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Ciudadanos, ¿A qué jugamos? Por: Saúl Alfonso Herrera

Opinión Caribe

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Por:Saul Herrera

Por:Saul Herrera

Existe. Grande realidad. Un definido desaliento e impotencia en miembros de bien de la sociedad samaria y magdalenense, agobiados por el sinnúmero de casos de corrupción que se crecen día con día y que olímpicamente pasan vertiginosos al plano de la impunidad, por lo que amén de lo cual ponen el grito con sólo pensar en los casos muchos de corrupción que ya empiezan a olfatearse de cara a los próximos comicios electivos, y creen que igualmente, como otras muchas veces, su destino y amparo será la impunidad.

Manifiestan también que la desazón en lo personal es tal que mata y así como a ellos sucede, bien puede sucederle a las gentes de bien de nuestra sociedad, más no a aquellos, los más, quienes cohonestan con esta clase de ignominias, ven en las justas electivas una forma más de corrupción consentida y pasan por alto todas las barbaridades que vemos que se suceden y a todos nos consta que hacen, con tal de llegar al poder.

Nuestra sociedad, permeada hasta los tuétanos, acepta y cree que la corrupción es simplemente, una forma de cultura y por tanto la aplaude, cuando lo que deberían hacer es comenzar a castigarla acremente, y qué mejor que fuese políticamente con la puesta en práctica de un voto útil, decente, consciente. Los ciudadanos deben comenzar a comprender la trascendencia del tema y empezar expresarse escogiendo y eligiendo sólo y únicamente a los mejores (que los hay), quienes sobresalen “per se” en medio de tanta medianía, total y fatal mediocridad.

No podemos seguir eligiendo en nuestros municipios, ciudad y departamento, a personajes que han vivido y conviven con delincuentes. No podemos seguir pagando el costo de tantas barbaridades juntas que para nada cicatrizan ni cicatrizarán jamás, sobre todo por cuanto el daño ya estuvo hecho y nuestra sociedad pareciera no darse cuenta de ello; y como premio, de acuerdo a las tendencias que asoman, aspira premiarlos y de qué manera, con la entrega en bandeja de oro de un poder del que no han hecho aprecio, que solo ha servido para beneficiar sus voraces apetitos y nunca para satisfacer las necesidades mejores de la colectividad.

Hay candidatos que definitivamente no dejan duda por ser en sí mismos un sinsentido en lugar de una opción, y como en otras veces, desgraciadamente, terminan con curules, y lo que es peor, manejando a sus anchas el poder local, y seguramente a futuro, inmersos en la búsqueda afanosa de otro u otros espacios políticos de mayor envergadura en el concierto nacional.

Demostrado está y se va a evidenciar una vez más, contra el querer de los buenos y mejores, que dichos “caballeros electoreros” tienen el control y la hegemonía por encima de la militancia y de que las denuncias de corrupción no generan costos políticos. Samarios y magdalenenses, démonos a la tarea de debelar a aquellos que sin saber y sin poder pretenden a toda costa manejar los destinos del departamento y sus municipios, frente a otros con amplias, pulcras y probas carreras en el Estado, sin tener en contra acusaciones de corrupción o de entramados sospechosos o peligrosos. No puede seguir ganando la complejidad, como tampoco quienes arrastran a rodo recursos materiales y políticos amparados en oscuros, viciados y letales entramados.

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