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El matrimonio no fue pensado para hacer feliz a nadie

Opinión Caribe

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Por Stella De Ávila*

Cuando digo esto a personas que están atravesando una crisis de pareja se sorprenden.  Pero es lo primero que hago para que asuman la responsabilidad que les corresponde ante la dificultad que están enfrentando.

El matrimonio es una estructura con un significado sociocultural.

Es sociopolítico porque brinda filiación, posición y asignación dentro del tejido social.

Socioeconómico y afectivo; porque se concreta y legaliza entre  parejas que unen sus vidas afectiva y sexualmente para crear una nueva familia.

Antiguamente los vínculos socioeconómicos eran muy rigurosos y aún hoy  como soporte que garantiza el bienestar material de la pareja y de los hijos que puedan llegar, es un aspecto importante al considerar  una unión conyugal.

Esto no quiere decir que entre una pareja que decida casarse no exista el amor. Lo que quiero decir es que a veces el amor no es suficiente.  Ni siempre el amor es la causa directa para realizar una alianza matrimonial.

Somos seres afectuosos que necesitamos compañía amorosa. Lo ideal es vivir en pareja, pero,  solo por esa razón las personas que están casadas, no son más felices que aquellas que están solteras o divorciadas.

Hago esta aclaración porque alrededor del matrimonio hay muchas fantasías alimentadas por nuestra cultura.  La mayoría de los cuentos infantiles, novelas románticas, famosas películas, terminan el día que los protagonistas se casan, añadiendo al final una frase lapidaria. “Y vivieron felices”. Como aquél que cierra un ciclo, se muere, porque después de eso, ya no existe nada más… Si somos sinceros en muchas ocasiones eso es lo que sucede.

Cuando nos unimos a otra persona arrastramos con nosotros toda nuestra historia. Creencias, experiencias, modelos a seguir, costumbres, valores, y todo ello concluye en un vórtice común que puede ser un campo de cultivo para el amor, para la construcción positiva, o un campo de conflictos sin solución.

Es una falacia del imaginario común, decir que entre más dispar es la pareja, más se atraen.  Al contrario, mientras más similitudes tengan, mayores puntos de congruencia encontrarán.

Sin embargo siendo la elección de pareja una de las decisiones de mayor relevancia en nuestras vidas, en muchas ocasiones llegamos a ella sin la madurez suficiente.  Y así iniciamos el camino más importante de nuestra existencia sin tomar real consciencia de la incidencia que tendrá para nuestro futuro.

La pareja desde una perspectiva biológica y espiritual, es el principio creativo a través del cual se abren las puertas de la vida. Todos los que estamos aquí venimos de un hombre y una mujer que por lo menos se unieron en la sexualidad y que en algún momento, formando pareja o no, quedaron ligadas a través del hijo.

Sin embargo, uno más uno, no siempre suman tres, es decir en muchos casos aunque el matrimonio se sostiene por los hijos, no siempre los hijos son suficiente para llenar el vacío de una relación.  Como tampoco es necesario que existan hijos para estar unidos.  La  pareja puede mirar junta hacia otros proyectos, a otras creaciones, vivencias, a un camino compartido y por suerte feliz.

El amor tiene muchas dimensiones, las parejas que se brindan mayor felicidad son aquellas que están presentes en lo que los griegos llamaban los tres amores.

La primera dimensión a integrar es  “Eros”. El erotismo, el gusto, la pasión, la incentiva en la pareja es la motivación primaria que genera profundas ataduras. La sexualidad incluso biológicamente crea un lazo de unión, una yunta muy fuerte.  Es la sexualidad lo que abre el vínculo que nos permite vibrar con la vida.

La segunda dimensión la llamaban “Filias”. Amor filial. Que es un amor  de cuidados, más maternal, femenino, es la ternura.  Lo cual nada tiene que ver con el sexo al que se pertenece, sino con la sensibilidad, con la capacidad que tenemos las mujeres y los hombres de abrirnos al amor, a la entrega.

Y el amor “Ágape”, identificado como el amor de padre, es la parte masculina en la relación. Es admirativo, cooperativo, implica respeto, consideración, compañía, protección.  Cuando la pareja logra integrar estos tres amores, se experimenta como un cierto bienestar que  produce alegría, plenitud,  hace que la relación sea sostenible y se fortalezca con el tiempo.

