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La Firma

Días Difíciles en Caño de Mayo

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Por Jesús Morales Pérez
Escritor Pivijayero
jesusmoralesperez20@gmail.com

No todo era brisa y vallenato en la vida del profesor Azael Maya. Después de su boda con Esperanza Rosales, la alegría parecía haber hecho nido definitivo en Caño de Mayo. Llegó su primer hijo, el inquieto y risueño Azael Junior, y al año siguiente nació Abraham, más dormilón que un gato en hamaca. El maestro enseñaba de lunes a viernes y los sábados leía cuentos en la cancha del pueblo. Su silbido era el canto del amanecer y su presencia, un antídoto contra la desidia.

Pero como dice el viejo proverbio costeño: “No hay domingo sin lunes ni risa sin lágrima”.

La situación política, esa que a veces se disfraza de viento pero ruge como tormenta, tocó el polvo de Caño de Mayo. Un político de turno, más pendiente del poder que del pueblo, escuchó los chismes de algunos enemigos que Azael se había ganado sin querer. Lo acusaron con falsos testimonios y, sin derecho a réplica ni chance de explicación, lo destituyeron del magisterio.

Fue como si le quitaran el alma al pueblo… y el tablero a la escuela.

Azael, con la tristeza atravesada en la garganta, acudió —por primera vez con los ojos bajos— a quien antes lo había mirado con desconfianza: su suegro, Don Alejandro Rosales.

Don Alejandro, hombre curtido por el sol y por la vida, no dijo mucho. Le puso la mano en el hombro y le soltó:

—Si ya no puedes enseñar letras, pues enseñá el valor de las raíces . Vamos a sembrar.

Y así fue como el profesor cambió el lápiz por la pala, la tiza por el rastrillo y el machete. Maíz, yuca, frijol y ajonjolí fueron su nueva cartilla. Le dolían hasta las pestañas, pero nunca se le fue la sonrisa. Se levantaba antes del gallo, aprendía de los surcos, del ritmo de la tierra, del lenguaje callado de la lluvia.

Esperanza, siempre firme, le decía:

—Mira que hasta la tierra necesita que la acaricien con amor. Tú sabes de eso.

Y así, con la ayuda de su esposa, de Don Alejandro y de Doña María, Azael sostuvo a su familia sin mendigar, sin doblar su dignidad. Los niños seguían creciendo entre cuentos contados a la luz del mechón, juegos con piedras y la música del papá silbando mientras abonaba el campo.

Pero el destino —que aunque tarda, no olvida— ya tramaba algo.

Un día, un político del municipio de San Carlos llegó al pueblo. No era cualquiera, era de los que escuchaban más de lo que hablaban. Reunido en la cancha, oyó los clamores de la comunidad: que faltaban pupitres, que el agua llegaba cansada, que el camino estaba malo… pero la solicitud más repetida era una sola:

—¡Queremos al profe Azael de vuelta!

El político, intrigado por tanto cariño, comenzó a indagar. Supo de sus lecturas bajo los árboles, de cómo había unido familias a punta de historias y coplas, de su forma de enseñar sin gritar y sembrar sin ego.

Mandó a llamarlo. Azael, con el sombrero en la mano y el alma confundida, se presentó sin saber para qué. El político, al verlo, sonrió con franqueza y le soltó:

—La gente del pueblo te quiere más que a nosotros.

Azael no respondió. Solo bajó la cabeza, tragó saliva y entendió que la vida no se maneja por suerte, sino por siembra. Todo lo que había dado con amor, con entrega, con respeto, estaba floreciendo ahora como hierba verde después del aguacero.

Ese mismo político fue a hablar con el alcalde de San Carlos, hombre de cálculo y reelección. Le puso las cartas sobre la mesa:

—Alcalde, si quiere seguir en este puesto, nombre de inmediato al profesor Azael Maya.

Y como el poder entiende mejor cuando le hablan en votos, una semana después, entre oscuro y claro, llegó la orden municipal:

“Reincorporación irrevocable del ciudadano Azael Maya como docente de la Escuela Rural Mixta de Caño de Mayo.”

Cuando el pueblo se enteró, sonaron tambores, risas y hasta un acordeón prestao. Azael volvió a su escuela como un héroe descalzo, con el machete aún en la cintura y el corazón lleno de humildad.

Y así, en los días difíciles de Caño de Mayo, se confirmó una gran verdad:
cuando la injusticia siembra espinas, la esperanza cosecha milagros.
Y donde hay amor sincero, ni la política ni la envidia pueden con la verdad.