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UN CAFÉ EN LA TERRAZA
Por Jesús Morales Pérez
Escritor Pivijayero
jesusmoralesperez20@gmail.com
En un rincón olvidado de las montañas, donde el viento parecía conversar con los árboles y la niebla era una visita constante, se levantaba San Víctor, un pueblo pequeño que apenas salía en los mapas.
Allí, entre calles de piedra y casas desgastadas, cada tarde dos viejos amigos se reunían a tomar café en la terraza de una casa de madera.
Aurelio había sido militar subversivo en su juventud. Llevaba en el rostro cicatrices invisibles que ninguna guerra oficial registró. Su andar era torpe algunas veces, como si cargara un peso invisible. Lo perseguían los fantasmas de decisiones imposibles, de gritos que no se apagan con el tiempo.
Su amigo, Tomás, era todo lo contrario. Había dedicado su vida a la filosofía, buscando en libros y silencios el sentido de la existencia. La dureza del mundo no le era ajena, pero había aprendido a mirarla sin odio, como se mira una tormenta: sabiendo que pasará.
Aurelio y Tomás no podían estar más en desacuerdo sobre casi todo: sobre el poder, sobre la justicia, sobre el deber. A veces sus conversaciones subían de tono, y el café se enfriaba olvidado mientras los dos debatían, tercos y apasionados.
Pero al final de cada discusión, siempre venía el mismo gesto: Tomás le servía más café, y Aurelio le acercaba un cigarrillo. Como si esas simples acciones dijeran: «Importas más que tus ideas».
Aurelio encontraba en Tomás algo que no hallaba en sí mismo: una fe tranquila en la vida. Tomás veía en Aurelio un hombre que, aunque roto, todavía amaba.
Una tarde fría, cuando el cielo parecía volverse de plomo, Aurelio confesó en voz baja: -A veces creo que todo lo que hice fue en vano… y lo que hice… pesa demasiado.
Tomás se quedó callado un instante, mirando el vapor que subía de su taza. Luego le puso una mano en el hombro, firme. -No importa lo que cargues -dijo-. Siempre puedes seguir caminando, si caminas acompañado.
El viento silbaba en las montañas. Y ellos, dos hombres tan distintos, siguieron bebiendo su café, mirando hacia la niebla, sabiendo que en ese lugar y en ese momento, la amistad era su patria común.