Mientras más dimensiones integremos en la relación, más rica, intensa y complementaria será.  Hay que ser amantes, amigos, cómplices, aprender a reír, a llorar juntos, a perdonarse y a volver a comenzar, cuando las circunstancias de ese largo camino así lo requieran. Mientras más aromas y sabores tenga el amor entre una pareja, es más rica la relación y suman al placer de estar juntos.

Sin embargo, y siendo esto lo ideal no siempre sucede así.

La famosa frase “hasta que la muerte los separe”, suena como una profecía, y puede ser un premio o una condena.

Sería tan bonito amarnos siempre bien y aunque la intención inicial es esa, en ocasiones no sucede.

Muchos hombres y mujeres creen que el matrimonio decreta una carta de propiedad sobre la otra persona,  le pertenece, y por tal razón no necesita hacer ningún esfuerzo para tenerla.

Ya no importa la conquista, la magia se termina, la rutina acaba poco a poco con el romance. Algunos(as) se descuidan tanto físicamente como en su construcción personal, y se quedan estancados repitiendo por años las mismas rutinas, conversaciones, actividades. Sin crecer, sin desarrollarse, sin crear nuevas expectativas. Y comienzan a reflejar en el otro(a) todas sus frustraciones. A veces la pareja es el espejo donde no nos queremos mirar.

La pregunta es  ¿Cuál sería entonces el sentido de la pareja como tal?

Debemos comprender que la pareja por sí misma, no es símbolo de felicidad.  Pero estar en pareja con la persona adecuada, es maravilloso. Nos da la oportunidad de vivir  en plenitud esa dimensión única del amor  que da la intimidad compartida y que permite experimentar la vida en toda su complejidad. Pero es un espacio de trabajo, de entrega, de generosidad, de abrirnos sin condiciones para vivir el amor. Y eso implica perder el miedo a sentir dolor.

La pareja debe aprender no solo a disfrutar, sino también a limar asperezas, hay que saber vivir el dolor, cuándo el dolor llega. Dolor con los hijos, con la vida, el dolor que tú puedas hacer algo que a mí me duela en algún momento o, que yo lo pueda hacer, y tendremos que atravesarlo.

Trabajar en los conflictos, en las diferencias, en las decepciones. Sin hacer grandes ruidos. Aceptar que las cosas no son siempre como queremos, requiere una gran dosis de madurez. Entender que el otro no ha venido a este mundo a satisfacer todas nuestras necesidades, a llenar nuestros vacíos, nuestras carencias.

Debemos llegar al matrimonio con la firme convicción de aprender a negociar, con la comprensión que además de amarnos iniciamos una empresa, un proyecto a  largo plazo que puede  implicar un “para toda la vida”. Tenemos que aceptar que en realidad cuando asumimos esta decisión ya no somos tan libres porque la pareja, la familia, en muchas culturas incluso la nuestra, está enmarcada por requerimientos sociales y económicos, que en la mayoría de los casos son muy limitantes. Y en ese compromiso quedan involucrados lo más importante, los hijos.

Debemos trabajar todos los días para establecer intercambios valiosos que generen satisfacción, un ambiente amable y acogedor donde vivir,  y desarrollarse en positivo.

Sin embargo,  a veces también hay que saber cuándo rendirse, hay que decir, hasta aquí llego, salgo de este campo de sufrimiento, esto se agotó. Y eso, requiere una gran cuota de valor.

Hay parejas donde progresivamente el intercambio negativo se hace muy alto. En lugar de apreciarse de desprecian, en lugar de decirse cosas buenas, se dañan con palabras, con acciones destructivas, o peor aún, no se dicen nada, convirtiendo al otro en parte del paisaje donde ignorarlo es lo mejor.

El vínculo también es muy fuerte en el intercambio negativo.

Hay parejas que han pasado treinta y más años, juntos luchando, maltratándose, tratándose de la peor manera posible.  Pero temen separarse, temen enfrentar la sociedad, temen  con horror a la soledad, al desgarre de dejar atrás toda una vida, y esto para la mayoría es muy difícil de enfrentar, sobre todo  si hay hijos.  Y es que la dependencia afectiva , se hace más fuerte cuanto más tiempo llevan juntos y cuánto más han vivido y cuanto más han intercambiado y cuanto más han “aguantado”.

¿Cuál es la razón que nos lleva a estancarnos en estos procesos de sufrimiento, formando vínculos de infelicidad, sin poder tomar ninguna decisión, ya sea de mejorar la relación o,  separarse?

La codependencia es la razón por la que las personas se meten en el sufrimiento, que como fuertes cadenas atan a las relaciones destructivas sin poderse desatar.

