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2025: quinientos años de Santa Marta, ni “Leyenda Rosa” ni “Leyenda Negra”
Por: Álvaro Morales Sánchez
Al acercarse la fecha en que se cumplen 500 años de la fundación de Santa Marta por el español Rodrigo de Bastidas, vuelve el debate entre quienes consideran que fue nefasta la llegada de los españoles y otros europeos a tierras americanas y quienes creen que lo mejor que pudo pasarles a los habitantes originales de este continente fue el haber sido “descubiertos” por los europeos. En otras palabras, se ha despertado la vieja pugna entre la “Leyenda Negra” y la “Leyenda Rosa” como se les conoce a estas dos interpretaciones de la incursión de los europeos en las tierras de aztecas, mayas, caribes, muiscas, incas y otros pueblos originarios de estas tierras y el proceso realizado para convertirlas en sus colonias.
El análisis de lo que significó para esta región del mundo la incursión de los navegantes europeos desde finales del siglo XV, su asentamiento en lo que llamaron inicialmente las Indias Occidentales y la fundación de numerosos poblados que dieron origen a muchas de las actuales ciudades, como es el caso de Santa Marta, debe recurrir a la ciencia histórica antes que a las visiones parciales, incompletas y subjetivas que con una buena dosis de apasionamiento nos pueden llevar a una lectura equivocada de los procesos históricos e incluso a impulsar acciones erróneas frente a lo que se debe hacer cuando se completan ciclos como los centenarios, bicentenarios o medio milenio como en nuestro caso.
Para fortalecer esta idea traigo a colación esta cita del historiador Gustavo Quesada: “La historia, su investigación y su difusión, y la memoria histórica siempre expresan las luchas de clases y el punto de vista de grupos de hombres concretos. Pero esto no nos puede conducir al relativismo, pues ante todo la historia es una disciplina científica. Y esta disciplina nos enseña, que, pese a las miradas subjetivas y sentimentales, parcializadas y carentes de una visión de contexto más general, no hay espacio ni para la “Leyenda Rosa” ni para la “Leyenda Negra” cuando valoramos el 12 de octubre de 1492 y en general el descubrimiento de América.”[1] ¿Por qué no son adecuadas ni la Leyenda Rosa ni la Leyenda Negra para enmarcar dentro de alguna de ellas la fundación y la existencia de Santa Marta desde hace 500 años? En los párrafos siguientes quiero proponer algunos elementos de análisis histórico que contribuyan a responder esta pregunta.
Según la Leyenda Rosa, tras el Descubrimiento, España se convirtió en el país europeo que fue capaz de incorporar al mundo “civilizado” de entonces, siglos XV y XVI, a todo un continente habitado por seres salvajes o semi-salvajes que recorrían semidesnudos unas tierras exuberantes, que adoraban diversos dioses y desconocían el valor del oro que utilizaban para enterrar a sus muertos. Sustituir las religiones politeístas por una única religión monoteísta, fue para la época un avance de la concepción mágica del mundo. También fue avance obligar a los nativos a cubrir con ropas su humanidad, asentarse en territorios fijos y abandonar la trashumancia, construir familias monogámicas, dejando atrás la poligamia y el incesto, utilizar para comunicarse entre sí y con los colonizadores una sola lengua, el español, en vez de la diversidad de lenguas que hablaban los pueblos nativos, según la familia lingüística a la que pertenecieran. Todas estas acciones están estrechamente ligadas al trabajo de la Iglesia Católica que, con misioneros de varias comunidades religiosas, acompañó la empresa de los conquistadores con el fin de difundir su fe, luchar contra las creencias y costumbres de los nativos, consideradas paganas, para incorporarlos a la cristiandad y salvarlos del infierno al que estaban destinados por su vida pecaminosa[1].
