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¿Por qué son importantes los partidos?

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Marcela Escandón Vega

Además de los candidatos que se han inscrito a nombre de los partidos políticos ya reconocidos, otros colombianos desean llegar a la presidencia de la República a través de recolección de firmas.  ¿Igualdad de oportunidades o desorden del sistema político? ¿Apertura democrática o colapso de los partidos?

El domingo 11 de marzo de 2018 se llevarán a cabo las elecciones presidenciales. En esta ocasión es posible que los colombianos deban enfrentarse al tarjetón de elección presidencial más grande y confuso de la historia política del país.

En Colombia, el país del bipartidismo elitista y la exclusión política, ahora hay 8 candidatos presidenciales por fuera de los partidos políticos existentes. ¿La razón? Nuestra Constitución política y leyes electorales permiten que grupos significativos de ciudadanos inscriban candidatos por fuera de los partidos políticos una vez reúnan más de 350 mil firmas. Esta posibilidad, si bien fue aprobada como medida de apertura política y fomento a la participación, también puede tener consecuencias no deseadas.

UN POCO DE HISTORIA

En 1990, la Asamblea Nacional Constituyente incluyó en la nueva Carta Política un conjunto de medidas para hacer menos rígido y excluyente el sistema político, facilitando la creación de partidos y estableciendo mecanismos de participación ciudadana.

Sin embargo, desde 1991 hasta la actualidad, se han discutido y aprobado muchas medidas para ‘racionalizar’ el sistema y evitar abusos como los partidos que se creaban en torno a un solo individuo y la atomización extrema de estas colectividades, las cuales presentaban muchas listas electorales para obtener más cargos públicos a costa de generar profundas divisiones internas (fenómeno conocido como la ‘Operación Avispa’). A modo de ejemplo, cabe mencionar que en 1998 había 80 partidos aspirando a una curul al Senado de la República, cuando en 1991 (a pesar de la novedad de la Constitución y su apertura política) eran solo 22 .

Así, reformas políticas como la del 2003, 2009 y 2011 han apuntado en este sentido con medidas como prohibir la doble militancia (pertenecer a dos partidos al mismo tiempo), crear el umbral electoral, las listas electorales únicas, el voto nominal y público en el Congreso, la actuación unificada del partido como una bancada, los límites a la financiación de campañas y las sanciones políticas (como la silla vacía) disciplinarias, económicas e incluso penales a estas colectividades.

Pese a esto, hoy se requieren solo un par de cartas, unos estatutos y 50 mil firmas para crear un partido y obtener la personería jurídica . Esto sigue facilitando el personalismo. Mientras la política debería ser la deliberación democrática y la toma de decisiones de manera colectiva e incluyente, las reglas de juego favorecen la existencia de campañas políticas basadas en individuos. Incluso algunos de los candidatos ‘independientes’ pueden estar apuntándole a tener su propio partido de bolsillo al recoger firmas y/o ser elegidos.

LA ESTRATEGIA ATRACTIVA

Pesos pesados del actual panorama político como Germán Vargas Lleras, quien radicó 5.522.088 y le avalaron 2.752.287; Alejandro Ordóñez, quien llegó con 2.208.543 y pasó con 841.460; Carlos Caicedo, que presentó 2.058720 y le avalaron 885.599; Piedad Córdoba, quien entregó 1.316.386 y logró 836.790 válidas; Sergio Fajardo, que llevó 1.019.341 y salió con 674.471 correctas; Juan Carlos Pinzón, inscrito con 869.250 y avalado con 569.042; Gustavo Petro, quien registró 852.345 y LE avalaron 550.337; y la última fue Marta Lucía Ramírez, que presentó 821.880 y tuvo 440.502 válidas. Ellos aspiran a la presidencia por fuera de los partidos políticos, aunque todos pertenecían a uno o aspiran a ser sus candidatos.

Pero, ¿a qué se debe este aumento de interés en llegar al poder por fuera de los partidos? Algunas posibles explicaciones permiten comprender mejor el fenómeno descrito y las principales razones de estos candidatos para separarse de los partidos son:

  • Proyectar una imagen de independencia.
  • Separarse del desprestigio de los partidos políticos.
  • Iniciar la campaña antes de tiempo (recogiendo firmas y teniendo contacto con los ciudadanos).
  • Evitar la negociación con líderes de los partidos y facciones internas.
  • No tener que someterse a consultas internas (diversos precandidatos que se enfrentan en elección popular previa).
  • Recibir el apoyo de ciudadanos inconformes.
  • Criticar a la ‘clase política’ y los partidos, tildándolos de corruptos y tomando las banderas de la transparencia.

La estrategia resulta aún más atractiva si se tiene en cuenta que estos candidatos, además, luego de crecer en las encuestas, podrían llegar a recibir apoyos de diversas coaliciones, favoreciéndose de las maquinarias locales de los partidos sin tener que comprometerse desde el comienzo con ellos. Así, paradójicamente, quienes hoy reniegan de los partidos o se apartan de ellos para seguir en contienda, conocen muy bien la importancia de los partidos políticos, aún en Colombia.