La forma como se nos educa deja de lado la importancia que tiene  la inteligencia emocional. Y se diseñan roles de comportamiento que desarrollan solo la mitad de ese potencial  tan decisivo para tener éxito en cualquier área de la vida.

El hombre debe aprender a   aguantar el dolor, no expresar sus sentimientos, debe ser competitivo, buen proveedor. En la medida que el niño crece ya no hay demostraciones de cariño como besos y abrazos con su padre, y en algunos casos también se aísla de la madre. Al hombre se le va educando para que no tenga capacidad de expresar sus sentimientos, y de tanto reprimirlos ni siquiera los aprende a interpretar.  Hasta el punto que muchos de ellos huyen del compromiso emocional, dejando sus relaciones de pareja solo en el plano sexual, sin involucrar la parte afectiva.

A la mujer se le educa para que confunda ser femenina con ser débil, dependiente, frágil. La fuerza y la independencia son cualidades masculinas.  Incluso se habla de buscar tu otra mitad,  la media naranja, tontería más grande de nuestros imaginarios, porque nos están vendiendo una codependencia.

El problema es que cuando hay una parte de mí que no puedo ver. En el hombre; la ternura, la debilidad, la sensibilidad. Y en la mujer la fuerza, la independencia, la capacidad de afrontamiento, hay un vacío en la personalidad.  Cuando una persona tiene esas falencias, es probable que termine haciendo proyecciones.  El hombre busca en la mujer la parte que no desarrolló en su personalidad, que no reconoce en él, (ella es divertida, descomplicada, espontánea, o es débil, sensible, sumisa)

Ella busca un hombre exitoso, agresivo, fuerte, que la haga sentir segura           .  Se enamoran y se casan. No ven realmente como es la otra persona, cuáles son sus defectos y virtudes.  Algunos años más tarde, eso que los enamoró es lo mismo que no soportan.  Él va a decir, ella es inmadura, superficial, primaria. O, es inútil. Insegura, dependiente.

Ella va a decir: es posesivo, dominante, violento, egoísta, indiferente. O, si económicamente no está produciendo lo esperado, es un fracasado. Esto se puede dar también a la inversa, la mujer fuerte, el hombre débil.

Para entonces tienen dos o tres hijos y un verdadero problema. Es en ese momento cuando surge la pregunta silenciosa. ¿Qué le vi? ¿Qué me paso? ¿Estaba ciego o ciega?  Claro que son ciegos, la persona no se da cuenta porque escogió esa pareja. No sabe que la forma como fue educado, lo que vivió en su niñez, lo que escuchó; como era la a dinámica de sus padres en amarse, o en amargarse la vida y disimular ante el mundo. Los valores, las expectativas familiares, crearon un marco de referencia que influyó en sus prioridades, elecciones y decisiones en la adultez.

Cuando la gente se mete en la codependencia, pueden seguir toda la vida juntos, aguantando, resistiendo, una relación por conveniencia. O pueden llegar a separarse y es allí cuando el sufrimiento es terrible para alguna de las partes, o para los dos. Porque cuando se separan se les va con la pareja lo  que los hace infelices pero que necesitan para sentirse completos.

En la gama de las relaciones de pareja encontramos muchos contrastes de codependencia.  No siempre el que se muestra más fuerte lo es, camufla su debilidad, sus miedos tras una fachada de autosuficiencia, a veces agresiva, de confrontación, dominante, atemorizante. Ese tipo de personalidad, busca a un débil, que sienta temor ante él o ella, para alimentar su necesidad de seguridad. Y la persona débil, crea su fortaleza a partir de la manipulación, la adulación, el servilismo. Complementándose.

Para un salvador, siempre habrá una víctima dispuesta a dejarse salvar, para un egocéntrico, un adulador, para un inseguro, un controlador. No hay víctimas ni victimarios, hay acuerdos que nos permitan seguir alimentando la adicción.

Las crisis se presentan algunos años después del matrimonio, cuando una de las dos partes, o las dos caen en cuenta del error cometido.

Entonces surge el cuestionamiento.  ¿Qué hago? ¿Me divorcio? Y, ¿Qué hago con los niños? No tengo dinero suficiente para afrontarlo. Y empiezan a “aguantarse”, ya no están enamorados, ya no se abrazan, no se besan, no se tocan, sus conversaciones son cada vez más pobres y sus relaciones sexuales, cada vez más escasas y rutinarias.

