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Los amigos que me enseñaron a ser viejo

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A veces la madurez no se hereda: se contagia. Esta columna es una meditación íntima sobre el paso del tiempo, los libros que nos encuentran a tiempo, y los vínculos que no se rompen porque han sido cultivados con sobriedad y ternura.

Por: José D. Pacheco Martínez

Desde muy joven tuve amigos prácticamente viejos. No por sus canas, sino por la forma en que se tomaban el mundo: lentos para juzgar, precisos en la palabra, austeros en los afectos. Mientras yo hablaba demasiado, ellos ya sabían cuándo callar. Mientras yo buscaba brillar, ellos me enseñaban a sostener. Nunca intentaron enseñarme nada, pero terminaron formándome en lo esencial.

Fui, durante mucho tiempo, un joven sin frenos. Fogoso, impaciente, envalentonado. Quería decirlo todo, corregirlo todo, entenderlo todo. Confundía urgencia con claridad, pasión con razón. Y fueron justamente esos amigos mayores —en edad o en templanza— quienes me tallaron con cariño firme. A veces con una arenga justa; otras, con una reprimenda silenciosa. Me enseñaron que tener razón no basta si uno no sabe cuándo callarla. Que la sobriedad no es frialdad, sino un modo de cuidado. Y que la vejez, bien llevada, puede ser una forma alta de dignidad.

Hace poco, en una librería, encontré un libro que parecía esperarme: Envejecer con sentido, de Martha Nussbaum y Saul Levmore. No lo buscaba, pero lo reconocí. Como se reconoce una voz amiga al fondo del ruido. Sus páginas dialogaban con esa ética callada que tantos de mis amigos me habían transmitido: la de quien envejece sin dramatismo, pero sin rendirse. La de quien se mantiene lúcido, útil y amable, aunque ya no busque escenario.

Uno no madura solo. La madurez se contagia, se aprende por compañía. Se cultiva como se cuida un jardín: con silencios compartidos, lecturas cruzadas, afectos que no asfixian. Yo he envejecido con ellos. Con los que supieron quedarse, sin invadir. Con los que no necesitaban tener siempre la razón, pero la ofrecían cuando importaba. A su lado comprendí que la vida no es una conquista: es un sostenimiento.

He recordado mucho a Néstor, el anciano sabio de La Ilíada. Su papel no era pelear, sino sostener la moral del campamento. Era el primero en hablar cuando el orgullo de los héroes amenazaba con descomponerse. No dominaba por fuerza, sino por la claridad de su juicio y el peso de su experiencia. Néstor no era un líder visible: era el equilibrio. La voz necesaria que detenía lo innecesario. Yo he tenido Néstores así. Y sin buscarlo, he empezado a entender lo difícil que es —y lo vital que resulta— sostener un vínculo o una causa con más memoria que estridencia.

Tal vez eso explique por qué ahora escucho más que antes. Por qué prefiero los diálogos lentos, los libros subrayados, las preguntas que no exigen respuesta. Entiendo mejor a esos viejos que admiraba. No los imito: los vivo. Y lo hago con una intensidad distinta. Porque llegué a esta etapa con conciencia, no por edad. Llegué con deseo de quedarme aquí un tiempo, sin nostalgias, sin miedo.

En la madurez —como en los libros de Kawabata— uno empieza a ver lo bello y lo triste como dos formas de la misma verdad. Lo efímero, que antes angustiaba, ahora conmueve. Un gesto leve, una conversación breve, una ausencia bien llevada… Todo eso se vuelve más hermoso y más doloroso, al mismo tiempo. Pero ya no duele como antes: ahora hiere con sentido.

Kawabata escribió sobre mujeres que envejecen bailando en la sombra, sobre hombres que callan ante lo inevitable, sobre flores que se marchitan más bellas que cuando florecen. Uno no comprende eso a los veinte. Ni siquiera a los treinta. Es preciso haber vivido las pérdidas sin rencor y las victorias sin alarde. Solo entonces el alma se vuelve capaz de percibir la belleza de lo incompleto.

A veces me ocurre algo curioso. Personas que han leído mis columnas o mis cuentos —cuando por fin me ven en persona— me dicen: “Pensé que usted era un viejo”. Y yo también sonrío. Porque sé lo que quieren decir. Porque intuyen, en mi voz escrita, algo de esa vejez que tanto admiré: la que cuida, la que observa, la que no interrumpe.

Hoy sé que les debo mucho a esos amigos prácticamente viejos. Parte de la voz con la que escribo, de la serenidad con la que ahora escucho, y de la manera en que intento —cuando puedo— no perderme en medio del ruido. A ellos les debo no consejos, sino ejemplo. No lecciones, sino mirada. No explicaciones, sino presencia.

Y si alguna vez alguien encuentra en mí esa forma de estar —una pausa, un gesto justo, una compañía sin aspaviento— entonces sabré que no he envejecido en vano. Que he crecido al lado de quienes supieron envejecer con sentido. Que aprendí, por gratitud, a intentar lo mismo.

Dedico esta columna de manera especial a: Eginaldo Hazbum (QEPD); Euripides Tettay (QEPD); Alfredo Avendaño Pantoja (QEPD); José Ariel Parra (QEPD); Cayetano Villamizar; Rogelio Linero López; Pablo Beltrán; Aliud Centeno y Víctor Rodríguez.