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Pink Floyd vs Bad Bunny: Los jóvenes y la deseabilidad

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Por Gerardo Angulo Cuentas

En una ocasión, mientras hacía la fila en la cafetería de la universidad donde trabajo, escuché a un joven decirle a otro con total naturalidad: —La verdad, me gusta más Pink Floyd que Bad Bunny

No lo dijo en tono irónico ni como una pose intelectual. Lo dijo mientras hablaban sobre música de fondo y comentaban sus playlists. Lo dijo como quien acaba de descubrir algo valioso y se atreve a compartirlo. Y, aunque no me dirigía la palabra a mí, esa frase se me quedó rondando la cabeza todo el día.

No era solo una cuestión de gustos musicales. Era una señal. Una puerta abierta para pensar sobre cómo se crea la música hoy, y sobre los modelos que usamos para diseñar, comunicar y educar. En los años 60 y 70, bandas como Pink Floyd y The Doors no componían pensando en los rankings virales ni en los algoritmos de recomendación. De hecho, muchas de sus canciones eran largas, complejas, introspectivas. No estaban hechas para complacer a la primera escucha. Estaban hechas para decir algo. Para ser un viaje, no un eslogan. Eran, en esencia, exploraciones internas que luego se convertían en obras compartidas. Obras que no nacían del mercado, sino del deseo genuino de expresión. Hoy sabemos que eso tiene nombre: motivación intrínseca (Pink, 2011). Pink, en su libro, explica que los seres humanos alcanzamos nuestros mayores niveles de creatividad y compromiso cuando nos mueven tres fuerzas internas: Autonomía: elegir cómo y qué hacer; Maestría: mejorar constantemente en algo significativo; y Propósito: sentir que lo que hacemos importa.

Los músicos de los 60 y 70 no componían para agradar a una masa. Componían porque no podían no hacerlo. Y, paradójicamente, por eso terminaron conectando con generaciones enteras. Hoy, gran parte de lo que se crea —no solo música, también productos, campañas, servicios, políticas, hasta discursos— se diseña bajo una metodología muy conocida: el Design Thinking (pensamiento de diseño). Este enfoque, desarrollado por IDEO y popularizado por la d.school de Stanford, ha revolucionado la forma en que abordamos problemas y generamos innovación.

Su núcleo se basa en tres pilares (Brown, 2009): Deseabilidad: ¿Esto les importa a las personas? ¿Responde a necesidades reales?; Factibilidad técnica: ¿Podemos hacerlo con la tecnología y recursos disponibles?; y Viabilidad económica: ¿Puede sostenerse en el tiempo a nivel financiero o institucional? Cuando estas tres dimensiones se equilibran, se generan soluciones significativas, sostenibles y centradas en el ser humano. Y es importante decirlo: el modelo está bien diseñado. Es potente, útil, profundamente humano.

El problema no es el modelo: es el desequilibrio. Lo que vemos en muchos entornos, sin embargo, es un abuso del primer pilar: la deseabilidad. En lugar de usarse como criterio para empatizar con las personas, la deseabilidad se ha convertido en una obsesión por agradar, viralizar, gustar, enganchar. En el mundo de la música, esto se traduce en canciones hechas para ser pegajosas, no para ser memorables. Canciones fabricadas para el algoritmo, no para la emoción. Lo mismo ocurre en muchos otros campos: contenidos educativos diseñados para entretener antes que formar, campañas publicitarias que apelan a lo emocional sin sustancia, soluciones que priorizan el impacto inmediato sobre la profundidad. Todo debe ser “deseable”, y lo deseable se confunde con lo popular, lo fácil, lo que se consume sin esfuerzo. Pero no todo lo deseado es valioso, y no todo lo valioso es inmediatamente deseado.

Volviendo a la escena en la cafetería: ese joven que prefiere a Pink Floyd no es un nostálgico fuera de época. Es alguien que, en medio de la saturación de estímulos, está buscando algo más. Los adolescentes y jóvenes no son ciegos. Están rodeados de contenido diseñado para capturar su atención, pero siguen siendo capaces de distinguir cuando algo tiene alma. Cuando algo está hecho con intención, con honestidad, con profundidad. Cuando ese joven dijo que prefería a Pink Floyd, lo que estaba diciendo, en el fondo, es:

“Prefiero algo que me diga la verdad, aunque no sea perfecto, a algo que solo quiera gustarme”.

Y eso es un mensaje poderoso.

La solución no es abandonar el pensamiento de diseño. Todo lo contrario: necesitamos más procesos creativos centrados en las personas. Pero necesitamos usarlos con madurez, con equilibrio. Volver a valorar la maestría, la autenticidad, el propósito. Volver a crear desde lo que queremos expresar, no solo desde lo que creemos que va a gustar. Porque lo que hoy corre el riesgo de perderse no es la innovación, sino la profundidad. Y sin profundidad, toda creación se vuelve desechable.

Que un joven, en medio de una universidad moderna, prefiera un disco conceptual de 1973 a una playlist viral de este mes no es una casualidad. Es una señal de que, incluso en tiempos dominados por métricas y velocidad, la autenticidad sigue siendo deseada. Quizás deberíamos dejar de preguntarnos tanto qué es lo más popular, y volver a preguntarnos:

 

¿Qué es lo más verdadero que podemos decir?

 

Porque la música —como la educación, el arte y la vida misma— no necesita gustar rápido. Necesita quedarse.

¿Qué deseas tu?

Cualquier cosa, estoy disponible en gerardo@angulo.com.co

Referencias

Pink, D. H. (2011). Drive: The surprising truth about what motivates us. penguin.

Brown, T. (2009). Change by design: How design thinking creates new alternatives for business and society. Harvard Business Press.