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Vivir para ver los 24 en el “paraíso de los gánsteres”

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En 1995, Coolio convirtió una canción de Stevie Wonder en uno de los hits más conocidos sobre la vida de los jóvenes atrapados en la violencia. Gangsta’s Paradise tomó como base Pastime Paradise, pero para obtener la autorización de Wonder la letra no podía contener expresiones obscenas u ofensivas. Coolio modificó la primera versión y aquella restricción, lejos de quitarle fuerza, terminó dándole una profundidad distinta. En lugar de glorificar al personaje armado, la canción expuso su miedo, sus contradicciones y la conciencia de que la vida que llevaba podía terminar demasiado pronto.

“Tengo 23 años, pero ¿viviré para ver los 24?”. Reza un verso que resume la incertidumbre de quien ha crecido rodeado por la violencia y ya no puede imaginar el futuro como una promesa, sino como una posibilidad remota. Treinta años después, esa pregunta no pertenece únicamente a las calles estadounidenses que inspiraron el rap. También atraviesa la vida de muchos niños, niñas, adolescentes y jóvenes colombianos que crecen en territorios donde las organizaciones armadas y criminales disputan las economías, los territorios, las esperanzas y las oportunidades.

Por eso, en Colombia tampoco hemos sido ajenos a las canciones que narran estas trayectorias. En Camino a la delincuencia, Papo Man se dirige a una adolescente de quince años, abandonada por su padre, que comienza a desoír a su madre, y le advierte que otras personas pueden aprovecharse de su inocencia. La canción nos recuerda que nadie llega de un día para otro a la ilegalidad y que antes existen contextos, acercamientos, decisiones, vínculos, promesas, pérdidas y pequeñas renuncias que van estrechando las posibilidades y modificando los horizontes.

Otras canciones de la champeta, la música popular y los llamados corridos prohibidos han narrado al capo, al sicario, al contrabandista o al hombre temido en su comunidad. Algunas lo hacen desde la advertencia y otras, desde la admiración. Sin embargo, incluso aquellas que engrandecen a sus protagonistas suelen dejar entrever que el poder de las armas tiene un precio. Nos muestran la fragilidad de una vida que puede terminar antes de que exista siquiera la oportunidad de disfrutar aquello que se consiguió.

Durante mucho tiempo, la música nos permitió escuchar esas historias antes de que se convirtieran en contenido para las redes sociales. La diferencia es que canciones como Gangsta’s Paradise o Camino a la delincuencia mostraban también la angustia, las contradicciones y la vulnerabilidad que existían detrás del personaje armado. Las narrativas digitales, en cambio, suelen desprender esos elementos de la historia que los rodea y conservar únicamente aquello que representa poder.

Esos mismos símbolos circulan ahora de manera permanente en nuestros dispositivos, asociados a estilos de vida que parecen cercanos y alcanzables. Basta, sin embargo, con apartar la mirada de la pantalla y mirar alrededor para encontrarse con un entorno marcado por la informalidad, la deserción escolar, el desempleo juvenil y las dificultades que enfrentan muchos niños, adolescentes y jóvenes para imaginar y construir un proyecto de vida.

El problema no es que quieran tener dinero, reconocimiento o una vida mejor. El problema es que, en determinados territorios, la ilegalidad logra presentarse como la vía más rápida (y, a veces, como la única disponible) para alcanzarlos. El informe Red-clutamiento 2.0, de la Unidad de Investigación y Acusación de la Jurisdicción Especial para la Paz, advierte que desde 2021 el reclutamiento de niños y niñas es la forma de victimización contra la población civil que más rápidamente ha crecido en Colombia. Según el documento, el 44 % de los menores reclutados durante 2025 habría sido captado mediante redes sociales. El fenómeno tampoco permanece limitado a los territorios donde históricamente se concentró el conflicto armado. El informe señala que los registros de reclutamiento pasaron de 97 municipios, antes de la expansión del reclutamiento digital, a 248. Además, en 182 municipios donde no se habían documentado casos comenzaron a registrarse hechos relacionados con la captación de menores mediante redes sociales.

A esos hallazgos se sumó esta semana el informe de Human Rights Watch “Pensé que nunca volvería a ver a mi mamá”, cuya revisión de los datos de la Defensoría del Pueblo calcula que al menos 1.500 niños, niñas y adolescentes han sido reclutados desde 2021 y registra un incremento significativo de los casos reportados desde 2023.

La investigación muestra que los grupos armados aprovechan la pobreza, la exclusión social, la violencia intrafamiliar y las barreras de acceso a la educación para acercarse a niños y adolescentes ofreciéndoles poder, dinero y prestigio. Es decir, no siempre reclutan únicamente desde el miedo o la amenaza. También han aprendido a hacerlo desde el deseo. De esta manera, ampliaron el alcance territorial del reclutamiento y transformaron su lenguaje. Los contenidos dirigidos a los hombres suelen exaltar la fuerza, la virilidad, las armas, los vehículos y la capacidad económica. En las cuentas de mujeres predominan mensajes relacionados con la belleza física, el cuerpo y formas tradicionales de feminidad. Los reclutadores no ofrecen lo mismo a todos porque conocen las expectativas y vulnerabilidades que pueden explotar.