¿POR QUÉ SON IMPORTANTES LOS PARTIDOS?

¿Por qué resulta problemático que existan tantas candidaturas por fuera de las colectividades formales ya existentes? ¿Por qué preocuparse por los partidos, si están desprestigiados por buenas razones? La respuesta no es sencilla. Los partidos políticos –aunque nadie confíe en ellos- cumplen una importante función en cualquier democracia. Si bien existen tantas definiciones como autores dedicados al tema en la Ciencia Política, una general es que los partidos son “organizaciones populares que le dan forma a la opinión pública en las democracias modernas (…) el rol de todas esas instituciones es ganar poder político y ejercerlo”.

Los partidos son ‘atajos de información’ que permiten a los ciudadanos ubicarse en el mundo de la política. Informarse y participar acerca de todas las decisiones públicas y todos los temas que nos afectan es imposible. Para ello, elegimos representantes que aprueban o rechazan propuestas según las preferencias de sus electores. Estos representantes y otros políticos se relacionan entre sí, y con la ciudadanía en general, a través de los partidos.

Si un partido de tendencia conservadora se opone a una ley, un ciudadano conservador debería poder identificarse con esa postura y rechazar la ley igualmente, aunque no la haya leído en su totalidad o no comprenda buena parte de su contenido. Lo mismo debería suceder con un partido ambientalista u otro a favor de los derechos de los homosexuales y la comunidad Lgbti. Si comparto las preocupaciones de sus miembros, entonces, puedo escoger entre sus candidatos con tranquilidad. Sus propuestas, además, deben representar mis preferencias y visión de cómo debería ser la sociedad.

Sin embargo, si el sistema falla, los partidos no funcionan como atajos de información. Las posturas de un partido, su nombre y sus estatutos no dicen nada sobre sus miembros y, por ende, una persona con tendencia liberal en asuntos económicos -que apoya la libre empresa y la poca intervención del Estado en la economía- podría estar en un partido político que propone impuestos altos y una regulación estatal de la economía. Del mismo modo, un político con una postura antiaborto podría terminar en un partido que propone despenalizarlo en todos los casos.

Por ello, los votantes se confunden, no se sienten representados, se les dificulta informarse y los partidos no resultan útiles, no permiten el debate para la generación de consensos y no consiguen ejercer coordinación entre sus miembros y control a otras colectividades.

Adicionalmente, otras importantes funciones de los partidos se ven truncadas en este caso, en especial, la elaboración e implementación de políticas públicas y el ejercicio coordinado de oposición al gobierno de turno.

En síntesis, los partidos son fundamentales para la deliberación y la representación en cualquier democracia. Sin embargo, en Colombia, la defensa de los partidos resulta difícil gracias a los políticos condenados por diferentes delitos, los escándalos de corrupción, la poca transparencia en la toma de decisiones y una profunda desconexión con el electorado. Por eso, uno de cada dos colombianos declara no tener afinidad con ningún partido político existente y siete de cada diez no cree en los partidos o movimientos.

El fenómeno no es exclusivo de Colombia. Desde hace varias décadas se llevan a cabo distintas mediciones sobre la percepción de la política y la mayoría de países, los partidos son vistos como las instituciones más corruptas . Los congresos o entidades legislativas también están desprestigiadas, en buena medida, por el desconocimiento sobre cómo funcionan. Ante este panorama, los políticos tienen pocos incentivos para adelantar sus campañas con las banderas partidistas.

EN CONCLUSIÓN, ¿LOS NECESITAMOS O NO?

Sin lugar a dudas. Puede que las candidaturas por fuera de los partidos sean determinantes en las próximas elecciones presidenciales, pero quien quede elegido necesita de los partidos para gobernar y quienes pierdan los necesitan para ser oposición. Además, los partidos son fundamentales para la consecución de votos (tanto desde la identificación con las ideas que promueven como a través del clientelismo) y la conexión entre la política regional y nacional. Por esto, muy pronto, hasta los más independientes, tendrán que alinearse tarde o temprano con algún partido político.

Las razones, finalmente, no son sólo pragmáticas. Como se ha mencionado, los partidos son fundamentales para la democracia porque representan las preferencias de los ciudadanos, formulan las políticas, direccionan los debates, controlan los gobiernos de turno, canalizan las demandas sociales y, en síntesis, ejercen el poder público. A pesar de la corrupción y desconexión con los ciudadanos, los partidos en Colombia son igual de importantes. Deben fortalecerse, no eliminarse. Para ello, los ciudadanos debemos escoger de manera informada el partido que mejor representa nuestros intereses, exigir cada vez más transparencia en el interior de este y participar activamente en los debates y decisiones que definen su futuro.

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