La Firma
Marcos Rosado y la rebelión del pensamiento
Su legado interpela a dos oficios hermanos —el periodismo y el Derecho— que hoy parecen olvidar que la cultura no es ornamento, sino sustancia moral. Sin humanismo, ninguna profesión puede comprender ni servir verdaderamente al ser humano.
Por: José D. Pacheco Martínez
Hay maestros que no solo enseñan, sino que dejan una forma de mirar el mundo. Marcos Rosado fue uno de ellos. Lo conocí primero en las aulas de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Sergio Arboleda, en aquellas clases de Historia de las Civilizaciones (I y II) donde el conocimiento se desplegaba como una conversación con los siglos. Luego, en Historia de las Ideas Políticas (I y II), durante mis estudios de Derecho, su voz seguía siendo la misma: serena, rigurosa, profundamente humana. En él coincidían la lucidez del académico y la delicadeza del artista.
Era un hombre que inspiraba respeto no por la distancia, sino por la coherencia. Había leído tanto y escuchado tanta música, que su cultura parecía una extensión natural de su vida. Hablaba con la misma soltura de Aristóteles que de Richard Wagner, de los presocráticos y de Borges, de la caída de Constantinopla y del fuego interior de Caravaggio. En sus clases, el tiempo se detenía; cada concepto tenía un eco moral. Aprendíamos historia, sí, pero sobre todo aprendíamos a pensar, a reconocer en la cultura una forma de resistencia frente a la ignorancia y la mediocridad.
Su amor por la belleza era inseparable de su rigor intelectual. Citaba un verso o una sinfonía como quien abre una ventana para oxigenar el pensamiento. De su cátedra uno salía distinto: más consciente de la responsabilidad que implica tener criterio propio. Tal vez por eso su enseñanza sobrevivió al calendario académico y permanece en la memoria de quienes lo escuchamos con atención.
Cuando volví a encontrarlo, ya pasado los treinta, la relación se volvió más cercana. Hablábamos casi a diario sobre el rumbo del periodismo y la desfiguración del pensamiento humanista en la educación. Le inquietaba —como a todo hombre que ama el saber— la tendencia de las universidades a sustituir la cultura por la técnica, la reflexión por el rendimiento, el pensamiento crítico por la destreza operativa. “Estamos olvidando que el periodismo sin cultura se convierte en eco”, solía decirme con tristeza, mientras el ruido del mundo digital crecía en los pasillos.
Tenía razón. La academia, en su intento por ser moderna, ha comenzado a despojarse de su espíritu. Las ciencias humanas, que fueron el corazón del pensamiento occidental, son tratadas hoy como adornos prescindibles en nombre de la “competitividad”. En los salones de clase, la historia, la literatura o la filosofía se diluyen entre plataformas, métricas y resultados medibles. La cultura ha sido reemplazada por la funcionalidad, y el conocimiento, por la información. Esa mutación silenciosa no solo empobrece la educación: empobrece al ciudadano.
En el periodismo, el efecto es devastador. Un comunicador que no ha leído historia, que desconoce la pintura, la música o el pensamiento político, termina hablando del mundo sin comprenderlo. La inmediatez reemplaza a la investigación, la emoción sustituye a la reflexión y el clic se impone sobre la verdad. La cultura general, aquella que Rosado defendía con fervor, era —y sigue siendo— el alma del oficio. Porque solo quien conoce los matices del ser humano puede narrarlo con justicia.
Y en el Derecho ocurre algo semejante. Se multiplican los manuales, las guías de procedimiento y las simulaciones procesales, pero se desvanece el debate filosófico que da sentido a la justicia. Sin una formación humanista, el jurista corre el riesgo de convertirse en un operador normativo sin conciencia moral, en un técnico de la ley más que en un intérprete del derecho. Rosado lo sabía: la cultura es lo que separa la norma del dogma, el expediente del criterio, la sentencia del juicio ético.
Han pasado algunos años desde su partida, pero su figura me vuelve a la mente cada vez que oigo que la academia se rinde ante la velocidad de los algoritmos y relega las humanidades al margen. Su ausencia me recuerda que el pensamiento no se mide en competencias ni en créditos, sino en la profundidad con que uno habita las ideas.
Marcos Rosado encarnaba precisamente eso: la unidad entre el conocimiento y la vida, entre la inteligencia y la sensibilidad, entre el deber de enseñar y el derecho de dudar. Hoy, cuando las universidades reforman sus planes de estudio para adaptarse al vértigo tecnológico, pienso en lo que él habría dicho: que la cultura no es un lujo, sino la raíz de toda libertad. Y que, sin ella, ni el periodismo ni el Derecho podrían cumplir su tarea más alta: comprender al ser humano.
Quizá su mayor enseñanza fue esa: recordarnos que el pensamiento es, ante todo, un acto moral. Por eso su nombre permanece más allá de la academia; porque en un tiempo donde se confunde progreso con prisa, él eligió la lentitud lúcida de quien sabe que la cultura —como la justicia y la verdad— solo florece cuando se la cuida con paciencia.
Descansa en paz, querido maestro. La historia que contabas sigue enseñándonos a pensar.
