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Editorial & Columnas

¿Le damos jaque mate al ignorante?

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Por: Gerardo Angulo Cuentas
gerardo@angulo.com.co

Me metí a una formación de ajedrez con la ilusión del que sabe que no sabe. Sin entrenamiento, sin fogueo, sin abrir un libro de aperturas en años. Iba a aprender. Punto. Pero en el Caribe tenemos una habilidad peligrosa: convertir cualquier espacio formativo en competencia exprés. A la segunda sesión ya no estábamos aprendiendo, estábamos compitiendo. Campeonato montado, tablero listo, caras serias… y yo pensando: ¿esto era para aprender o para ver quién sobrevive?

En medio de una partida, seguí jugando convencido de que todavía estaba en el juego. Movía piezas, pensaba, trataba de entender. Hasta que, de un momento a otro, me di cuenta —tarde— de que ya estaba en jaque mate. La partida había terminado… y yo ni siquiera lo había notado. Y lo que vino después no fue una explicación, ni una orientación, ni un “mira, aquí te equivocaste”. No. Lo que vino fue la carcajada. El estallido de risas. La burla colectiva. El espectáculo del ignorante que no entendió que ya había perdido.

Y entonces la pregunta empezó a tomar forma, incómoda, directa: ¿le damos jaque mate al ignorante… apenas aparece?

Porque el problema nunca fue que yo no supiera —eso lo tenía clarísimo—, el problema fue la reacción del entorno frente a alguien que no sabía. Nos encanta el que responde rápido, el que domina, el que luce bien. Pero el que pregunta, el que duda, el que se equivoca… ese incomoda. Ese rompe el ritmo. Y entonces hacemos lo más fácil: lo dejamos avanzar hasta que se estrelle y después soltamos la risa. Como si la ignorancia fuera un pecado y no el punto de partida.

Ahora, lo curioso es que yo vivo del otro lado del tablero. Todos los días. Hablo con más de 80 estudiantes diarios; a la semana, cerca de 200. Y sí, escucho cosas que en la calle serían meme instantáneo. Respuestas flojas, ideas mal conectadas, confusiones básicas. Material perfecto para el sarcasmo… si uno quiere jugar a ser brillante. Pero ese no es el juego. El juego es otro: es agarrar ese error y convertirlo en oportunidad. Es no burlarse. Es no aplastar. Es entender que el que pregunta no lo hace porque es bruto, sino porque quiere dejar de serlo.

Y aquí viene la diferencia que parece que olvidamos: una cosa es competir y otra es formar. Competir es medir quién está arriba. Formar es ayudar a que el que está abajo suba. Competir puede ser duro. Formar tiene que ser digno. Pero aquí confundimos dureza con falta de respeto, y nivel con distancia. Nos encanta decir “así es la vida real”, como si la vida real fuera un circo donde el que cae se vuelve espectáculo.

Porque ojo con esto: el ignorante no es el problema. El ignorante que quiere aprender es, probablemente, la mejor noticia que tiene cualquier sistema educativo. Es el que se está moviendo, el que se está exponiendo, el que está haciendo el trabajo difícil: reconocer que no sabe.

Por eso me retiré del proceso. No por perder —eso era parte del contrato desde el día uno—, sino porque ese ya no era el juego al que yo había ido. Yo no fui a competir. Fui a aprender.

Entonces vuelvo a la pregunta, sin rodeos: ¿le damos jaque mate al ignorante?

 

Porque cualquiera puede dar jaque mate.

Lo difícil —lo realmente difícil— es aguantarse la risa, reprimir la burla que sale del ego… y abrir el corazón para enseñar al que no sabe.