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Por: Rubén Darío Ceballos

A decir de algunos, se han logrado avances en lo municipal y departamental; otros sostienen que enfrentamos problemas graves, tales como un desarrollo urbano sin planificación, falta de control gubernamental sobre las calles, inseguridad pública, vida cultural desarticulada, ciudadanía con bajas tasas de participación, no hay que se diga, proyectos a estos tenores conceptualmente definidos, lo que si bien es fallido, puede recomponerse.

Hoy por hoy la tendencia planetaria para el buen gobierno en las ciudades reside en darles más entidad, deberes, funciones y responsabilidades a los gobiernos locales. Más funcionalidad, eficacia y autonomía. Proveerles la posibilidad de resolver con eficacia y prontitud las demandas más sentidas de la ciudadanía, vigilar la correcta aplicación de los usos de suelo. Más gobernabilidad. Todo lo cual en el entendido que buen gobierno es el que proporciona y garantiza servicios públicos con eficiencia y calidad; el que promueve la transparencia y una opinión pública libre y responsable; el que garantiza salud, educación de calidad, seguridad y bienestar a los ciudadanos; y, el que crea las condiciones favorables para un crecimiento económico estable y generador del bien común.

Ir hasta tener una visión de desarrollo urbano integral, recuperar el control de las calles, combatir la inseguridad, impulsar la vida cultural y deportiva, conceptualizar a la movilidad como política de Estado, al igual que impulsar la participación ciudadana libre y democrática.

Requerimos transformaciones de la “mala” realidad, ahondar en los planteamientos, debelar la corrupción, la intención de extorsionar de algunos funcionarios, descartar la impunidad que se filtra, como cultura y método de gobierno en algunos casos, lo cual prolonga las prácticas corruptas, lo que es además de malo, peor para la buena marcha gubernamental y administrativa pública.

Los problemas más complejos, aquellos que resultan aparentemente imposibles de resolver o frenar y, que con el tiempo, cambiarán la vida de los habitantes de forma irreversible, deberán consultarse con la ciudadanía, informarla, más cuando tales proyectos van a cambiar, a transformar su vida. Lo que se requiere es orden urbano y una planificación motivada no por la utilidad en sí misma, sino por el bien común y lo que representa.

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