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Geopolítica Parroquial

El decreto no suma votos

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Abelardo ganó la Presidencia, pero todavía no ha conquistado el Congreso

Por Víctor Rodríguez Fajardo – El Man del Sombrero

El Gobierno de Abelardo de la Espriella parece descansar sobre una teoría tan seductora como peligrosa: el Tigre no necesita a Álvaro Uribe, no tiene por qué arrodillarse ante los partidos tradicionales y, si el Congreso decide atravesarse, siempre podrá gobernar por decreto.

La fórmula suena bien en campaña. Autoridad, rapidez y cero politiquería. El hombre fuerte firma mientras los demás conversan. El problema es que una cosa es ganar votos prometiendo patear el tablero y otra gobernar cuando se descubre que las fichas, las reglas y hasta el reloj pertenecen a jugadores distintos.

Abelardo puede conformar su gabinete sin pedirle permiso a Uribe, nombrar funcionarios y expedir decretos reglamentarios. Lo que no puede hacer es reformar la justicia, modificar impuestos, aprobar el presupuesto, cambiar las leyes laborales, intervenir estructuralmente la salud o desmontar las reformas de Petro sin pasar por el Congreso.

Mucho menos puede elegir por decreto al contralor general o a los magistrados del Consejo Nacional Electoral.

La fantasía constitucional

La teoría del decreto confunde administrar con legislar.

La Constitución autoriza al presidente para reglamentar las leyes, no para reemplazarlas. Existen decretos con fuerza de ley, pero tampoco son una tarjeta presidencial sin cupo. Las facultades extraordinarias debe concederlas el Congreso y los estados de excepción requieren hechos extraordinarios, tienen límites y pasan al examen de la Corte Constitucional.

Una derrota legislativa no constituye una emergencia.

Declarar emergencias para remendar la falta de mayorías puede producir titulares, pero también demandas y derrotas judiciales. El Tigre terminaría rugiendo desde la Casa de Nariño mientras las cortes le apagan los decretos uno por uno.

Gobernar sin el Congreso no es una estrategia audaz: es una fantasía constitucional.

Los números aterrizan al Tigre

La distribución de las siete comisiones permanentes de la Cámara muestra la distancia entre el discurso y la realidad.

Cambio Radical, Creemos y Salvación Nacional —el núcleo cercano al presidente electo— tienen cuatro representantes en la Comisión Primera; uno en la Segunda; tres en la Tercera; tres en la Cuarta; uno en la Quinta; tres en la Sexta y uno en la Séptima.

Eso no es una coalición de gobierno. Es el abrebocas de una negociación.

Para mejorar la foto habría que sumar los 30 representantes del Centro Democrático. Pero esos congresistas no fueron elegidos por Abelardo ni reciben órdenes suyas. Pertenecen a un partido dirigido por Álvaro Uribe, quien acaba de recordar que todavía sabe contar votos.

Abelardo respaldó a Alfredo Deluque para la presidencia del Senado. Uribe impulsó a Honorio Henríquez y lo eligió con 56 votos. Primera medición, primera lección: compartir orilla ideológica no significa reconocer al mismo capitán.

El Centro Democrático puede acompañar al Gobierno, pero no pertenece al Gobierno.

Incluso sumándolo con el núcleo cercano a Abelardo, el Gobierno no obtiene mayoría en ninguna comisión de la Cámara. Para construirla en la Primera, Tercera, Cuarta y Quinta debe agregar al Partido Conservador y a La U. Reuniendo a todos, todavía queda dos votos por debajo en la Segunda, Sexta y Séptima.

En pocas palabras: Abelardo necesita a Uribe, pero tampoco le basta con Uribe.

No tiene una coalición; tiene una cadena de dependencias: del uribismo para comenzar, de los partidos tradicionales para completar y de algunos independientes para cerrar. Aquellos que en campaña eran “los mismos con las mismas” ahora aparecen convertidos en votos respetables, indispensables y constitucionalmente perfumados.

Mayorías con respirador artificial

La Comisión Primera necesita 18 votos. Centro Democrático y el núcleo de Abelardo suman 11. Con los conservadores llegan a 15. Solamente incorporando a La U alcanzan los 18 exactos.

Mayoría sí, pero con respirador artificial. Basta una ausencia, una rebeldía o un congresista disgustado porque su región no apareció en el presupuesto para que la reforma comience a oler a archivo.

En las comisiones económicas, el Gobierno tiene mejores posibilidades. Allí podría tramitar el presupuesto, una reforma tributaria y el Plan Nacional de Desarrollo. Pero esos votos no llegarán por amor a la Patria Milagro. Vendrán acompañados de solicitudes regionales, participación política y ese repertorio de urgencias que florece cuando un Gobierno descubre que necesita congresistas.

