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Ciénaga

San Rafael; el cementerio donde desentierran muertos

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El San Rafael es un cementerio singular, con muchos mitos, cinco puertas, a través de las cuales en vez de entrar, son más los muertos que salen.

No hay una explicación al hecho de que el cementerio San Rafael en Ciénaga tenga cinco puertas, este camposanto que, además de ser para los pobres como todo el mundo lo conoce, también es el lugar que parece los muertos rechazaran como última morada.

La entrada principal por donde nadie quisiera pasar, es la más grande, las otras cuatro están escondidas entre lo tétrico del lugar, como una señal para que las almas que allí se encuentran busquen por donde salir.

Desde el nombre hasta las paredes, están llenas de misterio. San Rafael, el arcángel peregrino es la mejor denominación que puede tener un lugar como este de una sola entrada y varias salidas, su misión en este lugar, debe ser sin duda, acompañar la última morada y el viaje final de quienes aquí culminan sus días.

Entre esas almas perdidas que desean salir y encontrar su lugar, su familia y una morada en la que reposar cuando dejan de existir físicamente están treinta y cinco cuerpos no identificados cuyo lugar es la parte final del cementerio, donde todo es monte, donde no queda nada.

Es tan ‘olvidada’ su presencia en este lugar que algunos yacen descubiertos, como si de verdad quisieran salir corriendo, la escena es difícil de mirar y mucho menos comprender, pero entre el mito y la realidad que rodean el cementerio todo es posible.

Hasta es real que este sitio se ha convertido en el preferido por algunos jóvenes para dar ‘tumbos’ contra el mundo consumiendo sustancias psicoactivas y respirando ‘tranquilidad’ para entregarse a la psicodelia. La policía cada noche tiene como una de sus tareas sacarlos de ese mundo fantasmagórico y llevarlos a un lugar ‘más seguro’, pero qué puede ser más seguro que un lugar donde los 6.300 ocupantes ni siquiera respiran.

El olvido y la desidia compiten con las intenciones de los administradores de hacer de este cementerio un lugar rentable, cuando llueve, el agua no solo lava las tumbas, sino que también hace crecer la maleza que cubre de indiferencia las fosas comunes de quienes siguen esperando su oportunidad de aparecer en una de las listas con las que la Fiscalía verifica las identidades y les regresa a los dolientes su respectivo pariente.

Desde hace tres años no se vende una bóveda o un lote, los procesos de identificación le pusieron freno ‘al negocio’. Se permitirá cuando todos los anónimos tengan un hogar o un rostro, pero el tiempo apremia y la paciencia se agota tanto de los familiares como de los restos, en este tiempo cuatro cuerpos han encontrado sus dolientes, ¿cuánto tiempo tendrá que pasar para que los demás los consigan?

Para sobrevivir, la curia, propietaria del inmueble, logra mantener a flote el terreno con las inhumaciones o con lo que pagan ‘los pobres’ por enterrar a sus muertos en este lugar tan lúgubre, pero como una ironía más de este cementerio macondiano, las bóvedas no son de la iglesia, pero para usarlas se debe acudir a ella por un permiso que es bastante oneroso.

En resumen, los dueños de las bóvedas son los dueños del cementerio, las familias que deseen un espacio en esta ‘lóbrega mansión’ deben pagar un arriendo a los que tienen escrituras de su última morada.

El San Rafael también tiene un contraste doloroso, porque justo hacia la derecha de la entrada principal se encuentran los ‘muertos ilustres’, los que motivan a los curiosos a visitar el lugar, los sepulcros de las personas de mayor relevancia, que hicieron parte de la historia de Ciénaga, los huelguistas que perdieron la vida en la ‘Masacre de las bananeras’ el suceso que siempre pondrá a Ciénaga en un renglón de la historia colombiana.

Por tanto, este pasillo donde están ubicados los ‘difuntos importantes’ es como el sofisma de distracción que evita ver a primera vista que en el fondo los sin nombres tratan de decir: ¡no nos olviden!

Este clamor cesó para cuatro familias del sur de Bolívar, Barranquilla, Palermo y Medellín, sin embargo, siguen 35 voces que esperan ser escuchadas.

Lo que sucede en el San Rafael es tan paradójico que a una de sus bóvedas vino a parar el folclorista cienaguero Oswaldo Segundo Güette Blanco, conocido cariñosamente como ‘Ofas’ o ‘Cabecita Loca’ reconocido ejecutante del guache, (instrumento típico de percusión) como una señal de que aquí cesan todas las alegrías; su bóveda pintada de amarillo, poco a poco y por efecto del salitre se vuelve gris, el único color que puede definir lo que se siente en el “cementerio donde pocos muertos llegan pero muchos quieren marcharse”.

 

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