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Editorial & Columnas

Por los aprendices que no conoceré

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Por: Gerardo Angulo Cuentas

Uno no se da cuenta de cuántas personas enseña hasta que acepta que la mayoría nunca sabrá quién fue su profesor.

Cada semestre entran al aula decenas de rostros nuevos. Algunos se quedan grabados para siempre: por una pregunta incómoda, por una risa inoportuna, por una terquedad luminosa o por una intuición precoz. Pero la inmensa mayoría pasa como pasa la vida: sin estridencias, sin discursos finales, sin despedidas memorables. Y aun así, algo ocurre.

Como profesor, uno vive con la falsa ilusión de que enseña para quienes tiene enfrente. La verdad es más inquietante: enseñamos para aprendices que no conoceremos.

Enseñamos para el estudiante que hoy bosteza en la última fila y dentro de quince años tomará una decisión ética sin saber por qué la tomó así. Para la ingeniera que descartará una solución brillante pero injusta. Para el funcionario que dudará antes de firmar un proyecto mal formulado. Para la persona que, frente a un problema complejo, recordará vagamente que alguien alguna vez le dijo que desconfiara de las respuestas demasiado fáciles.

No sabremos sus nombres. No veremos sus rostros. No nos escribirán correos de agradecimiento. Y está bien así.

Vivimos tiempos obsesionados con el impacto inmediato, con la métrica, con el reconocimiento visible. Se nos pide demostrar resultados, mostrar evidencias, cuantificar aprendizajes. Pero la educación real es profundamente asimétrica: da mucho y recibe poco, al menos en apariencia. Su efecto es lento, silencioso y, casi siempre, anónimo.

Un buen maestro no fabrica discípulos; siembra criterios. No entrega respuestas definitivas; deja preguntas mal resueltas. No moldea personas; introduce pequeñas grietas en certezas demasiado rígidas. Y esas grietas viajan lejos, mucho más lejos de lo que alcanzan las listas de asistencia o las actas de evaluación.

Pienso a menudo en los aprendices que no conoceré:

los que no llegarán a mi clase porque desertaron antes,

los que aprendieron más de una conversación casual que de una cátedra completa,

los que nunca sabrán que una idea que hoy consideran propia nació, en parte, de una frase escuchada al pasar.

A ellos también les enseñamos.

Porque enseñar no es transferir contenidos, sino afinar la manera de mirar el mundo. Y una vez que esa mirada cambia, ya no necesita al maestro presente. De hecho, lo supera.

Tal vez por eso la docencia auténtica es un acto profundamente humilde. Uno acepta que su mejor trabajo no tendrá firma. Que su mayor logro será invisible. Que su influencia será real precisamente porque no podrá reclamarla.

Por eso escribo esta columna:

por los aprendices que no conoceré,

por los que nunca sabrán mi nombre,

por los que pensarán mejor, dudarán más y decidirán con mayor cuidado sin saber exactamente por qué.

Si alguno de ellos, algún día, frente a una decisión difícil, elige la pregunta correcta en lugar de la respuesta cómoda, entonces —aunque no esté allí para verlo— habrá valido la pena.

¿Tú qué crees?