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Editorial & Columnas

Política, pobreza, riqueza

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Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez

Las personas en su gran mayoría traducen arbitrios falsos en sus apreciaciones al anhelar para sí misma y admirar en los otros poder, éxito y riqueza, al tiempo de no apreciar los valores genuinos que la vida ofrece, craso error que determina una envidia galopante e insustancial, toda vez que ello nada aporta al crecimiento personal ni social. Igual pasa cuando nada vemos que representa para todos la política, misma que se muestra pobre, y demuestra un escenario desbocado, creador de inequidades y desigualdades, donde es clara la lucha descarnada por la búsqueda y procura del poder desmedido, el fomento del individualismo, el egoísmo social, el consumismo discriminatorio, el surgir y la consolidación de los privilegiados, los acomodos y reacomodos políticos por favoritismos, mantener a la gente en ignorancia, evitar la emancipación de las personas, crear políticas electoreras, sumergir cargas de enfermedad en la comunidad, pero sobre todo, robustecer la monarquía de las indiferencias sociales.

Si a todo lo cual adicionamos el orden de la denominada economía digital, donde las interacciones no siempre son veraces dada la cantidad de fake news que pululan, a veces el efecto, por no decir que la mayoría de las veces, desestabiliza los resultados de los que pueden ser los avances gubernamentales; de ahí la importancia de tener siempre en cuenta que la comunicación política implica intencionalidad, lo que hace a todas luces  fundamental cuestionar quién gana y quién pierde con la acción política, pero sobre todo, si ello empobrece o no a la sociedad a la que pertenecemos.

De otra parte, cabe preguntarse igualmente que representa la riqueza de la Política, lo que debe hacernos osados, entender lo cual, observar día tras día sus efectos, ya que no son solamente son las acciones especiales, sino la valentía de garantizar nuestros valores enmarcado en honestidad, lealtad, amor a la patria, al prójimo, sentido de pertenencia, lo que ver tiene con la afirmación permanente de servir a los otros, como un hilo conductor respecto que el ejercicio de gobernar adquiere sentido cuando en cada acción se genera valor público, y cuando se gobierna para la atención y protección de los demás sin egoísmo ni soberbia de poder.

Importa en esto de la buena política y del buen gobierno, la razón de ser de lo equitativo, del servicio y protección a la gente, fomentar el bien común e interés colectivo. Entender que Los bienes, productos y/o servicios son para el bienestar social; y, que más que la meritocracia propiamente dicha, importa sobremanera forjar la vocación de servicio, comprender que la virtud social se caracteriza por la justicia social, que el desarrollo de las personas es una posibilidad y que las políticas públicas no son para unos cuantos, sino para reducir vulnerabilidades y alcanzar probabilidades.

Los servicios públicos deben ser un todo trazable y accesible, nunca privilegios, puesto que la primera virtud del sano y sabio ejercicio del poder tiene que ser la cercanía con la gente, con el pueblo y no con los cargos públicos, y si a ello adicionamos el orden de la prosperidad compartida, que combina el crecimiento económico con la equidad buscando que la riqueza generada beneficie a todos los miembros de una sociedad, siendo su objetivo asegurar que el crecimiento económico sea inclusivo y sostenible, beneficiando a las personas menos favorecidas y mejorando sus ingresos de forma continua, se promoverá así la distribución de la riqueza a través de inversiones en servicios públicos universales y la búsqueda y procura de un contrato social que amplifique las voces de todos los ciudadanos y donde las interacciones sociales se soporten en trabajo, legalidad, honradez, lealtad, imparcialidad y eficiencia; lo que seguro determinará congruencia cierta entre lo que se dice políticamente en favor de la ciudadanía, y los positivos resultados a obtenerse en beneficio colectivo, que es lo que real y verdaderamente se quiere.

Vale en esto y en beneficio de la gente, renunciar a mezquinos privilegios en favor de todos, por lo que los gobiernos deben trabajar no por el interés propio y privado, sino por el interés colectivo, el bienestar social y la dignidad humana. No podemos permitirnos más una política que solo piense en ganar para algunos sin importar que los otros pierdan. La política hay que enriquecerla con bondad, con nobleza, con gestión, con valentía y amorosamente respecto de la defensa de los intereses superiores de la comunidad y con la férrea voluntad de reconocer que se puede mejorar cada día, en la afirmación, entendido y comprensión que cuando se trabaja pensando en que la prosperidad hay que compartirla, alcanzaremos un gobierno de todos y para todos.