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El estupro político de Santa Marta

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Por: Víctor Rodríguez Fajardo

La gran contradicción samaria: el aeropuerto Simón Bolívar es vecino inmediato de Pozos Colorados.

Sí, la misma zona que el gobierno presentó como guarida de ricos y turistas perfumados para tirarle tierra a la desalinizadora. El agua allí olía a privilegio. ¿Recuerdas Pedro Pueblo? Pues agárrate.

Porque ahora, ¡oh milagro ideológico!, esa misma zona sí sirve para levantar una megapista internacional.

El agua era elitista.

El concreto aeroportuario, en cambio, parece que viene bendecido por la justicia social.

Qué ternura. Qué coherencia tan selectiva.

El pueblo samario, ese que invoca Petro en cada discurso como estampita electoral, a duras penas se mueve en flota dentro de esta parroquia mal atendida. Muchos no tienen para un pasaje intermunicipal cómodo. Mucho menos para pasaporte, tiquetes internacionales y café aguado en sala de abordaje rumbo a Madrid.

Entonces, ¿Cómo es la cosa? ¿El agua en Pozos Colorados no, porque supuestamente beneficiaba a los ricos, pero la pista internacional en el mismo sector sí, aunque el pueblo siga viajando en bus, sudando en la terminal y contando monedas para regresar al barrio?

¿La desalinizadora era oligarquía líquida, pero el avión de cabina ancha rumbo a Europa es poder popular con turbina?

¿El agua para Santa Marta era sospechosa, pero la alfombra aeroportuaria para el turismo internacional es revolución?

La coherencia la dejaron botada en una silla plástica al lado de un bollo limpio.

Llegó la primera vuelta y la parroquia, resentida, reseca y con más memoria de la que calculaban los doctores de la estrategia petrista, habló.

El candidato del gobierno quedó detrás de Abelardo. Y ahí fue cuando al seductor le entró el pánico.

Al verse con el agua al cuello —ironías del sainete, porque agua no hubo—, desempolvaron el manual.

Durante años Santa Marta pidió ampliar la pista. Primero 2.400 metros. Luego recortes, silencios de burócrata y pichicatería oficial. Hasta nos insinuaron una pista mocha, de esas que sirven para posar en rueda de prensa pero no para despegar hacia el futuro. Eso era todo lo que merecíamos, al parecer.

Pero bastó ver el bacalao electoral de la primera vuelta para que apareciera la generosidad aeronáutica.

Ya no 2.000. Ya no 2.400. Ahora, en plena temporada de seducción, nos prometen 3.000 metros.

Tres mil metros de concreto.

Tres mil metros de arrepentimiento tardío.

Tres mil metros de «ahora sí Santa Marta nos importa».

Tres mil metros para que aterricen vuelos internacionales, mientras el pueblo al que dicen defender sigue aterrizando como puede: en flota, en mototaxi, en buseta, en burro presupuestal y con los recibos del agua cobrados como si saliera champaña por la pluma.

Nos negaron el agua con discurso popular y ahora nos ofrecen aviones con cara de redención social.

Nos dijeron que Pozos Colorados no podía recibir agua porque favorecía a los ricos, pero sí puede recibir turistas europeos y maletas de largo alcance.

El agua tiene ideología. El duty free, no.

Esto no es política pública: es dieta electoral.

El populismo nos quiere comer.

Primero endulza el oído, después mastica la dignidad y, cuando necesita votos, vuelve con servilleta limpia a pedirnos que abramos la boca otra vez.

Todo por el 21 de junio. Todo por arañar una segunda vuelta con promesas de última hora.

La pregunta no necesita pasaporte ni sala VIP para responderse: después de que nos prometieron agua, nos dejaron plantados, satanizaron Pozos Colorados y ahora vuelven con una pista internacional como anillo de fantasía para ganar el 21 de junio…

¿nos vamos a casar otra vez con la misma mentira?

Una ciudad con sed no necesita que le prometan Europa. Necesita que le cumplan Santa Marta.