Editorial & Columnas
Santa Marta: historia grande, liderazgo pequeño
Infraestructura precaria, crisis de agua, polarización política y ausencia de visión: por qué Santa Marta sigue perdiendo la competencia entre ciudades
Por Víctor Rodríguez Fajardo
En América Latina hay ciudades cuya historia pesa como una medalla. Y otras donde pesa como una advertencia. Santa Marta pertenece a esta última categoría.
Fundada en 1525, Santa Marta es una de las ciudades más antiguas del continente aún habitadas. Ese dato suele repetirse como motivo de orgullo. Pero también debería leerse como una pregunta incómoda: ¿cómo una ciudad con casi cinco siglos de existencia terminó ocupando un lugar rezagado en el mapa económico del Caribe colombiano?
La historia ofrece pistas claras. Desde el comienzo, Santa Marta fue concebida por la Corona española como un punto de entrada a Tierra Firme. Sin embargo, muy pronto el poder imperial tomó otra decisión estratégica: el verdadero puerto del sistema sería Cartagena de Indias. Cartagena ofrecía una bahía más protegida, mejores condiciones para fortificaciones y una posición más adecuada para integrarse al sistema de flotas que conectaba América con Europa.
Mientras Cartagena se convertía en plaza militar del imperio y nodo del comercio transatlántico, Santa Marta quedaba relegada a una frontera difícil, con un hinterland económico limitado y conflictos territoriales permanentes. Ese fue el primer desplazamiento del poder.
El segundo llegó con la consolidación del Río Magdalena como arteria económica del Nuevo Reino de Granada. El río conectó el interior del territorio con el Caribe y terminó consolidando a Cartagena como el puerto natural del comercio colonial. Santa Marta quedó nuevamente fuera de la ecuación.
Durante la República hubo momentos de dinamismo, especialmente con el auge bananero y la construcción del ferrocarril que conectaba la zona productiva con el puerto. Pero ese impulso tuvo un carácter de enclave: riqueza puntual sin consolidar una base económica capaz de sostener un liderazgo regional duradero.
En otras palabras, Santa Marta tuvo episodios de prosperidad, pero nunca logró construir una estructura de poder económico permanente. Cinco siglos después, el diagnóstico vuelve a aparecer con crudeza.
Las ciudades del siglo XXI no compiten contra su pasado. Compiten contra otras ciudades. Y en esa competencia Santa Marta viene perdiendo. La conectividad terrestre es una metáfora brutal de esa derrota silenciosa.
La vía hacia La Guajira sigue afectada tras la caída de un puente que aún no encuentra solución definitiva. Los bloqueos recurrentes en la carretera hacia el interior del país interrumpen el tránsito de mercancías con alarmante frecuencia. Y cada cierre de la vía con Barranquilla recuerda hasta qué punto seguimos dependiendo de corredores frágiles. Una ciudad mal conectada es una ciudad que pierde inversión, pierde competitividad y pierde futuro. Pero el panorama no mejora cuando miramos hacia el cielo.
El Aeropuerto Internacional Simón Bolívar continúa operando con una escala limitada frente a las exigencias del comercio y el turismo global. Mientras otras ciudades del Caribe han fortalecido su conectividad aérea para integrarse a redes internacionales, Santa Marta sigue atrapada en una infraestructura que parece diseñada para otra época.
Y aún hay otra paradoja. Tuvimos una ventaja comparativa que dejamos morir: el tren. El ferrocarril que alguna vez conectó la zona bananera con el puerto pudo haber sido la base de un corredor logístico moderno para el Caribe colombiano. Hoy es apenas un recuerdo histórico de una oportunidad desperdiciada.
Pero si la conectividad es un problema grave, la situación del agua es aún más escandalosa. Santa Marta enfrenta desde hace décadas un déficit estructural en el suministro de agua potable. Derramamientos de aguas residuales, redes obsoletas y escasez en barrios completos se han convertido en parte del paisaje cotidiano de la ciudad.
Y sin embargo, Santa Marta está rodeada de agua. A pocos kilómetros fluye el Río Magdalena, la arteria fluvial más importante del país. Y detrás de la ciudad se levanta una de las mayores fábricas naturales de agua de Colombia: la Sierra Nevada de Santa Marta.
En sus cuencas nacen más de treinta ríos alimentados por precipitaciones que en algunas zonas superan los 4.000 milímetros anuales. Muchos de ellos nacen en la estrella hídrica de San Lorenzo y desembocan directamente en el Caribe. A pesar de ese potencial extraordinario, la ciudad continúa dependiendo de caudales limitados mientras otras fuentes permanecen sin desarrollar.
