentimiento y parálisis. Las sociedades que avanzan entienden que generar valor no es enemigo de la equidad.

La segunda es la polarización como sustituto del pensamiento: años de descalificación personal han reemplazado el debate sobre el modelo de ciudad. Quien piensa diferente es catalogado como enemigo de la patria chica.

La tercera es la erosión de la memoria histórica: una comunidad que borra su pasado termina imitando modelos ajenos y descuidando los activos que la hacen irremplazable.

Los gobiernos pasan. Santa Marta permanece. El amor por la ciudad debe estar por encima de cualquier coyuntura ideológica.

El espejo del Caribe

¿Por qué Barranquilla, Cartagena y Valledupar sí lograron consolidar festividades que movilizan a toda su población y son referentes internacionales?

No fue por azar ni por tarimas gubernamentales. Lo lograron porque resolvieron lo que en Santa Marta sigue siendo asignatura pendiente.

En Barranquilla, los barrios populares —Barrio Abajo, Rebolo— son los verdaderos dueños de la tradición. El Carnaval opera hoy a través de Carnaval de Barranquilla S.A.S., una estructura de economía mixta con autonomía técnica y financiera que no depende del capricho del alcalde de turno. Su impacto económico supera los 500.000 millones de pesos anuales y moviliza más de un millón de visitantes en cada edición.

En Cartagena, las Fiestas del 11 de Noviembre están ligadas a la memoria de la gesta libertaria popular de Getsemaní. En Valledupar, la juglaría campesina se elevó a símbolo de orgullo nacional a través de una fundación autónoma que blindó el festival de los vaivenes electorales.

En Santa Marta, en cambio, la Fiesta del Mar ha sido históricamente un botín institucional: se reconfigura cada cuatro años según el gobernante en función. El actor principal no es el creador local sino la administración que decide qué contratar. La ciudadanía solo asiste a consumir.

Hoja de ruta: cuatro transformaciones urgentes

Santa Marta no necesita imitar a nadie. Su fortaleza es única: la confluencia entre la montaña costera más alta del mundo, cuatro pueblos indígenas originarios, el mar Caribe y más de quinientos años de historia documentada. Eso no lo tiene ninguna otra ciudad del país.

Para convertir la Fiesta del Mar en una manifestación de primera jerarquía, se necesitan cuatro acciones concretas:

1. Despolitizar la gobernanza cultural. Crear la Corporación Fiesta del Mar: una entidad de economía mixta —con participación del Distrito, gremios económicos, la academia, los cabildos indígenas, las asociaciones de pescadores y los gestores culturales— con autonomía técnica y financiera real. El modelo financiero debe combinar aportes distritales con patrocinios privados, alianzas con el sector turístico y encadenamiento con operadores culturales. La agenda festiva no puede seguir subordinada a las urgencias de comunicación política de cada administración.

2. Construir una narrativa patrimonial de tres ejes. El primero, pluriétnico y ancestral: espacios permanentes de intercambio de saberes con los pueblos Kogui, Arhuaco, Wiwa y Kankuamo. El segundo, anfíbico y marítimo: puesta en valor de las tradiciones pesqueras, la cultura de Taganga y Gaira y la historia portuaria. El tercero, histórico y republicano: el Centro Histórico no como escenografía para conciertos, sino como museo vivo de arquitectura, gastronomía e historia patria. Los creadores de estas expresiones —comparsa, artesano, cocinera tradicional, guía patrimonial, compositor local— son los protagonistas, no los teloneros.

3. Descentralizar la fiesta hacia los barrios. La Fiesta del Mar debe construirse durante los doce meses del año en comunas y corregimientos. Estímulos económicos y acompañamiento técnico en Pescaíto, Bonda, Mamatoco, La Paz y Gaira. Semilleros escolares de historia, teatro, artes plásticas y recorridos patrimoniales. La fiesta no puede seguir siendo un evento de la bahía para los que pueden llegar a la bahía.

4. Construir una economía cultural sostenible. El modelo debe evolucionar de la gratuidad asistencialista a una cadena de valor real. Los ingresos del turismo festivo deben impactar directamente a cocineras tradicionales, artesanos, historiadores, transportadores y artistas locales. La cultura no es un gasto: es una industria que Santa Marta aún no ha sabido activar.

El horizonte posible

La mayor victoria llegará cuando los samarios comprendamos que el destino de la ciudad no depende exclusivamente de un alcalde, un gobernador o un sector político. Depende de una ciudadanía con la madurez necesaria para formarse, unirse y salvaguardar sus activos comunes.

La Fiesta del Mar no debe ser una efeméride con orquesta pagada. Debe ser el ritual colectivo donde Santa Marta reconfirma su razón de ser, honra su memoria y proyecta su futuro.

Porque una sociedad que conoce y respeta su pasado adquiere, finalmente, la capacidad de construir un mejor destino.