Connect with us

Editorial & Columnas

Una vez fui pobre y no me gustó

Published

on

Por: Gerardo Angulo Cuentas

Una vez fui pobre y no me gustó. Hoy no soy rico. Y creo que, de pronto, nunca lo seré. Estoy convencido de que para ser rico se necesita ser un emprendedor verdaderamente exitoso, alguien capaz de crear valor a gran escala.

Y aun así, los emprendedores exitosos también pasan por momentos difíciles. Cuando un proyecto fracasa —y muchos fracasan— llegan periodos de escasez. Porque el éxito, cuando llega, rara vez es lineal. Es más bien una sucesión de intentos, tropiezos y reinicios.

Pero hay algo que aprendí en aquellos años en los que fui pobre: la pobreza no es una condición romántica.

A veces se habla de la pobreza con un tono casi poético. Se dice que los pobres son más felices, que viven con lo esencial, que tienen una sabiduría especial. Puede que algunas de esas cosas sean ciertas, pero quien realmente ha vivido la pobreza sabe que la realidad es mucho más simple: la pobreza es limitación.

Limitación para elegir.

Limitación para decidir.

Limitación para equivocarse.

Recuerdo, por ejemplo, que durante mucho tiempo tuve un solo par de zapatos. Eran los zapatos para todo: para ir al colegio, para ir a fiestas y para cualquier ocasión que exigiera verse medianamente presentable.

Los cuidaba como un tesoro. Los limpiaba con esmero, los embolaba hasta dejarlos brillando, porque sabía que esos zapatos tenían que durar.

El colmo fue un día en que un compañero de clases me pidió prestados los zapatos para ir a un quinceañero. En ese momento entendí dos cosas: la primera, que probablemente yo era uno de los mejores emboladores del curso; la segunda, que la pobreza también se mide en esos pequeños detalles que uno recuerda toda la vida.

A veces me pregunto algo que nunca resolví del todo: ¿será que ese compañero era más pobre que yo? ¿Me envidiaba o me admiraba? Nunca lo supe. Pero ese episodio me dejó una enseñanza silenciosa: la pobreza muchas veces no se ve desde afuera; se esconde en los detalles.

Por eso trabajo todos los días.

No para ser rico.

No para presumir.

No para acumular.

Trabajo para no volver a ser pobre.

Con los años también he aprendido algo más: muchas personas creen que son clase media cuando en realidad son clase trabajadora.

Yo no tengo problema en reconocerlo. Soy clase trabajadora.

Vendo mi fuerza de trabajo intelectual a una universidad pública para garantizar un flujo de recursos. Ese es mi contrato con la sociedad: enseñar, investigar, escribir, pensar. A cambio recibo un salario que me permite vivir con dignidad.

La clase media, en la definición clásica del capitalismo, es otra cosa. Es la clase que posee capital, activos o negocios que generan ingresos incluso cuando la persona no está trabajando.

Muchos profesionales —profesores, ingenieros, médicos— creen pertenecer automáticamente a esa clase media. Pero en realidad siguen dependiendo de lo mismo: su trabajo. Si dejan de trabajar, el ingreso desaparece.

Hace unos días conversaba con un niño de la calle. En algún momento me dijo algo que me hizo pensar:

—Cuando sea grande quiero ser rico.

Muchos adultos corrigen a los niños cuando dicen eso. Les explican que el dinero no es importante, que lo material no da la felicidad.

Yo no lo corregí.

Porque detrás de esa frase hay algo profundamente humano: el deseo de tener una vida con más posibilidades que la que se tiene hoy.

Yo no sé si algún día seré rico. Probablemente no. Pero sí tengo algo claro después de haber pasado por momentos difíciles:

una vez fui pobre… y no me gustó.

Y desde entonces trabajo todos los días para no volver a serlo.

¿Tú qué crees?