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Opinión: Familia Miranda

Opinión Caribe

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Por: Víctor Rodríguez Fajardo

Santa Marta se ha caracterizado siempre por ponerle sobrenombre o apodo a todo y con ello aporta su grano de arena al realismo mágico del Caribe, otros dirían que es hacer nuestro aporte a la bacanería.

“Nos vamos de miranda”, en muchísimos de los hogares del Caribe colombiano donde es poco el poder adquisitivo, el jefe o jefa de la casa, quienes a duras penas tienen para el bus, hacen planes con la familia para ir al centro comercial, todos se bañan, se arreglan y salen ‘a coger aire’, ante el insoportable calor y las tarifas altas de Electricaribe, que limitan el uso del aire acondicionado, obligándolos a este paseo.

Pasan de lo cotidiano a disfrutar de una vida en sueño con un mejor clima; es claro que no hay plata ni para la bolsita de agua, pero en unión disfrutan del aire acondicionado. La otra ventaja es que tienen su tiempo de popularidad, al ser el centro comercial el sitio del momento en donde ellos pueden ver y ser vistos socialmente, son conscientes que no tienen poder adquisitivo, ellos no se afanan por eso, pueden mirar a sus anchas las grandes vitrinas, algunos más osados entran y preguntan, y hasta se prueban, y en ese momento, en el vestidor, luciendo esa prenda inalcanzable, hasta selfies se toman, para dejar constancia en el Facebook de su triunfo. Jocosamente es identificado este comportamiento como ‘nos fuimos de familia Miranda’, porque solamente fueron a ver, y más nada.

Este comportamiento social que se podría pensar que solo hace parte de las costumbres de los estratos sociales menos favorecidos económicamente, también hace parte del ADN de nuestra clase política, que solo porque tiene la plata para el pasaje ,tradúzcase conseguir una credencial, no les da, ni alcanza el suficiente poder adquisitivo para entrar en los “escenarios superiores de la política” con solvencia; y el gran centro comercial de nuestra historia, tradúzcalo como recinto del Senado, de la Cámara, de la Asamblea y hasta de los Concejos Municipales. Alguno no tenía ni para la mototaxi y le hacen el chance de llevarlo, pero con el compromiso de seguir fielmente al benefactor del chance so pena de no volverlo a llevar.

A estos Centros de poder, ellos van de ‘familia Miranda’, con el objeto de ver y ser vistos, de vaina consumen una bolsita de agua, tradúzcase burocracia de muy bajo perfil dentro de la estructura del gobierno, miran las grandes vitrinas y algunos osan de entrar, tradúzcase son miembros de comisiones y tienen acceso por estar ahí a los grandes proyectos de interés nacional con los que pueden posar en la foto pero a sabiendas que cuando salen se van sin nada para sus regiones, pues no ejercen ninguna influencia en las decisiones, y así como algunos se hacen su selfies, para mostrar a sus compañeros de infortunio un traje nuevo, estos políticos, nuestros políticos, se toman selfies en el sagrado recinto del Congreso para dejar constancia que sí asistieron.

Esta es la triste realidad del pueblo del Magdalena, que ha vivido una verdadera “resistencia civil” y no sabemos hasta cuándo va a seguir resistiendo a que Congresistas como Jaime Serrano, Kellyn González, Franklin Lozano y Fabián Castillo, lleguen a tan alta distinción solo porque tuvieron la plata pal pasaje, pero en el momento de tomar acciones son unos reales y verdaderos periquitos australianos a la hora de pronunciarse sobre los grandes temas del Magdalena en las altas instancias del poder en Colombia.
Algunos ahora me dirán -pero yo si he hablado y he intervenido- pues eso sería igual al que sabiendo que no tiene con qué comprar, de osado entra al almacén, se prueba la prenda, pregunta por el precio y contesta -voy a dar una vuelta y regreso- pero en conclusión salió con las manos vacías.

Son mudos como si estuvieran en shock, pues no asimilan el estar ante tan encumbrados personajes que sí marcan la diferencia en la historia política de Colombia; no hemos escuchado iniciativas de un bloque parlamentario del Magdalena, donde estos cuatro honorables junto a Eduardo Díaz Granados y Honorio Enríquez hagan causa común, citen en plenaria, cuestionen, fijen posición, cuando en el centralismo nos falta el respeto en la correspondencia que debe existir con nuestro territorio, temas donde el Gobierno Nacional obliga al Departamento a invertir un importante recurso, como el de la pista del Aeropuerto Simón Bolívar, cuya operación es netamente nacional y no local; o en los Juegos Bolivarianos, donde no honran la palabra y queda una ciudad que acaba de salir de la Ley 550 obligada a invertir por encima del compromiso de la Nación si no quiere pasar al ridículo nacional, son entre otros algunos de los casos que evidencia y respaldan nuestro reclamo.

Nuestros políticos de “altas esferas” no han comprendido que hasta por un simple principio de economía de escala o la esencia del cooperativismo, el unir lo poquito de cada uno de ellos, nos daría como Departamento una fuerza de posición negociadora y nos permitiría conseguir más allá de peregrinas intervenciones, resultados tangibles en beneficio del departamento del Magdalena.

En otros territorios, por ejemplo, solo atravesando el río Magdalena, vemos que la ecuación de aporte de la Nación sí se hace completa y en abundancia, lo cual nos lleva a pensar que nuestra familia Miranda, de nuestra clase política, se conforma con los cupos indicativos o “mermelada” sin darse cuenta que en nuestro parangón con la realidad de nuestras familias populares eso solo les alcanzaría para el regreso en mototaxi.

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