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Honrar la palabra 

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Palabra es vocablo, voz, expresión. Unidad léxica formada por un sonido o un conjunto de sonidos articulados, que se asocia a uno o varios sentidos, y que posee una categoría gramatical determinada. Representación gráfica, por medio de letras o signos, de dichos sonidos. Facultad de hablar de una persona. Promesa u oferta que hace una persona a otra. Empeño que pone una persona en la verdad o confiabilidad de lo que dice o afirma. Instrumento de comunicación y fundamento de la condición humana como seres responsables que buscan por encima de toda circunstancia la verdad y da cuenta de la responsabilidad por el pensamiento.

De ahí la importancia ineludible de honrarla siempre y no verla convertida jamás como hoy la vemos, en un proceso de devaluación y perversión acelerada como vehículo de la verdad. Asistimos desafortunadamente a su declive, a su pauperización, pues ya no es lo que solía ser, un todo, una especie de escritura pública. En síntesis, tenemos que decir que la palabra ya no es, pero esperanzados estamos en que vuelva a ser lo que nunca ha debido dejar de ser.

Vemos tales asertos en todo, pero especialmente en los discursos de todo orden, llámense políticos, sociales, científicos e incluso académicos, convertidos en peroraciones perversas por parte de quienes no quieren asumir responsabilidad por su pensamiento, convirtiéndose en vulgares repetidores de consignas, aforismos, certezas, cifras y datos. Difícil hoy creer en algo o alguien por esa deshonra y devaluación de la palabra, cuando debe ser un medio privilegiado de la verdad en toda su dimensión y no la que suplanta, o mejor, desplaza lo justo y lo correcto.

Cercanos a unas nuevas justas electivas, se impone como exigencia que nos empeñemos en que nos devuelvan calor a la palabra, que la honren, que no la sostengan en las apariencias, las inconsistencias y ningún sostenimiento de la palabra como tal. Razones para reclamar y reivindicar que la palabra valga. Que quienes aspiren a obtener el favor de los votantes digan verdades, se valoren y no caigan como la mayoría de los candidatos, políticos, gobernantes y tantos otros en la charlatanería, la embuste, la mentira, el engaño, el fingimiento, la falsedad, la culebrería, la hipocresía, el doblez, la promesa ilusoria, la feria de lo inexistente, donde el más hábil, osado y persuasivo podría hacerse a dicho favor logrando su propósito de ser electo en la procura de sus intereses personales o de grupo. Realmente, queremos que en verdad y por la verdad le sea devuelto de una vez por todas el valor a la palabra que bastante falta le hace.

 

 

 

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