La Firma
La vida es una canción
Tras la buena acogida de mi anterior columna: “Música sin prejuicio”, esta segunda se adentra en el territorio íntimo de la escucha. Aquí, la música ya no es objeto de análisis, sino brújula ética, memoria viva y forma de resistencia sensible. Porque hay canciones que no solo acompañan: también nos interrogan.
Por: José D. Pacheco Martínez
No fue la cifra de lecturas lo que me impulsó a volver sobre este tema, sino los mensajes que llegaron después. Tras publicar la columna “Música sin prejuicio: más allá del sonido que gusta”, que se mantuvo entre las más leídas de Opinión Caribe durante toda la semana, recibí comentarios privados de lectores que compartían recuerdos, hallazgos y preguntas. Algunos defendían géneros que suelen ser despreciados. Otros contaban cómo una canción les había cambiado el día, o la vida. La mayoría coincidía en algo: escuchamos más de lo que nos atrevemos a decir.
Esa recepción me confirmó que hablar de música es también hablar de identidad, de memoria y de sensibilidad social. Por eso decidí continuar la reflexión, pero desde otra orilla. Ya no desde el análisis cultural o el desmontaje del prejuicio, sino desde el silencio íntimo de quien escucha con los ojos cerrados y se deja habitar por una canción. Porque hay músicas que no solo se oyen: nos piensan. Nos desnudan, nos preguntan, nos reconstruyen.
No sé exactamente cuándo ocurrió. Pero en algún momento de mi vida dejé de escuchar música solo con los oídos y comencé a sentir que era la música la que me escuchaba a mí. Fue en ese instante —difícil de precisar— en que entendí que algunas canciones no se parecen tanto a lo que uno vive, sino a lo que uno evita nombrar. Y que no todas las melodías se prestan para bailar: algunas se arriman como si vinieran a preguntar en qué andamos heridos. Desde entonces, la música dejó de ser una excusa para el ruido, y empezó a parecerse a un lenguaje que me conoce más de lo que yo quisiera admitir.
He oído decir que la música es una forma de arte, una expresión cultural, un sistema de signos. Pero yo prefiero pensarla como una forma de humanidad. Es lo que queda cuando las palabras se agotan, lo que persiste cuando no sabemos cómo seguir, lo que se filtra cuando uno no quiere llorar y sin embargo llora.
Por eso mismo me incomoda reducirla a etiquetas: comercial, académica, tradicional, urbana. Me inquieta la forma en que el mercado la disecciona, la plastifica, la convierte en un producto que se consume y se olvida. ¿En qué momento nos convencieron de que la música debía ser siempre alegre, rápida, bailable, repetitiva? ¿En qué esquina de la industria perdimos el silencio necesario para que una voz temblorosa nos diga algo verdadero?
A veces pienso que vivimos rodeados de canciones que suenan, pero no dicen. De acordes que repiten una estética vacía y complaciente, incapaz de incomodar o interpelar. Y coincido con Gerardo Angulo cuando afirma que no todo el que suena es artista, ni toda producción sonora merece ser llamada canción. Hay formas de lo sonoro que se vacían de sentido, piezas desechables que confunden volumen con emoción. Por eso celebro cada vez que una canción interrumpe el flujo automático de lo cotidiano y me obliga a detenerme. Porque allí donde alguien canta lo que duele o lo que sueña, allí hay resistencia. Allí hay política.
Y no me refiero a la política como consigna panfletaria o alineación ideológica. Me refiero a la política como ese acto íntimo de decidir qué merece ser dicho y con qué intensidad. Escoger una canción —y más aún, compartirla— puede ser un gesto de solidaridad estética. Puede ser una forma de decir: “esto que escucho también soy yo; esto que te muestro también te piensa a ti”.
Recuerdo que muchas veces en la sala de sistemas de la Universidad Sergio Arboleda, en medio de una conversación trivial, más de uno me dijo: “usted escucha música rara”. No supe nunca qué responder. Quizás tenían razón. O quizás he aprendido a desconfiar de lo que suena igual en todas partes. O porque he encontrado en ciertos silencios armónicos una verdad que no cabe en la radio.
Escuchar —de verdad— requiere tiempo, disponibilidad, pausa. Requiere no solo oídos, sino alma. Y eso, en un mundo urgido de velocidad, es casi un acto de insumisión. No se trata de elitismo ni de erudición. Se trata de permitirle al arte recuperar su función: conmover, incomodar, elevar, transformar.
Por eso, cuando comparto una canción, no lo hago como quien ofrece una distracción. Lo hago como quien entrega una clave. Como quien deja, en la palma abierta, una pequeña herida con nombre propio. A veces, en una letra mínima, en un compás sobrio, se esconde una pedagogía de lo sensible. Otras veces, una verdad que no supimos nombrar con nuestras propias palabras.
Hoy, más que hablar de la música que me gusta, prefiero hablar de la música que me acompaña. Esa que ha estado allí cuando he tenido que tomar decisiones difíciles. Esa que ha amortiguado los días secos, las noticias duras, las esperas sin respuesta. La que ha estado cuando nadie más estuvo. La que se parece a lo que aún no he escrito.
Quizás escribir —como escuchar música— sea, en el fondo, un modo de resistencia frente al olvido. Una forma de preservar lo que nos ha sostenido. Un acto de memoria sensible. Por eso este texto no busca convencer a nadie de qué canciones debe amar. Solo quiere testimoniar que la música, cuando no se usa, sino que se vive, puede ser una brújula. Una forma de orientación ética en un mundo que a menudo nos desorienta.