No aluden, sin embargo, los defensores de la Leyenda Rosa, al hecho de que todas estas acciones de incorporación de los naturales americanos a la fe católica y la consiguiente desaparición de sus creencias y mitos fueron impuestas a sangre y fuego por conquistadores que blandían en una mano la cruz y en la otra la espada, no sólo para imponer sus ideas religiosas y su lengua, sino para arrebatarles sus riquezas a los nativos y esclavizarlos a su servicio, muy a pesar de que algunos de los misioneros intentaron realizar su labor evangelizadora en forma pacífica y presionaron al monarca español para que expidiera leyes que prohibían la esclavitud directa de los indígenas y creaban los resguardos, aquellos territorios que les “concedían” a los indígenas para habitarlos con sus familias y aprovecharlos productivamente, luego de haberles despojado de las mejores extensiones de sus tierras para entregárselas en forma de “encomiendas” a los españoles que llegaran a ellas y plantaran la bandera del imperio español declarándolas de propiedad suya.
Las “Nuevas Leyes” fueron promulgadas en 1542 por Carlos I para proteger a los indígenas de los desafueros cometidos por los conquistadores durante los cincuenta años transcurridos desde el arribo de Colón al Nuevo Mundo, a quienes, en las primeras incursiones, sólo les interesaba llegar a despojar a los indígenas de la mayor cantidad de riquezas que pudieran acumular para devolverse a España a comprar títulos de nobleza y darse la gran vida; sin embargo, los que decidieron permanecer definitivamente en América, a quienes los movía su interés por tener los cargos de mando, poseer las mejores tierras y explotar la mano de obra indígena en sus plantaciones, en las minas o en el servicio doméstico, no acataron la normativa de la Corona. Y cuando la población indígena comenzó a diezmarse por las duras jornadas de trabajo, las enfermedades y el maltrato, los españoles acudieron a la compra de esclavos africanos que les suministraban principalmente los tratantes portugueses.
Para el caso de la conquista de Santa Marta, algunos historiadores suelen presentar una imagen romantizada de su fundador Rodrigo de Bastidas, a quien le atribuyen bondades y tratos benevolentes a los indígenas que encontró en la región, para exonerarlo de culpa en el trato violento que, como en toda la América conquistada por España, se dio en este proceso de sometimiento de los habitantes originarios al dominio de los recién llegados. Sin embargo, al indagar en la vida del sevillano Bastidas, uno de sus biógrafos señala que, durante su permanencia en Santo Domingo, en donde vivió desde 1504 y fue un acaudalado comerciante propietario de tierras, además de ser nombrado Regidor, “La captura de caribes para esclavos se le presenta como buen negocio, habida cuenta la necesidad, cada vez más acuciante, de mano de obra que padece la Española. Para ello organiza diversas armadas, mandando algunas personalmente, así una a comienzos del año 1512, integrada por dos naos con gran éxito económico.”[2]. Y resume así sus actividades en la isla caribeña: “Suprincipal actividad se centra, como decimos, en el comercio, en sus múltiples aspectos: desde la captura del indio caribe para su venta como esclavo hasta el productivo negocio de las perlas; desde la cría de ganados hasta la agricultura, desde la venta de mercancías de Castilla hasta el rescate de oro con los indios.”[1]
El mismo autor registra que antes de obtener la Capitulación Real para explorar de nuevo la Costa Caribe desde el Cabo de la Vela hasta la desembocadura del río Magdalena –ya en su primer viaje a comienzos de 1502 a esta costa había recorrido desde el Golfo de Venezuela hasta Portobelo en Panamá- y fundar una ciudad, Bastidas había obtenido una Capitulación para explorar y fundar ciudad en la Isla de Trinidad, a lo que se opuso Diego de Colón, hijo y heredero de Cristóbal Colón, por considerar que su padre había descubierto y explorado ya ese territorio. Sin embargo, pese a que no hizo uso de ese permiso Real para fundar a Trinidad para no enemistarse con Diego Colón, Bastidas había tenido el propósito de asentarse en esa Isla para usarla como punto de partida para expediciones a las islas perlíferas más cercanas y “piensa además las enormes posibilidades que presenta para, una vez que ha sido autorizada la esclavitud del indio antropófago, organizar en ella un productivo negocio de esclavos, mayormente en estos momentos en que la mano de obra escasea alarmantemente en la Española.”[2]