El campo minado está en la Comisión Séptima. Pacto Histórico y Partido Liberal reúnen diez votos y completan la mayoría. El bloque potencial de Abelardo, incluyendo al Centro Democrático, conservadores y La U, apenas llega a ocho.

Si pretende modificar las reformas sociales de Petro, deberá romper la disciplina liberal, atraer al Verde o pescar votos individuales. La Séptima puede ser el lugar donde el hombre fuerte descubra que la Constitución también tiene dientes.

El Senado tampoco ofrece refugio

Si la Cámara es un laberinto, el Senado es el mismo laberinto con las luces apagadas.

Las 103 curules quedaron repartidas entre el Pacto Histórico, con 25; Centro Democrático, 17; Partido Liberal, 13; Alianza por Colombia y Partido Conservador, 10 cada uno; La U, 9; Cambio Radical–ALMA, 7, y otras fuerzas, 12.

Las comisiones se conforman mediante representación proporcional y acuerdos entre bancadas. Su integración definitiva deberá formalizarse, por lo que sería aventurado repartir cada silla con precisión de notario. Pero la tendencia es clara.

Pacto y Centro Democrático serán las fuerzas individuales más grandes, aunque ninguna podrá decidir sola. Liberales, conservadores, La U, Alianza por Colombia, Cambio Radical e independientes tendrán los votos capaces de inclinar las decisiones.

Alianza por Colombia puede convertirse en una bisagra cuando el Gobierno quiera reducir su dependencia del Liberal o evitar que Uribe ejerza la jefatura de la mayoría.

El Senado reproduce la conclusión de la Cámara: Abelardo necesita al uribismo para construir una base, pero deberá sumar dos o tres fuerzas adicionales para convertirla en mayoría.

Petro perdió la Casa de Nariño, pero conserva la bancada individual más grande. Uribe no ganó la Presidencia, pero dirige la segunda. Y los partidos tradicionales, condenados en los discursos a mirar la historia desde la gradería, terminaron nuevamente sentados en la mitad del tablero.

Las mesas no hacen milagros

Controlar las mesas directivas ayuda. Sus presidentes organizan el orden del día, designan ponentes y conducen las votaciones.

Pero una presidencia amiga no convierte ocho votos en diez. Las mesas administran el ritmo; las mayorías mueven el barco.

Cada proyecto deberá superar la comisión correspondiente en Cámara y Senado, las dos plenarias y, cuando sea necesario, la conciliación. El Gobierno no necesita una sola mayoría. Necesita reconstruirla en cada etapa.

La diplomacia del Dom Pérignon

La relación entre Abelardo y el uribismo tampoco está rota. Como conté ayer, el presidente electo y Honorio coincidirán en Santa Marta durante la fiesta de quince años de la hija de Joaquín “Joaco” Gutiérrez, hombre de confianza del Tigre y consuegro del nuevo presidente del Senado.

Eso no significa que la Contraloría vaya a negociarse durante el vals. Significa que existen puentes personales capaces de sobrevivir a las derrotas políticas.

Mientras Rodrigo Lara organiza la coalición por la vía institucional, Joaco puede bajar la temperatura por la vía social. Algunas mayorías nacen en los directorios; otras comienzan con un saludo largo y la champaña bien fría.

Joaco puede acercar las copas. Lara tendrá que acercar los votos.

Agosto no concede luna de miel

El 12 de agosto, cinco días después de la posesión, el Congreso pleno elegirá al contralor general. Después vendrá la elección de los nueve magistrados del CNE.

Rodrigo Lara no tendrá cien días para demostrar resultados. Probablemente no tendrá ni diez.

La elección de Honorio dejó sobre su escritorio una derrota ocurrida antes de asumir. La Contraloría será la revancha y la primera prueba real de gobernabilidad. No bastará con promover un candidato: tendrá que elegirlo.

Lara deberá construir una mayoría en la que el Centro Democrático participe sin ejercer la jefatura y los partidos tradicionales acompañen sin apropiarse del Gobierno. Si Uribe vuelve a imponer la decisión, quedará claro que Abelardo ocupa la Casa de Nariño, pero el expresidente conserva buena parte del mando sobre el Congreso.

Si Lara intenta rodearlo negociando con liberales, conservadores, La U y Alianza por Colombia, demostrará que puede prescindir de Uribe, pero no de “los de siempre”. Y si fracasa y recomienda gobernar por decreto, solamente trasladará la derrota política a los tribunales.

Abelardo ganó la Presidencia. Uribe ganó la primera batalla del Senado. Petro conserva la bancada individual más grande. Los partidos tradicionales tienen las llaves de las comisiones. Y Lara deberá construir una mayoría antes de que el Tigre pierda la paciencia.

En el Capitolio no gana quien ruge más fuerte ni quien firma más decretos.

Gana quien consigue los votos.