Geopolítica Parroquial
El padre que no quiere que el hijo llegue
Cuando el símbolo vale más que el sucesor
Por Víctor Rodríguez Fajardo
Jaime Bateman Cayón fundó el M-19 sobre una certeza decisiva: en política, el símbolo puede valer más que el fusil. “Vamos a gobernar”, decía en los años del Estatuto de Seguridad, cuando gobernar parecía una fantasía de borrachos. No imaginaba solo el poder tomado por las armas, sino conquistado por el golpe de opinión: la acción espectacular que no necesita ganar militarmente porque vence en otro campo, el de la imaginación pública.
El Cantón Norte tuvo valor operativo: eran armas reales, robadas del corazón militar de Bogotá. Pero su botín mayor fue simbólico: el M-19 no solo se llevó fusiles; se llevó la imagen de un Estado perforable. La embajada dominicana fue negociación, pero también escena mundial: rehenes, cámaras, salida hacia Cuba. La espada de Bolívar no era para empuñarla. Era para fotografiarla.
Para entender ese método hay que mirar el origen. El M-19 no nació del marxismo soviético ni de la revolución cubana. Nació de la noche del 19 de abril de 1970, en el tramo final del Frente Nacional, ese acuerdo bipartidista que terminó convertido en cartel de alternancia. Esa noche, una parte del país creyó ver cómo una victoria se convertía en derrota entre boletines suspendidos, toque de queda, sospechas y resultados cambiantes. Para el relato anapista, el sistema prefirió cerrarse sobre sí mismo antes que aceptar que un outsider popular llegara al poder. El M-19 nació de esa herida: no de una teoría, sino de una elección percibida como estafa.
Por eso fue distinto de las FARC y del ELN. No surgió de la ruralidad doctrinaria, sino de un robo narrable. Le bastaba una fecha: 19 de abril. La izquierda ortodoxa lo miró como aventura sin doctrina. Pero el M-19 tenía algo más poderoso que la coherencia: narrativa. Y la narrativa exige enemigo visible, gesto audaz y momento exacto.
Ninguna acción revela ese método con más brutalidad que la toma del Palacio de Justicia. El cálculo no era derrotar militarmente a Belisario Betancur, sino llevar la guerra al centro simbólico del Estado: la justicia. El M-19 buscaba un juicio político. El Estado respondió con tanques, fuego, muertos, desaparecidos y una institucionalidad recuperando su símbolo mediante la destrucción de ese mismo símbolo. Fue un fracaso militar y político para el M-19, pero dejó una imagen imborrable. En política hay fracasos que desaparecen y fracasos que se vuelven mito.
Petro parece haber aprendido esa gramática: no basta actuar; hay que producir escena. En Córdoba, en plena antesala de la segunda vuelta, no habló solo como presidente. Volvió a hablar como protagonista moral de la historia. No fue únicamente a jalar votos por Iván Cepeda. Fue a recordarle a su base que él sigue siendo el centro del relato. Que sin él la historia pierde protagonista.
Bateman robó la espada de Bolívar y se rió. Petro va a Córdoba y llora. Gestos distintos, intuición común: en política, el símbolo puede sobrevivir al resultado. Su presidencia ha seguido esa estructura: reforma de salud como batalla épica, paz total como gesto histórico, ruptura con Israel como teatro moral global. Siempre el símbolo sobre la consecuencia.
Petro no es simplemente la herencia del M-19. Es la encarnación de su método. Y ese método, aplicado a la sucesión, produce una pregunta incómoda: ¿puede Petro permitir que la izquierda siga sin él?
Iván Cepeda pertenece a otra izquierda: la del expediente, el archivo, la denuncia persistente, la disciplina moral del militante que cree que la historia se gana acumulando pruebas. Estudió filosofía en Sofía, Bulgaria. No viene de la épica del asalto, sino de la severidad del argumento.
Cepeda usa cuello mao. Petro usa Ferragamo. La diferencia no es de ropa, aunque la ropa la delata. Cepeda representa la austeridad del expediente; Petro, la exuberancia de la escena. Son dos gramáticas de la izquierda colombiana: dos izquierdas que se necesitaron, pero nunca se fusionaron.
La pregunta es inevitable: ¿por qué Petro, encarnación del espíritu del M-19, terminó empujando como candidato a un hombre que representa casi todo lo que el M-19 no era? La respuesta cómoda es que el fallo contra Uribe creó una urgencia política: Cepeda era el nombre del momento, el rostro asociado a la caída judicial del uribismo. Pero hay otra respuesta, más incómoda.
Según fuentes del Pacto Histórico consultadas para esta columna, Petro quería a María José Pizarro en la vicepresidencia. Cepeda cerró con Aída Quilcué. La decisión no fue solo electoral: le quitó a Petro la ceremonia de restitución del M-19. Con María José Pizarro, hija de Carlos Pizarro, el círculo cerraba perfecto: el movimiento que entregó las armas y perdió a su comandante volvía al poder con la hija del mártir. No era fórmula. Era liturgia. Cepeda eligió otra cosa: desplazó el centro simbólico hacia los pueblos indígenas, las víctimas, la organización social y el territorio. Fue una declaración de independencia: esta campaña no será tu memoria.
Luego aparece Benedetti. No como chisme, sino como expediente. Conoce la cocina del triunfo de 2022: promesas, alianzas, deudas políticas. Cepeda, por su biografía, no puede aparecer como continuidad ética cargando esa sombra. La distancia entre Benedetti y la campaña no es solo temperamento; es mensaje: un gobierno Cepeda no nacería administrando lealtades heredadas del petrismo.
Un gobierno Cepeda tendría incidencia sobre nuevos ciclos institucionales: órganos de control, ternas, mayorías, expedientes y nombramientos. No sería necesariamente tranquilidad para el gobierno saliente. Podría ser una transición incómoda, vigilante, moralista. Cepeda no es un sucesor dócil. Es un auditor con banda presidencial.
Abelardo de la Espriella ganando es predecible para Petro: derecha, revancha, establecimiento, trinchera. Petro sabe sobrevivir contra eso. Cepeda ganando es otra cosa: lo impredecible viene de adentro.
La explicación más generosa es que Petro sí quiere que Cepeda gane, pero no sabe cómo ayudarlo sin dañarlo. Un presidente desgastado y vigilado por las reglas de participación política puede ser más lastre que motor. Su distancia podría ser prudencia, no sabotaje.
Pero esa explicación no agota el problema. Incluso si Petro no conspira contra Cepeda, la derrota de Cepeda le ofrece algo que la victoria le arrebata: el monopolio del relato. La hipótesis no es que Petro quiera perder. Sería burdo. La hipótesis es más fina: una victoria de Cepeda obliga a Petro a volverse antecedente; una derrota le devuelve lo que mejor administra: antagonismo, persecución, agravio y épica.
Cepeda presidente sería la prueba de que la izquierda puede seguir sin Petro. Cepeda derrotado sería la prueba, al menos para los petristas, de que sin Petro la izquierda no sobrevive.
Ahí está la incomodidad: no en una conspiración explícita, sino en una estructura de incentivos. No en el sabotaje evidente, sino en la rentabilidad narrativa de la pérdida. Si Cepeda pierde, Petro puede convertir la derrota en su próximo golpe de opinión: no el presidente que no logró entregar el poder, sino el líder al que no dejaron continuar la obra. El derrotado moral. El perseguido. El único indispensable.
Bateman lo habría entendido. “Vamos a gobernar”, decía. Pero nunca dijo quién debía gobernar después.
Petro ya gobernó. La pregunta ahora es otra: si está dispuesto a dejar que alguien gobierne después de él.