La explicación habitual es conocida: muchos nacimientos se encuentran dentro de la llamada Línea Negra, el territorio ancestral reconocido a los pueblos indígenas de la Sierra Nevada, lo que exige procesos de consulta previa antes de cualquier intervención. Pero la pregunta incómoda es inevitable.
Si esa consulta es necesaria, ¿por qué nunca se ha desarrollado de manera seria durante décadas? El resultado ha sido la parálisis. Y entonces aparece la mayor paradoja de todas.
Mientras Santa Marta tiene detrás una de las reservas hídricas más importantes del Caribe colombiano y a menos de setenta kilómetros el río más grande del país, la solución que hoy se plantea es convertir el agua del mar Caribe en agua potable. El Gobierno Nacional ha aprobado un proyecto cercano a 786 mil millones de pesos para construir plantas desalinizadoras destinadas a abastecer la ciudad.
La tecnología no es absurda. Muchos países la utilizan. Pero la pregunta política sigue siendo inevitable. ¿Cómo puede una ciudad rodeada de ríos de montaña y cercana al río más importante de Colombia terminar dependiendo del agua del mar?
La respuesta es simple: falta de liderazgo. A esto se suma una de las tarifas de energía más altas del país, un factor que golpea tanto a las familias como al aparato productivo. Pero el diagnóstico no estaría completo sin mencionar el factor que hoy define la vida cotidiana de muchos samarios: la seguridad.
La extorsión se ha vuelto un impuesto criminal para comerciantes y empresarios. Los homicidios han aumentado y la sensación de miedo se instala lentamente en la vida urbana. Una ciudad donde el miedo se normaliza es una ciudad donde el desarrollo se vuelve improbable. Pero quizá el problema más profundo no sea la infraestructura, ni el agua, ni la seguridad. Es el liderazgo.
Hoy resulta prácticamente imposible ver una agenda común entre el gobierno departamental del Magdalena y la administración distrital de Santa Marta. La polarización política ha llegado a un punto donde ni siquiera existe diálogo institucional.
Cuando los mandatarios no se hablan, la ciudad se paraliza. Mientras tanto, basta observar lo ocurrido en Barranquilla. Barranquilla entendió algo que Santa Marta todavía parece no comprender: las ciudades compiten entre sí. Barranquilla construyó liderazgo, infraestructura, conectividad y una política pública clara para posicionarse.
Hoy se consolida como destino turístico gracias a decisiones sostenidas. Santa Marta, en cambio, posee un patrimonio natural incomparable: el conjunto de bahías más hermoso del país, la cercanía con la Sierra Nevada y la riqueza ecológica de la Ciénaga Grande de Santa Marta.
Y aun así, con todas esas ventajas naturales, apenas ocupa el séptimo lugar entre los destinos turísticos de Colombia. La geografía no explica ese resultado. La política sí. Pero esta columna no pretende quedarse en el diagnóstico. Tiene también un propósito inmediato. El próximo 8 de marzo, Colombia elegirá un nuevo Congreso de la República. Santa Marta y el Magdalena tendrán la oportunidad de elegir cinco representantes a la Cámara y varios senadores.
Esa elección es una oportunidad. Pero también un espejo. Porque la responsabilidad del rezago no es únicamente de quienes gobiernan. También es de quienes votan. Durante décadas, la ciudadanía ha seguido eligiendo las mismas estructuras políticas que producen los mismos resultados. Sin exigir planes de ciudad. Sin exigir agendas de desarrollo. Sin exigir liderazgo.
Si el próximo domingo la ciudad vuelve a votar como siempre, el resultado será el mismo de siempre. Más discursos. Más promesas. Más rezago.
Santa Marta necesita algo distinto. Necesita una macro agenda de desarrollo regional construida entre la Alcaldía, la Gobernación, el nuevo Congreso, la Cámara de Comercio de Santa Marta, los gremios de la productividad y el Gobierno Nacional. Una agenda concreta: agua, infraestructura, seguridad, logística y turismo productivo. Pero sobre todo necesita algo que hoy parece escaso. Liderazgo.
Porque Santa Marta no compite contra su pasado glorioso. Compite contra Cartagena, Barranquilla, Medellín y contra cualquier ciudad que entienda que el desarrollo no llega por nostalgia. Si el próximo domingo la ciudad vuelve a votar como siempre, no habrá sorpresa posible. La ciudad más antigua de Colombia seguirá siendo también una de las más rezagadas. Y entonces ya no podremos culpar a la historia. Tendremos que empezar a culparnos a nosotros mismos.
