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El pueblo originario que no fue invitado a la fiesta

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Mientras Santa Marta celebró por lo alto sus 500 años con una inversión nacional de más de 1,4 billones de pesos, Puebloviejo —el pueblo que le dio sustento en sus albores— sigue marginado de la agenda oficial. Sin agua potable, con pobreza estructural y bajo amenaza ambiental, este municipio enfrenta la conmemoración con una sola certeza: sin reparación no hay memoria posible.

EDITORIAL

A orillas del mar Caribe, donde el manglar se mezcla con la historia, se alza un pueblo que fue raíz antes que república. Puebloviejo, enclave palafítico y ancestral, conmemorará pronto sus 500 años de existencia. Pero lo hará en silencio, sin aplausos oficiales, sin anuncio presidencial, sin siquiera una placa que lo nombre. Lo hará como ha vivido desde la Colonia: con dignidad, pero sin justicia.

Mientras el presidente Gustavo Petro anuncia una inversión de 1,4 billones para Santa Marta, Puebloviejo, el pueblo madre de esa ciudad, sigue sin agua potable continua, sin hospital digno, sin escuelas técnicas ni vías rurales transitables. ¿Cómo se explica que el territorio que hizo posible la fundación, expansión y alimentación de Santa Marta —gracias a la sal, el pescado y las rutas fluviales— haya sido excluido de toda forma de conmemoración nacional?

Lo afirman fuentes históricas, arqueológicas y documentales. El bachiller Martín Fernández de Enciso, en su Suma de Geographia (1519), ya hablaba de una «aldea grande» en este territorio. Rodrigo de Bastidas comercializaba con los pueblos de Tasajeras, Los Jagüeyes y la boca del Magdalena antes de fundar formalmente la ciudad en 1525. El fraile Juan de Viana, según registros locales, catequizó estas tierras el 19 de marzo de 1526 y les dio el nombre de «Playas de San José», en una clara señal de asentamiento anterior. La zona era núcleo comercial, logístico y simbólico mucho antes de la llegada del cabildo español.

Y sin embargo, el plan de desarrollo municipal 2024–2027 lo dice sin eufemismos: lo que hoy define a Puebloviejo es el abandono histórico. El 79 % de los hogares no tiene acceso a agua potable de forma continua. El 67 % de la población vive en situación de pobreza multidimensional. Solo uno de cada cinco jóvenes accede a educación superior. Las dos ambulancias existentes no funcionan.

El 64 % de los hogares carece de acceso adecuado a saneamiento básico. El 86 % de los residuos sólidos son vertidos sin tratamiento previo. Los manglares —de los que depende la economía local— han perdido más de 33.000 hectáreas desde 1956. La vida cotidiana de sus habitantes transcurre entre redes de agua que no funcionan, escuelas deterioradas, un hospital sin recursos y juventud excluida del desarrollo.

Puebloviejo también fue golpeado por la guerra. En febrero del año 2000, la masacre de Bocas de Aracataca dejó un dolor irreparable: varios pescadores asesinados, centenares de familias desplazadas, y una comunidad que tuvo que abandonar sus oficios, sus redes, su modo de vida. Según el Centro Nacional de Memoria Histórica y la Oraloteca de la Universidad del Magdalena, fueron 9.422 las personas victimizadas en el municipio, de las cuales apenas 4.486 fueron atendidas formalmente. El terror paramilitar también alcanzó a Buenavista y Nueva Venecia, generando desplazamientos masivos, pérdida de prácticas culturales y desarraigo territorial. La violencia no solo mató cuerpos: mató confianza, silenció memorias, alteró generaciones.

Y como si fuera poco, la modernidad lo partió en dos. Desde 1956, cuando se construyó la Troncal del Caribe, Puebloviejo quedó dividido física y simbólicamente: de un lado, la ciénaga que agoniza; del otro, el mar que resiste. Por el centro, una carretera que simboliza la indiferencia: por ahí pasan camiones, turistas, ministros y mercancías. Pero nadie se detiene. El progreso de la región transita a toda velocidad, sin mirar hacia los costados. Cinco siglos de historia no caben en la orilla de la autopista.

Aun así, el alcalde Brando Márquez ha preferido que el quinto centenario no sea homenaje sino inflexión. Su plan no propone fiestas ni placas: propone recuperar flujos hídricos, reactivar la economía pesquera, dignificar la infraestructura educativa y restaurar la base ecológica. Plantea, también, una agenda cultural para que la historia vuelva a ocupar el centro de la identidad local. Pero, sobre todo, exige que la nación cumpla con su deuda.

No se trata solo de obras. Se trata de reconocer que el olvido también es una forma de violencia. Y que la dirigencia regional —política, empresarial y social— ha sido cómplice de esa violencia. Han invertido en el turismo de la capital pero nunca en la supervivencia del pueblo que le dio origen. Han promovido zonas francas pero no acueductos. Han edificado centros comerciales pero no aulas. Y pese a ello, el empresariado no asume su cuota mínima de responsabilidad social en el territorio que sustenta sus ganancias.

¿Dónde están los gremios? ¿Las fundaciones universitarias que se autoproclaman defensoras del Caribe? ¿Las grandes empresas pesqueras que extraen riqueza sin retribuir con salud, educación o ambiente sano? Cada cifra del plan de desarrollo es un llamado a la conciencia: no hay sostenibilidad sin justicia territorial. No hay ética sin redistribución.

El tejido social de Puebloviejo ha resistido con sabiduría. A pesar de la muerte de los manglares, las familias se aferran a la pesca. A pesar de la precariedad educativa, los jóvenes sueñan con universidades. A pesar del desplazamiento y las masacres, los mayores conservan la memoria.

Como escribió Pedro María Rebollo en 1952: “Puebloviejo era mercado nocturno, era ritual, era vida. Sus botes partían a medianoche hacia Mompox, surcando la oscuridad con la dignidad de los que no temen al olvido”. Hoy esa oscuridad es impuesta. Y esa dignidad, intacta, reclama lo que le pertenece.

Desde esta tribuna editorial, nos sumamos a esa exigencia. No se puede celebrar medio milenio de Santa Marta sin incluir en el relato al pueblo que la hizo posible. No se puede hablar de justicia social sin reparar primero a los territorios que han sido excluidos del desarrollo. No se puede seguir escribiendo la historia con tinta de olvido.

Puebloviejo no pide conmemoración. Pide reparación. Pide que se detengan, que escuchen, que miren. Que no pasen de largo como lo hace la Troncal. Porque cinco siglos no se reducen a un letrero al borde de la carretera, cinco siglos son una deuda, un llamado y una esperanza. ¡Miremos a Puebloviejo antes que la erosión costera y el olvido lo borren por completo del mapa y la historia!