El simplemente se dedica a ser padre, y ella a ser madre. Y esa es la dinámica que establecen la gran mayoría de los matrimonios. La buena noticia es que usted está dentro de la minoría  restante.

¿Qué tenemos que hacer para recuperar nuestra relación de pareja, o si aún estamos en camino de encontrarla poder entablar un sano intercambio desde el principio?

Fortalecer nuestras partes débiles, y sensibilizar nuestras partes fuertes, aprender a comunicarnos con nuestras emociones, con nuestros sentimientos, aceptarlos y si es posible permitir que afloren, empezar a sentirlos, a reconocerlos, a no temerles, y lo más importante a expresarlos.

Tornarte un ser completo que puede priorizar su parte femenina pero cuando lo necesita surge la fortaleza. O priorizar la parte masculina pero cuando lo necesite dejar aflorar la sensibilidad, la parte tierna.

Convertirnos en seres que puedan establecer una relación rica, sana, productiva, que sea sostenible y se desarrolle para darnos grandes satisfacciones en el tiempo.

Es necesario tener un proyecto de vida personal que nos permita crecer, mejorar, de ese modo podremos enriquecer la relación; y un proyecto en común que desarrollemos juntos. Las relaciones de pareja en que uno de los dos se preocupa por superarse como persona y como ser humano, mientras que el otro permanece estático, tienden a desequilibrarse a desaparecer.

Estos elementos hacen que la relación madure, que vaya más allá de la atracción inicial, así mismo enriquece la sexualidad, esa parte tan importante de la vida en pareja haciendo que el enamoramiento inicial de paso a un verdadero y duradero amor.

El arte de saber vivir es lograr el orden en nuestras relaciones y esto tiene que ver con que cada quien esté en el lugar que le corresponde. Eso significa que como adultos debemos ponernos en relación de equidad al lado de la otra persona para un camino en común, mientras dure.

Por último, un gran tema cuando hablamos de pareja es: ¿somos monógamos? O, no somos monógamos. La  fidelidad, la no fidelidad.  Este asunto aunque sea brevemente es inevitable tocarlo.

En esto me limitaré a decir: hay ciclos de vida. No es lo mismo la pareja a los veinte, que a los treinta, que criando hijos, o cuando los hijos ya crecieron.  La impermanencia forma parte de la vida, nada es estático, nadie puede garantizar lo que va a pasar mañana. Y en el tiempo de vida de una pareja, pueden presentarse crisis, desacuerdos por diferentes motivos, las personas cambian, los intereses que los unieron ya no son los mismos, incluso la rutina genera desgastes en la relación.  Basta haber vivido muchos años, para darse cuenta que la vida tiene demasiadas curvas y rectas, recovecos, sorpresas, y no la dominamos únicamente con nuestra voluntad, ni siquiera con nuestras intenciones. Sino que a veces tiene voluntad propia.

Cuanta gente es tomada por uno de esos movimientos de la vida, y sacada de su zona de comodidad cuando se apasiona por otra persona. Termina pagando una cuota   de dolor muy alto ante cualquier decisión que deba tomar. Porque en cualquiera de ellas tiene mucho que perder.

Yo diría en este caso que la palabra fidelidad no tiene cabida cuando nos referimos a otra persona, porque fidelidad viene del latín “fidelitas”, que quiere decir “siervo de”, reconocer que tienes un amo, que perteneces a alguien, y eso no es posible porque sería entregar tu soberanía, tu libertad.

Diría más bien que en la relación de pareja cabe la palabra lealtad, que se refiere a compromiso a responsabilidad.

Cuando amas a tu pareja, no eres fiel a ella, eres fiel a ti, a lo que sientes por ella, y en consecuencia eres coherente con tu realidad.

Pero si por alguna razón tu corazón está en otro lugar. Puedes seguir siendo leal al compromiso, responsable, respetuoso, pero en cuanto al sentir… eso es ajeno a tu voluntad.

En esos casos hay que sopesar; si el dolor de lo que puedes perder, es superior a la felicidad que puedas ganar.  Solo entonces en consecuencia actuar, o simplemente no hacerlo, y dejar que los procesos de la vida sigan su curso, sin forzar.

“A veces estamos con la persona correcta, por las razones incorrectas;

Y a veces estamos con la persona incorrecta,

Por las razones correctas” “D. Rivera

 

*Psicóloga. Entrenadora

Personal (Coach con PNL)

Maestría en Terapia de Familia.

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