Es necesario señalar, sin embargo, que, pese a su trayectoria como ganadero, agricultor y comerciante de perlas, de mercancías españolas y de indios esclavizados, no hay indicios de que en su segundo y definitivo viaje a lo que hoy es la costa caribe colombiana, en el que fundó a Santa Marta[3], Bastidas hubiera vuelto a sus prácticas de tratante de indios esclavizados. Friede (1989) dice que cuando volvió a estas tierras “era ya un anciano sin ambiciones de conquistador sino de un colonizador quien, como lo fueron Roldán y Balboa, quería echar raíces en esa tierra”[4]. En esta hipótesis se inscriben quienes afirman que la estrategia de Bastidas para cumplir a cabalidad su cometido de fundar una ciudad con vocación de permanencia, consistió en ganarse la confianza de algunas de las varias tribus nativas que encontró en la región, entre ellas las que poblaban las bahías de Gaira y Taganga, y junto con ellos enfrentar la resistencia que a su llegada presentaron las tribus Tayrona y Bonda. Algunos de sus subalternos no aceptaron estas alianzas y atentaron contra Bastidas produciéndole heridas que lo llevaron a embarcarse a Santo Domingo para buscar atención médica, sin alcanzar a llegar allí, desviando su nave a Cuba, donde murió, en 1527. La sucesión de Bastidas, asumida en principio por sus más inmediatos colaboradores y luego por enviados de la Corona, se centró en el sometimiento de los indígenas por la fuerza, en la captura de los rebeldes para ser enviados a Santo Domingo y vendidos como esclavizados, en el despojo de sus tierras y sus bienes, en la búsqueda de las vías más rápidas para el enriquecimiento (Friede, 1989).
Para cerrar este corto balance sobre la Leyenda Rosa es importante retomar la discusión en la Europa de entonces sobre el papel jugado por España en el proceso colonizador: “Tres aspectos constituyeron el meollo de la discusión: La legitimidad de España en América, la naturaleza de los indígenas y el modo de evangelizarlos. Para el primer punto la controversia se solucionó con las bulas papales, para el segundo y el tercero, se enfrentaron conquistadores y religiosos y los religiosos entre sí. Para la mayor parte de los curas seculares, los indios no eran hombres sino subhombres que tenían que ser sometidos violentamente, para los dominicos y otras órdenes de religiosos eran seres humanos y no se les podía esclavizar ni privar de su soberanía.”[1] [2]
“Del lado opuesto, los partidarios de “leyenda negra” señalan el saqueo durante todo el siglo XVI de las riquezas producidas por los indígenas. El oro, la plata y las piedras preciosas, adornos de los hombres y mujeres nativos, de sus templos y de sus tumbas, fueron objeto de rapiña por los conquistadores y para conseguirlos no se detuvieron en exterminar, incendiar, saquear, secuestrar, etc. Tan impactante fue el afán por el oro –Que yo encuentre oro, el oro abre las puertas del cielo, dejó anotado Cristóbal Colón en su Diario de a Bordo-, que en algunos pueblos indígenas al ver llegar a los españoles les arrojaban oro para que se alimentaran, pues creían que este era su comida.”