Una investigación sobre el reclutamiento criminal en TikTok en México documentó más de cien cuentas asociadas con reclutamiento, propaganda delictiva, venta de armas y otras actividades ilegales. También identificó el uso de música, audios virales, símbolos, hashtags y emojis para construir identidades reconocibles y atraer a jóvenes. Crean una comunidad en la que pertenecer a la estructura aparece como una oportunidad para dejar de ser invisible.

En Colombia, el informe de la JEP describe incluso el surgimiento de una especie de “tropa digital”: unidades dedicadas a crear y administrar cuentas, romantizar la vida armada e identificar y perfilar a niños, niñas y adolescentes susceptibles de reclutamiento, haciendo de la propaganda parte del funcionamiento de la guerra.

Los investigadores de Human Rights Watch revisaron más de 70 cuentas y 40 publicaciones en Facebook y TikTok que glorificaban la pertenencia a grupos armados o invitaban directamente a incorporarse. También encontraron falsas ofertas de trabajo utilizadas como estrategia de captación y contactos iniciados tanto en chats públicos como mediante servicios de mensajería privada. En algunos casos, incluso observaron que los propios algoritmos parecían favorecer la circulación de estas publicaciones, ampliando potencialmente su alcance.

Naciones Unidas llamó a estos actores los “influencers del fusil”. En sus contenidos aparecen fiestas, tenis costosos, motocicletas, camionetas y armas. Del otro lado de la pantalla hay adolescentes que viven en territorios empobrecidos, donde los grupos se presentan como una opción cercana que ofrece comida, dinero, reconocimiento y una aparente familia. Pero la realidad que encuentran al vincularse dista profundamente de la promesa difundida en las redes, ya que muchos terminan sometidos al miedo, al abuso, a la explotación y a la posibilidad permanente de morir.

El grupo armado continúa presente en la vereda, el barrio o la escuela, pero ahora también ingresa en la cotidianidad del adolescente a través de su teléfono. Desde allí puede observar sus gustos, reconocer sus necesidades, identificar sus vínculos y acercarse mediante códigos y lenguajes que le resultan familiares.

Sin embargo, la sociedad suele reparar en estos adolescentes únicamente cuando alguno participa en un homicidio, una extorsión u otro delito grave y aparece en los medios como “el menor capturado”, “el joven sicario” o “el integrante de una banda”. En ese contexto, la discusión pública suele reducirse a exigir penas más severas o a proponer que el adolescente sea juzgado como adulto; mientras quienes construyen y administran las redes que lo reclutaron permanecen fuera del alcance de la justicia.

Human Rights Watch encontró que, durante la última década, aproximadamente el 1% de las denuncias por reclutamiento dio lugar a una investigación penal y apenas el 0,2 % terminó en condena. Además, esas condenas han recaído principalmente sobre autores materiales y no sobre los máximos responsables.

Lo anterior implica reconocer que un adolescente infractor puede haber causado un daño grave y, al mismo tiempo, haber sido utilizado por adultos que conocían sus necesidades, explotaron sus vulnerabilidades y lo consideraban prescindible. Precisamente por ello, el Sistema de Responsabilidad Penal para Adolescentes tiene una finalidad pedagógica, restaurativa y diferenciada. Busca que el joven comprenda el daño causado, reconozca a las víctimas, asuma las consecuencias de sus actos y participe en procesos de reparación, pero también pueda reconstruir vínculos, fortalecer sus capacidades y encontrar condiciones reales para su reintegración social.

No obstante, comprender como se construye esa trayectoria no significa negar la responsabilidad del adolescente por los daños que causa. El informe publicado esta semana obliga a mirar hacia el Estado. Human Rights Watch advierte que las políticas existentes para prevenir el reclutamiento y proteger a los niños siguen siendo insuficientes, que las instituciones responsables tienen capacidades limitadas y que las respuestas territoriales no alcanzan la magnitud que ha adquirido el fenómeno.

Por eso necesitamos fortalecer las escuelas, acompañar a las familias, garantizar atención en salud mental y construir oportunidades educativas, culturales y laborales capaces de competir con las promesas de la ilegalidad. Hay que actuar mucho antes de que un joven sostenga un arma, cuando todavía busca pertenecer, ser reconocido y encontrar una razón para creer que puede construir un proyecto de vida. Hay que recuperar para el Estado la autoridad, la legitimidad y la confianza. Porque no basta con quitarle el fusil de las manos, hay que desmontar también el mundo que se lo presentó como una promesa de poder.

Solo así nuestros niños, niñas y adolescentes podrán vivir para ver los 24, antes de que, como a Pablo el Bandolero, el cielo se les venga encima.