Geopolítica Parroquial
¿Dónde estará Petro el 7 de agosto?
Mientras Abelardo recibe la banda, Barranquilla puede montar la otra posesión
Por Víctor Rodríguez Fajardo – El Man del Sombrero
Iván Cepeda ya pidió tarima para el 7 de agosto.
La pidió en Barranquilla, mientras Abelardo de la Espriella recibe la banda presidencial y estrena esa solemnidad que a los mandatarios les dura, con suerte, veinte minutos.
Cepeda anunció un acto de “desobediencia civil” y decidió no asistir a la posesión. Hasta ahí, el libreto está claro: el nuevo Gobierno en un lado, la oposición en el otro.
Lo interesante es el actor cuyo nombre todavía no aparece en el afiche.
¿Dónde estará Gustavo Petro?
No tengo una agenda secreta, una fuente escondida detrás de una cortina ni un piloto de helicóptero dispuesto a hablar. Esto es una apuesta política, no una primicia.
La hipótesis nace de lo que está a la vista: Cepeda monta tarima en Barranquilla, Petro no quiere participar del relevo protocolario y el presidente saliente nunca ha sido hombre de desaparecer cuando hay cámaras, multitud y micrófono.
Petro ha dicho que el 7 de agosto no estará “en ninguna parte”.
El problema es que Petro nunca está políticamente en ninguna parte.
Puede no estar en el Congreso. Puede no estar en la Casa de Nariño. Puede negarse a darle la mano a Abelardo y ahorrarse la fotografía republicana del “aquí no ha pasado nada”.
Pero imaginarlo en silencio, mirando por televisión cómo otro hombre ocupa el centro del poder, exige una fe que yo no tengo.
Petro no se retira: cambia de tarima.
El 7 de agosto perderá la Presidencia y volverá, sin intermediarios, al terreno que conoce mejor que el protocolo: la calle.
Ya no tendrá que representar a quienes lo detestan, medir cada palabra como jefe de Estado ni fingir cordialidad institucional. Podrá regresar a su hábitat natural: plaza, multitud, denuncia, enemigo y discurso largo.
Por eso mi apuesta es sencilla: Petro puede aparecer en Barranquilla y convertir la posesión de Abelardo en una transmisión con pantalla dividida.
La banda y la cámara
En Colombia, el 7 de agosto suele pertenecer al que llega.
El nuevo presidente recibe la banda, pronuncia promesas todavía sin estrenar y se deja retratar como si acabara de inventar el país. El saliente se vuelve equipaje protocolario: entrega, sonríe y se va.
Esta vez, no.
Petro y De la Espriella no están cerrando una transición amable. Están prolongando una campaña que nunca terminó. Uno llega convencido de que debe desmontar el proyecto del otro; el otro se va decidido a demostrar que perder el Palacio no significa perder el poder.
Abelardo tendrá la institucionalidad, los honores, el discurso oficial y la banda presidencial.
Petro necesitará otra cosa:
gente.
Una plaza llena puede competir con un salón solemne. Un grito bien puesto puede atravesar una transmisión oficial. Una multitud en Barranquilla puede producir la imagen que la oposición necesita: el nuevo presidente toma posesión, pero el viejo presidente conserva la calle.
Ese es el verdadero duelo.
No por la banda.
Por la fotografía.
Barranquilla no salió de una tómbola
La ciudad no fue escogida al azar.
Barranquilla tiene músculo logístico, visibilidad nacional y espacios capaces de fabricar una imagen multitudinaria. La Plaza de la Paz o el Gran Malecón sirven para lo que hoy exige la política: volumen, banderas, drones, primeros planos y una toma aérea que convierta una concentración en mensaje nacional.
Pero el asunto no es solamente de cámaras.
Atlántico es territorio de poder. La casa Char lleva años manejando la política regional con la disciplina de una maquinaria que conoce cada barrio, cada concejal y cada resorte de la administración.
Montar allí el primer gran acto de oposición sería decirles, en su propia sala, que la izquierda no piensa desalojar el Caribe.
También sería una puya directa a Abelardo. Barranquilla forma parte de su geografía personal, profesional y política. Irrumpir con una multitud en ese escenario el mismo día de su posesión no sería un golpe de Estado.
Sería algo más criollo, más sutil y bastante más venenoso:
un golpe de escenario.
Mientras el nuevo mandatario intenta estrenar autoridad, Petro podría estar estrenando oposición en una ciudad cargada de simbolismo para ambos bandos.
Cepeda pone la tarima; Petro puede quedarse con el acto
Iván Cepeda hizo el anuncio y, por ahora, el acto es suyo.
Pero aquí aparece una ironía que nadie debería perder de vista: si Petro llega, la concentración dejará de pertenecerle a Cepeda en cuestión de minutos.
Cepeda puede ser el jefe formal de la oposición, el hombre del Congreso y la voz jurídica del bloque. Petro, sin embargo, sigue siendo el imán emocional: el que convoca fervores, rabias, nostalgias y cámaras.
Su presencia serviría para mostrar unidad.
También para recordar quién manda.
La fotografía podría venderse como una dupla: Cepeda organiza, Petro enciende; uno conduce la oposición institucional, el otro moviliza la calle.
Pero en política, quien presta la tarima corre el riesgo de terminar como invitado en su propio acto.
Petro no necesitaría desplazar a Cepeda. Le bastaría con aparecer.
El silencio también hace ruido
¿Por qué no anunciarlo?
Porque el efecto sorpresa vale más que un afiche.
Si Petro confirmara su presencia con anticipación, el nuevo Gobierno tendría tiempo para ajustar horarios, reforzar su relato y preparar una respuesta. Una llegada de último minuto, en cambio, obligaría a los medios a girar cámaras, abrir otra señal y explicar por qué el expresidente acaba de irrumpir en el día que debía pertenecer por completo al presidente.
No digo que exista una operación clandestina ni un libreto guardado en una caja fuerte.
Digo algo más sencillo: si Petro piensa aparecer, el silencio le conviene.
La logística ya estará montada para Cepeda. La multitud ya estará convocada. Los micrófonos ya estarán abiertos.
Petro solo tendría que hacer lo que mejor sabe: llegar, hablar y convertir su presencia en el centro de la conversación.
Mi apuesta
El 7 de agosto Abelardo tendrá el Estado.
Petro puede intentar quedarse con la calle.
Abelardo comenzará a gobernar.
Petro comenzará a resistir, a mandar desde afuera o, por lo menos, a hacer creer que todavía manda.
No afirmo que su viaje esté confirmado. Afirmo que Barranquilla reúne demasiadas ventajas para ignorarla: acto convocado, capacidad de movilización, simbolismo territorial, desafío a los Char y una oportunidad perfecta para quitarle al nuevo presidente la exclusividad de su primer día.
El 7 de agosto, Abelardo recibirá la banda.
La pregunta es quién se queda con la cámara.
