Connect with us

Editorial & Columnas

No dejemos morir la política

Published

on

Por: Saúl Alfonso Herrera Henríquez

La política no debe ser ni servir como un medio para lucrarse, hecho que la afecta en materia y de manera grave. No se debe estar en política bajo criterios individualistas, utilitarios, materialistas, ni con pensamientos semejantes a aquello que reza… lo utilizo mientras me sea útil y luego lo desecho…; lo que es, además de vulgar, ignominioso e infame, de un cinismo subido, puesto que lo cual refleja conocer el precio de todo y el valor de nada. No podemos perder de vista, ni siquiera por un instante, qué si bien en política debe haber o de hecho hay cabida para todos, debe darse siempre y cuando la máxima sea por el bien de todos, especialmente los más vulnerables, ya que debe entrañar una revolución consciente para un mejor estar, una purga para las malas prácticas y un escenario en el que se construya una ciudadanía con cultura e innovaciones democráticas.

Servir debe igualmente la política para leernos, acercarnos escucharnos, comprendernos, conducirnos por las mejores rutas del bien común. No podemos permitir que tan noble en su esencia, la política muera; y muere, cuando la gente se cansa de los abusos, a lo que se suman proyectos políticos-económicos para ganar privilegios, adquirir libertades y derechos en detrimento de los más vulnerables. Bien se ha dicho que la política que emana sólo de escritorios no alcanza a sentir el latido de los vulnerables o del sufrimiento de los que se quedaron sin oportunidades; o, que el desencanto en la política existe por los gobiernos que son para unos cuantos, más no para el pueblo”.

La política, la buena política, debe ser un gobernar para todos, ser cierta, poner el ella voluntad, gestión, ejecutoria, conocimiento, fuerza, experiencia, vitalidad, historia y la vida misma al servicio de los intereses superiores de la gente y del territorio, toda vez que quien aspire a estar en la política, a gobernar, debe leerse a sí mismo y a la humanidad en su conjunto. Debe ejercer en consecuencia su hacer y quehacer político como una vivencia para la gente, sin lucro personal, sin descontento por no hacer las cosas bien y sin olvidar el valor público de servir al pueblo.

Tampoco podemos dejar que se secuestre la política, algo similar o peor que su muerte misma. La política debe y tiene que servir siempre, volver a ser útil, regresar a sus bondadosos orígenes, servir, escuchar, construir, rendir cuentas, ser transparente. No se puede tener y mucho menos confiar en políticos que la quieren destruida, que no han entendido que ella, la política, debe significar diálogo, proyecto, destino común, y nunca estar sola, abandonada, señalada como corruptora y cómplice de la escoria que la ha tiznado y de paso manchado su noble historia.

Servirnos debe la política para erradicar la corrupción de arriba hacia abajo, para rescatar los dineros que se van por sus meandros, en corruptelas, contratos irregulares múltiples, desfalcos, sobornos multimillonarios, sobrecostos en obras emblemáticas, y muchos otros oscuros pero rentables asuntos, lo que ha generado que cada vez más gente crea menos en la política y menos, mucho menos, cuando pretende legitimarse con partidos políticos agotados, erosionados por sus propios escándalos y por el actuar denigrante, parasitario y delincuente de los más de sus integrantes, a los que cada día y cada vez más les crece la cola y a la vista les queda para que se las pisen.

Pero peor que todo es que los partidos ya no representan ideas sino intereses oscuros y además de todo, viven de los impuestos, hablan de pulcritud y se revuelcan en lodo de corrupción. Vivimos en una época de ineficiencia e ignorancia institucionalizada, de pactos con el crimen organizado y la impunidad bajo la mirada cómplice y a veces indiferente de quienes juraron combatirlo.