Editorial & Columnas
De corroncho a costeño premium
Por Jhan Carlos Stand Flórez
Nací en Santa Marta y como lo he mencionado antes en el antiguo Hospital San Juan de Dios, crecí entre el calor propio del caribe que no pide permiso ni tiene que ver con estrato social, en medio del saludo a grito en la calle cuando vemos a un conocido y la música a todo timbal que se mete por las ventanas y hace estremecer la casa, con el papa, yuca con megáfono y el tinto a 35 0 40 grados. Por eso, cuando en estos días veo en redes sociales como TikTok e Instagram el debate generado por el término “costeñita premium” o cualquier otra etiqueta de moda, no puedo evitar reír … y pensar.
Porque este no es un debate realmente nuevo. A los costeños nos han nombrado muchas veces desde afuera, casi siempre con ligereza y, en ocasiones, con algo de desprecio si así pudiera decirse. Corroncho por ejemplo fue durante décadas una palabra usada para reducirnos: para decir que hablábamos raro, que éramos flojos, que éramos demasiado alegres, demasiado ruidosos, demasiado informales. Como si vivir con el sol en la cara a toda hora fuera un defecto y no una forma distinta y privilegiada de estar en este mundo.
Pero también es cierto que, como toda palabra, corroncho ha cambiado de significado cuando llega a nuestras conversaciones. Hoy, para muchos, es una reivindicación: la manera de decir “soy así y no me avergüenzo”. Alegre, cercano, espontáneo, recochero, tal y como lo mencionada el periodista y escritos Juan Gossain conocido por usar y redefinir esta palabra.
Ahora aparece el concepto Costeñita Premium, y con él, un nuevo debate. Algunos lo celebran como una evolución estética y cultural; otros lo critican por intentar “refinar” lo popular que en años atrás fuera cuestionado, esto como si se necesitara validación externa para sentirnos orgullos.
El problema no está en la palabra premium. El problema sería creer que solo así valemos más.
Ser costeño no necesita filtros, etiquetas ni redes sociales nuevas y en definitiva no se requiere marketing para ser auténtico.
Nuestra cultura ya es rica: en lenguaje, en gastronomía, en música, y para esto exponentes como Carlos Vives, Shakira y Gabo bien han dejado constancias. Lo premium no está en el frasco, ni en la moda, ni en la tendencia digital, ni en la viralidad del contenido de turno, está en la forma en que resolvemos, en cómo compartimos, en cómo celebramos incluso en medio de las dificultades, si no analicémonos como hinchas del Unión, cuando no sabemos ni en que categoría estará el próximo año y aun así no bajamos la voz ni dejamos de alentar el equipo.
Yo he visto muchos “corronchos” construir empresas, educando, liderando comunidades, haciendo ciencia, arte y política. He visto costeños que no perdieron su acento para ser respetados, ni su alegría para ser tomados en serio. Eso, para mí sin duda, es ser verdaderamente premium.
Este debate debería llevarnos a una única reflexión: no necesitamos dejar de ser quienes somos para ser mejores. No tenemos que minimizar nuestra identidad para encajar en ningún lado ya que podemos crecer, profesionalizarnos, innovar y seguir siendo costeños ya que el orgullo de ser quienes somos no está reñido con la excelencia.
Como caribeño que soy, como samario, invito a que dejemos de disculparnos por nuestra forma de hablar, de reír, de saludar de vivir. Que no aceptemos que nos digan que hay una versión “mejorada” de nosotros mismos.
La mejor versión del costeño es la que actúa con valores, con respeto, con compromiso… sin renunciar a su esencia.
Al final que nos llamen como quieran.
Nosotros sigamos siendo lo que somos.
