Educación
La peste de Albert Camus y el COVID
Por Miguel Vermeire
*Estudiante de octavo semestre de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Sergio Arboleda de Santa Marta. El siguiente escrito fue seleccionado como uno de los mejores del corte en el desarrollo de la asignatura Plan Lector, impartida por el docente Víctor Castellanos.
Estoy sentado en una mesa de la cafetería de la universidad, mirando las noticias, bromeando con mis amigos que me iba a tener que “encuarentenar” antes que ellos debido a que mi padre venía de un vuelo directo de España. Entre bromas y chistes, no habíamos terminado de darnos cuenta que ese jueves iba a ser el último día en que nuestras vidas se iban a poder seguir considerando normales.
Al iniciar lectura de La Peste, de Albert Camus es inevitable ver una relación con nuestra realidad, pero no una relación frente a la enfermedad en su esencia, por suerte aún no hemos visto a pacientes morirse en 48 horas o necesitar de una extracción de ganglios infectados brotando materia. En ese aspecto nuestra peste fue diferente, una peste mucho más leve y piadosa que la que vivió Oran en sus peores momentos.
¿Entonces, cuál es el punto en común de nuestras pestes? La incredulidad, la misma incredulidad en la que vivían los habitantes de Orán frente a todos los sucesos que le avisaban que lo peor estaba por venir y seguían viviendo sus vidas sin preocupaciones, la misma incredulidad con la que el colegio médico de la ciudad se resignaba y negaba a llamar el fenómeno por su propio nombre: Peste.
Es en esa misma incredulidad en la que vimos como todo este virus se desató sobre un mundo petrificado que se resignaba a asimilar lo que estaba pasando, y sus organismos de control que se negaban a llamar las cosas por sus nombres. Un mundo que frente a todos los llamados de alerta enviados desde Asia, después Italia, y escalando progresivamente a diferentes países frente a nuestros ojos, no hizo nada para intentar contener esta peste que se avalancha sobre nuestra incrédula sociedad.
Y poco a poco, tuvimos que madurar, y darnos cuenta de que estaba sucediendo realmente en nuestro mundo, y en tan pocos instantes, la sociedad pasó de la indiferencia al pánico, abalanzándose sobre las provisiones básicas para la supervivencia, como si el mundo se fuese a acabar mañana. Es la hora y aún me siento a intentar entender el porqué de esa paranoia colectiva (en la cual también tengo que incluirme) sucedió de manera tan abrupta, pasamos de seguir burlando la enfermedad en las discotecas de la ciudad, a atrincherarnos en nuestras casi abandonadas casas como si el enemigo siguiese siendo uno de los frentes armados de la guerrilla que tanto azotaron a esta región.
Todos nos encerramos en nuestras estrechas cuatro paredes, y la soledad de la que tan poca gente hablaba, se convirtió en nuestra más grande compañía. Muchos aún soñamos con los recuerdos de asomarse por la ventana a ver las avenidas desiertas, como si toda la población hubiese desaparecido por un acto de magia inexplicable, como si se hubiese vaciado una ciudad entera para el rodaje de una película.
Poco a poco nos fuimos acostumbrando a esa soledad, una soledad a la que (tristemente, a diferencia de lo esperado) le hemos terminado agarrando el gusto en cierto punto, algo que me aterra, no puedo negarlo, es ver como poco a poco le estamos perdiendo el amor a salir y preferimos quedarnos en casa.
Sin embargo, lo que creíamos que nos iba a volver cada vez más solitarios, terminó uniéndonos cada vez más, así sea en la distancia. Las llamadas, los mensajes de textos y los canales de audio de las Play Station se hicieron cada vez más recurrentes, las amistades a distancia se hicieron cada vez más comunes y conocer a personas de otros horizontes se volvió cada vez más fácil.
Pero mientras más nos acercábamos a las personas que estaban lejos de nosotros, más nos alejábamos de las personas que teníamos cerca. De la misma manera que los habitantes de Orán perdían poco a poco los recuerdos de sus vecinos y perdían todo rastro de su existencia, pero a diferencia de ellos, nosotros si teníamos cómo comunicarnos, quizás fue la apatía y la circunstancias que nos terminó alejando de las personas, y que solo ahora, con el regreso de la normalidad, nos hemos vuelto a encontrar,
Pero estos nuevos canales de comunicación no fueron remedio suficiente para aliviar los malestares de los cambios tan bruscos que tuvimos que vivir, poco a poco, el estrés, la ansiedad o la apatía se hicieron cada vez más presente entre nosotros, buscábamos desesperadamente una solución a nuestros problemas emocionales. Sin embargo, no hubo serie de Netflix o videojuego capaz de ayudarnos a sobrellevar nuestros pesares.
Y a veces me pregunto. ¿Por qué en Oran, los habitantes aún tenían una esperanza a diferencia de nosotros, pese a que estaban padeciendo una enfermedad aún peor? Seguramente era por el mundo que los rodeaba, en la historia reciente, se han reportado en múltiples ocasiones brotes de alguna enfermedad en zonas específicas, pero nunca antes, una enfermedad había atacado el mundo entero de manera tan veloz y drástica. Y es esa velocidad a la que se expandió, la que terminó de dar la estocada final a nuestra moral. Los habitantes de Orán al menos podían mirar hacia más allá de las grandes murallas de su ciudad y ver un destino prometedor, sano y seguro, mientras que nosotros, no importa que tan lejos miramos, incluso más allá de nuestro horizonte, nos topábamos con el mismo escabroso destino, uno plagado de enfermedad, crisis, hambre y desespero.
Pero dentro de todo este panorama de muerte y desolación algunos no perdieron la esperanza, y se entregaron a lo que para otros era una guerra perdida, como lo hizo el doctor Rieux y su amigo el periodista Rambert (personajes principales de la novela) y es gracias a ese sacrificio, que hoy podemos volver a ver la luz de un horizonte prometedor sin importar que tan lejano esté, ya nos podemos asomar sobre nuestras propias murallas, como lo hacían los habitantes de Oran y observar un mejor futuro.
Y es con esa esperanza de un mejor destino que el de terminar mi vida en estas mismas cuatro paredes donde termino de escribir esta crónica, una crónica que mezcla la experiencia de la soledad y tristeza con un toque de fe, de consuelo y con un destello de esperanza.