[3] Así reseña Quesada (2020) la Leyenda Negra, que recoge todas las atrocidades que practicaron los colonizadores españoles -y también los portugueses, franceses, ingleses, holandeses y todos los europeos que arribaron a América a partir del siglo XVI-. El avasallamiento a que fueron sometidos los indígenas americanos se agrava con la importación de más de doce millones de personas traídas desde el continente africano para ser esclavizadas, entre los siglos XVI y XIX. Todo ello contribuye a reforzar la esencia de esta interpretación según la cual el proceso de conquista y colonización fue para América un desastre y que los pueblos habitantes de esta región del mundo hubieran tenido un destino mejor sin la llegada de los europeos. Sin embargo, a pesar del peso que tiene el argumento de que la barbarie fue un aspecto determinante del sometimiento de América a los europeos, la conclusión no puede ser que fuera un acontecimiento histórico equivocado. Veamos por qué: El proceso histórico de transición de una formación social a otra más compleja no es algo que se desarrolle sin traumatismos y en cortos períodos temporales. En Europa el tránsito del comunismo primitivo a la sociedad esclavista y de ésta al feudalismo fue un proceso que duró más de 2.500 años, que tuvo como motor la lucha de clases y estuvo plagado de guerras, violencia, destrucción, arrasamiento de pueblos enteros, invasiones, revoluciones, enfrentamiento de imperios.[1] La literatura y la historia antigua europea nos hablan de las guerras entre griegos y troyanos, entre vikingos y bretones, entre romanos y cartagineses, de la expansión del Imperio Romano, de las guerras de conquista del Imperio Otomano, en fin, del largo y cruento proceso de construcción de nuevas sociedades sobre las ruinas de las antiguas. En Asia y África tuvieron lugar también procesos similares, de muy larga duración y de características parecidas en la crudeza de las confrontaciones entre clases sociales, entre pueblos y naciones enteras.
En el continente más joven, América, la transición de las sociedades comunitarias primitivas al régimen feudal tomó cerca de un milenio, incluyendo un largo periodo de la era precolombina en el que existieron sociedades estratificadas como producto de la dominación ejercida por una tribu o alianza de tribus sobre otras tribus, que dio paso a formaciones imperiales como la de los aztecas en lo que hoy es México y Centroamérica o la de los incas en una extensa zona de la actual Suramérica; en la América hispana el régimen feudal fue impuesto por la Corona y los colonizadores que se apropiaron de tierras y riquezas en su nombre; muchos de ellos eran también comerciantes, cuyos negocios mercantiles, la gran cantidad de riquezas que llevaron a Europa, dieron un impulso definitivo a la acumulación originaria de capital, que demoraría cerca de tres siglos, después del Descubrimiento, para dar paso a la era moderna coronando, a partir de la Revolución Francesa, el máximo objetivo de la Revolución Burguesa Mundial, el capitalismo. En el mundo de entonces, dominado por el absolutismo feudal, por el oscurantismo y el control ideológico de la Iglesia Católica, el descubrimiento de América fue un acontecimiento revolucionario que incorporó a todo un continente al naciente mercado mundial y aceleró el proceso incipiente de creación de la nueva sociedad, que se levantaría sobre las ruinas de la sociedad feudal. Luego de que las colonias americanas se emanciparan de sus amos europeos se produjo en nuestro continente un desarrollo el capitalismo que no fue igual al de Europa, salvo en América del Norte, por razones históricas cuyo análisis amerita otro artículo diferente que publicaré prontamente
Concluyo diciendo que la conmemoración de los 500 años de existencia de Santa Marta no puede enmarcarse ni en la lambonería y la nostalgia colonial que rodea el recibimiento que las autoridades harán a la princesa Leonor de Borbón, heredera del rancio trono español, para regocijo de los partidarios de la Leyenda Rosa, ni en la diatriba y condena retroactiva al proceso de conquista y colonización para complacencia de quienes prefieren la Leyenda Negra. Aprovechemos la efeméride para pugnar por una Santa Marta moderna que solucione todas sus carencias, como la de agua potable y alcantarillado suficiente, y aproveche las innegables ventajas que le proporciona el estar inserta en el maravilloso entorno natural creado por el mar y la Sierra Nevada, que la hacen hoy uno de los lugares preferidos de los turistas nacionales y extranjeros.
