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Nación

La niñez cercada por la violencia: siendo víctimas o instrumento de ella

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Milagros, Valeria, Wendy y Nataly son nombres que encarnan una misma tragedia: la niñez pagando el precio de la criminalidad en Colombia. No solo son asesinados; también son reclutados, usados como escudos humanos o arrastrados a dinámicas de violencia. Cada historia es distinta, pero todas revelan un mismo problema social que se ha vuelto estructural.

 

Por: Arnol Sarmiento

El asesinato de niños en Colombia no es un hecho aislado. Es una herida abierta que atraviesa generaciones y que, lejos de cerrarse, se ha expandido como un eco persistente de las guerras internas y el sicariato. La violencia contra los menores, que décadas atrás quedó retratada en películas como Rodrigo D. No futuro, sigue siendo una realidad dolorosa en municipios del Magdalena y en el país entero. Treinta años después, los hechos guardan la misma crudeza: niños asesinados, instrumentalizados por grupos armados o convertidos en víctimas de depredadores.

En OPINIÓN CARIBE se han recopilado algunos acontecimientos que han marcado no solo la historia trágica del país, sino también la del departamento del Magdalena, como ocurrió recientemente en el municipio de Fundación, donde la tragedia tiene nombre y rostro: Milagros González, de apenas 4 años. En medio de un ataque sicarial entre bandas que se disputan el control del municipio, la niña cayó abatida por una bala que nunca debió existir. Su historia no es un hecho aislado. Es parte de un patrón que muestra cómo los más pequeños siguen siendo carne de cañón en disputas de adultos que no dudan en arrebatar futuros enteros.

Fundación, Magdalena: entre la barbarie criminal y el silencio

La barbarie no distingue lugar. A cientos de kilómetros, en Cajicá, Cundinamarca, el país llora la muerte de Valeria Afanador, de 10 años, hallada sin vida tras 18 días de desaparición. El hallazgo, rodeado de dudas y contradicciones en la investigación, dejó a Colombia con las mismas preguntas de siempre: ¿qué pasa por la mente de alguien capaz de asesinar a una menor indefensa? Preguntas que remiten a cicatrices aún frescas, como el caso de Yuliana Samboní, la niña de 7 años violada y asesinada en 2016 en Bogotá por Rafael Uribe Noguera, un hecho que provocó indignación nacional pero que, pese a la condena de 58 años al victimario, no detuvo la repetición de tragedias.

51 años y 8 meses de prisión para Rafael Uribe por crimen de Yuliana Samboní

Santa Marta también carga con historias de dolor. En 2013, Wendy Carolina Pérez Meléndez, de 12 años, fue asesinada en un ataque sicarial en el barrio Manzanares. Once años después, en marzo de 2024, su hermana Taliana Vanessa Meléndez, de 16, murió alcanzada por una bala perdida en medio de disturbios. Una familia golpeada dos veces por la misma violencia, un retrato cruel de la revictimización. En otros rincones de la ciudad, menores han quedado en la línea de fuego: desde el baleado en el barrio Pescaito el 29 de agosto de este año, hasta el caso de Jhoiyser Escorcia, un adolescente impactado en la cabeza durante un operativo policial en 2019 en el barrio San Jorge.

La lista sigue y duele. El Retén, otro municipio del Magdalena, quedó marcado el 10 de noviembre de 2024, cuando Nataly Pacheco Africano, de 11 años, murió junto a su madre en un ataque sicarial. Pero la historia de Nataly es más dolorosa: esperaba con ilusión su grado de quinto de primaria, previsto para el 4 de diciembre. Grado que nunca llegó y que la violencia se encargó de arrebatarle, junto al derecho a soñar.

Atentado a bala en El Retén deja a dos personas fallecidas, entre ellas una mujer y una menor de edad

Cada caso tiene un nombre, una fecha, un contexto distinto, pero todos responden a una misma dinámica: los menores de edad son víctimas recurrentes de una violencia estructural que los convierte en objetivos o los usa como instrumentos. Como ocurrió en el asesinato del dirigente político Miguel Uribe, en donde el sicario era un menor de 15 años. Esto refleja que en Colombia los niños no solo son asesinados; también son absorbidos por la maquinaria criminal que los recluta para matar.

La infancia en el Magdalena y en el país entero sigue sitiada. Entre ataques sicariales, desapariciones, abusos y balas perdidas, los más pequeños pagan el precio de un Estado incapaz de frenar la barbarie. Cada cifra esconde un rostro, cada nombre arrastra una historia que nunca debió terminar.

Treinta años después de aquellas películas que advertían sobre un futuro sin salida para los jóvenes, la realidad no cambió: Colombia sigue siendo un país donde crecer es, muchas veces, un acto de resistencia.