Editorial & Columnas
Olvido, memoria, política
Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez
Han manifestado siempre los conocedores, que el olvido es un ejercicio consciente de la voluntad, que irrumpe, semejante a un reflejo, con tantos perfiles y rostros como le resulten indispensables para cumplir su intención. Sacudir los archivos de la memoria beneficia y propicia la serenidad del sujeto, evitando sucumbir al torrente de información, en cierta medida nimia, pueril, insignificante, que tiende a angustiar a su coleccionista. Atesorar datos de la experiencia trasciende la pretensión de objetividad, puede modificarlos su poseedor o restaurarlos, de conformidad con el interés que lo guíe su necesidad o su ambición.
En la política, memoria y olvido siempre comparecerán instrumentales, persiguiendo fines concretos. Son estrategias aplicadas para la consecución de objetivos, autorreferenciales en realidad, pero que se postulan en calidad de representantes de las mayorías, eso que suele denominarse el interés general. Es allí donde surge su utilidad en los procesos de conquista y conservación del poder, o lo que es lo mismo, confundir primero e identificar después, la dimensión individual del guía con la dimensión colectiva de los guiados.
Hoy, coinciden expertos en la asignatura, la historia se escribe bajo la presión de las memorias colectivas, que buscan compensar entre otros referentes la angustia del porvenir mediante la valorización de un pasado hasta ahora no vivido como tal. La historia es la reconstrucción, siempre problemática e inconclusa, de lo que ya no es. Se vincula sólo a las continuidades temporales, a las evoluciones y a las relaciones entre las cosas. La memoria enraíza en lo concreto, en el espacio, el gesto, la imagen y el objeto. Es una pretensión de absoluto mientras la historia se limita al conocimiento de lo relativo.
Igualmente, distinguen académicos de reconocido cuño y connotación, distintos niveles de la memoria y su convivencia con dosis de olvido, como el denominado patológico-terapéutico, vale decir, la memoria impedida, según el psicoanálisis; el práctico, esto es la memoria manipulada, desde la crítica de las ideologías; y, el ético-político, o la memoria obligada, a partir del deber.
Recurridos en Inmanuel Kant, tenemos que decir que la historia carente de memoria comparece vacía, y la memoria que prescinde de la historia, elige la ceguera. La memoria es guardiana del pasado y por lo tanto matriz generadora de la historia, es testimonial y sin remedio subjetiva; en tanto la historia que se erige en perspectiva crítica y responsable para la memoria, es documental y se presupone objetiva.
El relato de la vida obliga a su reescritura permanente y variará de conformidad con las miradas y las lecturas de sus testigos y protagonistas. Otros autores distinguen y señalan tres componentes de la memoria: la engrafía o codificación de la información; el engrama o los cambios en el sistema nervioso que salvaguardan las manifestaciones de la experiencia; y, la recuperación de información.
Desde un otero fenomenológico, consistente en detenerse en la experiencia vivida para descubrir significados compartidos y evidenciar la estructura de la realidad tal como se manifiesta subjetivamente, otros estudiosos sostienen que el recuerdo es una imagen. Recordar y evocar, literalmente son representaciones de acontecimientos pretéritos, formando una estructura común entre memoria e imaginación, justo en el instante o la circunstancia en que se detona en nuestra mente la idea-imagen de un episodio o algo ausente. Mecanismo que suele congeniar la sugestionabilidad y el sesgo.
De ahí que la política recurra en ocasiones, cada vez más frecuente, a la distorsión consciente de la experiencia-representación del pasado en aras de magnificar los logros o de disminuir los fracasos, y vaciar de responsabilidad la postulación del futuro.
