La Firma
Magdalenidad
Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez
La magdalenidad es un todo que debemos hacer nuestro, reflexionar sobre ella y acerca de lo que es, significa, traduce, entraña, importa y comporta; dignificarla, mostrarla enhiesta como ejemplo de trabajo, enjundia, pujanza, identidad, carácter y criterio, pero sin estereotipo alguno. Entenderla como un acto de fe y mostrarla igualmente como la simbiosis étnica que somos. Apartarla de esnobismos, así como del fomento de segregacionismos y discriminaciones frente a los menos favorecidos por la fortuna, como estúpidamente -no cabría otro vocablo- hacen muchos de los nuestros prevalidos de su condición socioeconómica y muchas veces dominante posición.
De ello no se trata, sino de proyectarnos desde el aporte de todos a través de los tiempos, en el entendido cierto e irrefutable que la cultura es complejidad, diversidad, fuente, origen y principio de interpretaciones y búsquedas. Es vernos articulados con nuestra impronta sociológica, económica, lingüística y demás combinaciones y convergencias que han producido modos de ser y tener. Ser conscientes de lo cual nos alejará de banalidades y necedades.
Tenemos que querernos y querer más al Magdalena, integrarnos, cohesionarnos, hacer méritos para que no se nos siga viendo ni señalando en distintos contextos y latitudes como un departamento de los menos del país, y una ciudad capital sin vínculo real, sino apenas formal y legal con sus municipios; cuando lo exacto, aconsejable y conveniente es atemperarnos en todo con nuestros usos, costumbres y carácter, entre otros particulares y generales aspectos, para sin más pérdida de tiempo ni momentos, caminar sin prisa y sin pausa hacia las metas, realizaciones, seguridades, progresos, desarrollos, crecimiento, bienestar, prosperidad, consolidaciones, proyecciones, integralidades y destinos mejores a los que debemos hacernos acreedores.
La Magdalenidad deberá ser siempre en contexto histórico, cohesión, integración, solidaridad, amén de lo que seamos, hagamos y representemos ante propios y extraños, entre nosotros y frente a la región, el país y el mundo. Nuestro quehacer cultural y las posibilidades que como colectividad elijamos y las que tengamos legadas y heredadas por la tradición, conservadas y las que cada conjunto generacional decida repetir en la perspectiva de un superior y edificante constructo de destino colectivo.
La identificación de los atributos culturales y legados que nos conforman deben partir de nuestros propios orígenes, de lo que está propuesto y lo que debe ser para las presentes y nuevas generaciones. Es hacernos cargo de nuestro(s) legado(s) y decidirnos todos a proyectarlo ante el mundo como la forma de ser que somos, de las acciones que realizamos y transmitimos referidas a la manera de decir y modos de hacer las cosas, así como de las formas de representarlas ante los demás, acumulaciones que deben ser desarrolladas como inspiración y potenciadas por las actuales y demás generaciones por venir, para que sea la magdalenidad ese grande acto de fe que nos permita robustecernos, al tiempo que busqué y procure fortalecer el sentido o sentimiento de pertenencia y el orgullo de región a través de la realización de acciones y reflexiones para lograrlo más antes que después y más temprano que tarde.
