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Cambiar de opinión …

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Por: Gerardo Angulo Cuentas

gerardo@angulo.com.co

Recientemente empecé un nuevo curso y, como siempre que uno estrena grupo, me encontré con una colección fascinante de seres humanos. Los profesores solemos decir que todos los cursos son distintos. Es mentira. Todos los cursos son iguales… hasta que abren la boca.

Apenas arrancamos, uno de los muchachos levantó la mano y defendió una posición con una seguridad que habría puesto nervioso hasta a un candidato presidencial en plena plaza pública. Habló con firmeza, argumentó, explicó y remató con una frase que sonaba definitiva.

Entonces otro estudiante intervino. Le presentó unos datos. Después un tercero aportó otra perspectiva. Y de pronto ocurrió algo extraordinario. Algo tan raro que debería ser considerado patrimonio inmaterial de la humanidad.

El muchacho dijo:

—Tiene razón. No lo había visto así.

Y cambió de opinión. Nadie se burló. Nadie lo humilló. Nadie le entregó un certificado de derrota.

Simplemente había aprendido algo.

Sin embargo, salí de clase pensando que fuera del salón ese mismo acto es visto casi como una tragedia. En las redes sociales, en la política, en los debates familiares y hasta en las conversaciones de WhatsApp, pareciera que el objetivo ya no es acercarse a la verdad sino evitar que el otro gane.

En la siguiente clase, unos días después, estábamos resolviendo un ejercicio de probabilidad. Una estudiante defendía con entusiasmo una respuesta. Había hecho sus cálculos y estaba convencida de que el resultado era correcto. Yo mismo, inicialmente, pensé que su planteamiento tenía sentido.

Pero al revisar paso a paso el problema empezaron a aparecer grietas en el razonamiento. Una condición que no habíamos considerado. Una interpretación diferente del enunciado. Una restricción escondida. La estudiante se quedó mirando el tablero unos segundos.

Luego sonrió.

—Profesor, ahora entiendo dónde estaba mi error.

Y corrigió su respuesta.

Lo interesante fue que, en ese momento, no perdió su razón. La ganó. Porque salió del aula sabiendo más de lo que sabía diez minutos antes.

Eso me hizo recordar una costumbre muy extraña que tenemos los seres humanos. Nos enamoramos de nuestras ideas como si fueran hijos legítimos. Las protegemos, las justificamos y las defendemos incluso cuando la evidencia nos está gritando que están equivocadas.

Nos duele menos perder dinero que perder una discusión. Nos molesta menos equivocarnos que admitir que nos equivocamos.

Y por eso abundan los expertos en todo. Los que nunca cambian de opinión. Los que siempre tienen la razón. Los que poseen respuestas definitivas sobre economía, fútbol, educación, medicina, geopolítica, cambio climático, inteligencia artificial y la alineación de los planetas.

Son los mismos que uno escucha decir:

—No me vas a convencer.

Y cumplen su promesa. No porque tengan la razón.  Sino porque decidieron cerrar la puerta antes de escuchar.

La paradoja es hermosa. Las personas más inteligentes que he conocido son precisamente las que más veces cambian de opinión. Hace unos días conversaba sobre este tema con varios queridos hermanos. En medio de la charla, Alfredo M. me regaló una de esas frases sencillas que parecen obvias hasta que uno se da cuenta de que contienen una verdad enorme.

—El árbol que no se dobla es el que se lleva la tempestad.

Y tiene razón. La rigidez suele disfrazarse de fortaleza. Hay personas que parecen muy seguras porque nunca rectifican, nunca reconocen un error y nunca revisan una posición. Pero cuando aparecen nuevos datos, nuevas circunstancias o nuevas evidencias, terminan quebrándose porque confundieron convicción con terquedad.

Los investigadores cambian de opinión cuando aparecen nuevos datos. Los científicos cambian de opinión cuando encuentran nueva evidencia. Los emprendedores cambian de opinión cuando el mercado les demuestra que estaban equivocados. Los buenos profesores cambian de opinión cuando descubren mejores formas de enseñar.

Y los aprendices que más aprenden suelen ser los que menos miedo tienen a reconocer que estaban equivocados.

Mientras tanto, los tercos profesionales del ego permanecen inmóviles. Confunden firmeza con obstinación. Confunden coherencia con rigidez. Confunden orgullo con inteligencia. Por eso cada vez que escucho a alguien decir: “Yo nunca cambio de opinión”, no me impresiona. Me preocupa.

Porque una mente que nunca cambia es como una casa que nunca abre las ventanas. Tarde o temprano el aire se vuelve irrespirable.

Tal vez deberíamos empezar a celebrar más a quienes tienen el valor de decir: “No sabía eso”, “Me equivoqué”, “Ahora pienso distinto”.

Porque cambiar de opinión no siempre significa que antes eras un ignorante. Muchas veces significa que acabas de aprender algo. Y si aprender algo nuevo no es ganar en una discusión, entonces no sé qué lo sea.

Alfredo M decía que el árbol que no se dobla es el que se lleva la tempestad. Quizás por eso aquí, en el Caribe, donde sabemos de brisas fuertes, vendavales y huracanes, admiramos más a las palmeras que a las estatuas. Las palmeras se inclinan, se mueven, parecen ceder ante el viento, pero cuando pasa la tormenta siguen de pie. Las estatuas, en cambio, pasan la vida entera en la misma posición… hasta el día en que se vienen abajo.

Y uno no vino a este mundo a ser estatua. Uno vino a aprender.

Y aprender, a veces, consiste precisamente en tener el coraje de cambiar de opinión.