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Editorial & Columnas

El triunfo que cambió de dueño: así nació el caicedismo versión 2.0

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La jornada dejó claro que el poder en el Magdalena sigue pasando por quienes administran el territorio rural. El caicedismo entendió la ecuación y tejió alianzas con figuras cuestionadas, alcaldías tradicionales, operadores de derecha y herencias políticas intactas. Ese respaldo garantizó resultados contundentes, pero también transformó el movimiento, porque la victoria obliga a gobernar con quienes antes eran adversarios públicos.

EDITORIAL

Las elecciones atípicas del Magdalena dejaron una paradoja difícil de ignorar: el caicedismo volvió a ganar, pero no lo hizo desde el terreno en el que construyó su identidad política. Su retorno a la Gobernación no nació de Santa Marta —la capital que impulsó su ascenso— sino de los municipios que durante años señaló como símbolo del atraso institucional, la corrupción y la captura territorial. La victoria no llegó por opinión pública, sino por acuerdo territorial.

Los datos lo exponen sin maquillaje. En Santa Marta ganó Rafael Noya. Pero Margarita Guerra obtuvo en Plato, El Banco, Tenerife, Chivolo, Pivijay y Zona Bananera una ventaja tan amplia que cualquier aspiración urbana quedó reducida a nota al pie. Y esos municipios no son fruto del azar electoral. Allí operan, con nombre propio, quienes administran la política local, en Plato: Linda Cabarcas y Ricardo Diazgranados a nombre del Nuevo Liberalismo y, Kellyn González representante a la Cámara por el Partido Liberal, organización política que jugó a todas las bandas, pues, la diputada Mrtha García enfilo su votos a favor de Noya y el concejal Iván Sarabia, liberó a sus electores. También se movilizó el alcalde del Partido de la U en Chivolo; en Tenerife, apoyó Rodrigo Roncallo, condenado por parapolítica ; y Holmes Echeverría, con credencial del Centro Democrático dispuso todo su capital electoral en Zona Bananera. Son ellos quienes garantizaron los votos que definieron la elección.

Ese patrón no solo explica el resultado. Redefine al proyecto ganador. Durante más de una década, el caicedismo se presentó como alternativa a esos liderazgos, como el movimiento capaz de disputar el control rural del Magdalena a los clanes históricos, a los condenados por parapolítica, a las maquinarias que transforman la pobreza en obediencia electoral. Su poder simbólico nació de la confrontación con ellos. Su narrativa progresista era su carta de presentación.

Hasta hoy.

El mapa del domingo confirma que la épica insurgente ya no alcanza. El Magdalena es un departamento profundamente rural, con 28 municipios donde la opinión no es la variable determinante. Allí pesan el presupuesto municipal, la contratación, el transporte electoral, las asociaciones comunitarias, los favores heredados, las alianzas familiares, los miedos enquistados y, en algunos casos, la fuerza silenciosa de estructuras armadas. Ganar sin ellos es estadísticamente imposible. El caicedismo lo entendió. Y pactó.

Ese giro no debe leerse como traición ideológica —la política rara vez opera sobre absolutos— sino como señal inequívoca de que el movimiento llegó a su madurez: dejó de ser oposición y asumió que gobernar implica negociar con quienes tienen las llaves del territorio. Lo que antes fue línea roja hoy es punto de encuentro. La moral del outsider cedió ante la lógica del poder.

Pero la victoria no está libre de costos. El movimiento ya no podrá reclamar superioridad ética ni presentarse como víctima del establecimiento. Al haber ganado con la estructura que cuestionaba, pierde la distancia que lo distinguía. Cuando la izquierda depende de maquinarias conservadoras para sostenerse, deja de ser ruptura y empieza a ser continuidad. Esa es la factura simbólica que le espera.

Sin embargo, sería ingenuo asumir que esto debilita al caicedismo. Lo que ocurrió abre un ciclo nuevo. Margarita Guerra llega al poder respaldada por sectores que antes no tenían asiento en esa mesa. Eso obliga a recomponer cuotas, narrativas, prioridades, presupuestos y silencios. Y, sobre todo, obliga a administrar expectativas contradictorias: la del votante urbano que creyó en la renovación y la del operador territorial que espera retribución.

Ese es el verdadero desafío del próximo gobierno. No será técnico—será político. ¿Cómo gobernar sin romper el pacto que permitió ganar? ¿Cómo sostener alianzas tejidas con quienes hace cinco años eran objetivo del discurso? ¿Cómo explicar que la victoria del progresismo fue posible gracias a estructuras conservadoras? ¿Cómo evitar que el movimiento pierda su identidad en la transacción?

El Magdalena conoce la respuesta histórica: los gobiernos que nacen hipotecados rara vez transforman. Pero este caso tiene una novedad. El caicedismo dejó de depender exclusivamente de su base santandereana y samaria. Amarró su permanencia territorial a actores que antes le eran hostiles. Si logra convertir esa red en coalición y no en chantaje, podría construir gobernabilidad real por primera vez.

Por eso, más que amarga, la victoria es reveladora. Marca el final de la primera etapa del caicedismo: la de la denuncia. Y abre la segunda: la del pacto. No será juzgado por lo que prometió, sino por lo que sostenga. Ya no podrá convocar desde la indignación, sino desde la responsabilidad de administrar el poder que antes criticó.

El domingo no ganó un movimiento. Ganó una versión distinta del mismo. Una que ya no apunta hacia afuera, sino hacia adentro. El nuevo comienzo no está en el discurso de campaña, sino en la foto de quiénes celebraron juntos. Y, al final, esa imagen dice más sobre el futuro del Magdalena que cualquier boletín electoral.