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La primera y la última aula

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Por: Gerardo Angulo Cuentas

gerardo@angulo.com.co

Nunca sabremos dónde estuvo la primera aula de clases de la humanidad. Pero me gusta imaginarla.

No tenía paredes. No tenía techo. No tenía pupitres. No tenía un tablero. Mucho menos un rector o un plan de estudios. Solo tenía un árbol que ofrecía sombra en algún lugar de África, un pequeño grupo de seres humanos y una conversación.

Imagino a un cazador que acaba de regresar. En su brazo lleva la marca de una herida reciente. Los más jóvenes lo rodean. Les explica dónde encontró el peligro, cómo siguió un rastro o qué error no deben volver a cometer. Alguien pregunta. Otro responde. Todos aprenden.

Quizá allí nació la primera aula.

No porque existiera un profesor ni porque hubiera un currículo, sino porque ocurrió algo mucho más trascendente: una persona decidió compartir lo que había aprendido para que otra no tuviera que descubrirlo únicamente a través de sus propios errores.

Desde entonces, la historia de la humanidad puede entenderse como una inmensa cadena de conversaciones. Unas ocurrieron alrededor del fuego. Otras durante una jornada de caza. Muchas en talleres de artesanos, en embarcaciones de pescadores o mientras se cultivaba la tierra. Muchísimo tiempo después llegaron las escuelas, las universidades, los auditorios y los edificios inteligentes.Construimos instituciones extraordinarias para organizar el conocimiento. Pero, en ese largo recorrido, quizá dejamos de hacernos una pregunta muy sencilla: ¿qué hace que un lugar sea realmente un aula?

Durante años hemos respondido casi por inercia: cuatro paredes, un tablero, un profesor y un grupo de estudiantes.Sin embargo, basta retirar las paredes para comprobar que el aprendizaje sigue ocurriendo.

Entonces las paredes nunca fueron la esencia. Lo esencial siempre fue la conversación. Esa idea adquiere un significado especial cuando se mira desde el Caribe.

Nuestra región ha conservado históricamente una rica tradición oral como una de las formas de transmitir conocimientos, experiencias y memoria colectiva. Las historias familiares, los relatos de los mayores, las conversaciones en los patios, las tertulias en las terrazas y los encuentros bajo la sombra de un árbol forman parte de una cultura donde hablar, escuchar y preguntar siguen siendo maneras de aprender. No sustituyen la lectura ni la escritura; las complementan y les dan vida.

Quizá por eso me resulta curioso que muchas de nuestras universidades hayan terminado copiando casi exclusivamente modelos arquitectónicos concebidos para otros climas y otras formas de relacionarse. Edificios cerrados, salones idénticos y filas de pupitres perfectamente alineados. Son espacios indispensables y seguirán siéndolo. Nadie discutiría la importancia de un laboratorio, una biblioteca o un auditorio.

Pero ¿por qué asumimos que todas las conversaciones académicas deben ocurrir exactamente en el mismo tipo de espacio?

Me gusta imaginar una universidad del Caribe donde, además de los salones tradicionales, exista un Aula Pivijay.

No un edificio. Un árbol. Unas bancas dispuestas en círculo.Un tablero. Nada más.

A unos metros podría existir un Aula Algarrobo. Otra sombra. Otro círculo. Otra conversación.

No serían espacios para reemplazar las clases convencionales. Serían lugares destinados a esos seminarios, mentorías o debates donde las mejores ideas suelen aparecer cuando las personas dejan de mirarse la espalda y comienzan a mirarse a los ojos.

Elegí esos dos nombres porque cerca de mi ciudad, Pivijay y Algarrobo no son solamente unas poblaciones. También evocan árboles profundamente ligados a nuestro territorio. Pero la idea trasciende nuestras fronteras. En otra universidad del Caribe ese árbol podrá ser una ceiba, un samán, un almendro, un flamboyán o cualquier especie que forme parte de la memoria de su comunidad.

Vivimos fascinados con las tecnologías educativas del futuro. Hablamos de inteligencia artificial, plataformas digitales, realidad virtual y aulas inteligentes. Todo eso ofrece oportunidades extraordinarias y debemos aprovecharlas. Pero, mientras imaginamos la próxima gran innovación, quizá convenga recordar la más antigua de todas: dos personas conversando con el propósito de comprender mejor el mundo.

Todavía ninguna pantalla ha sustituido por completo ese momento en que una buena pregunta cambia el rumbo de una discusión. Ningún algoritmo ha logrado reemplazar la experiencia de descubrir una idea mientras alguien la contradice, la matiza o la mejora. La conversación sigue siendo una de las tecnologías más poderosas que ha desarrollado nuestra especie.

Tal vez por eso la primera aula no necesitó electricidad. Solo necesitó curiosidad.

Y tal vez por eso la universidad del futuro no dependerá únicamente de los edificios que construya, sino de las conversaciones que sea capaz de provocar.

Hay quienes creen que innovar consiste únicamente en incorporar más tecnología. Yo sospecho que, en ocasiones, innovar también significa recuperar aquello que nunca debimos perder.

Por eso me gusta imaginar que, dentro de algunos años, un estudiante pueda decir con absoluta naturalidad: “Hoy no tenemos clase en el bloque de ingeniería. Hoy tenemos clase en el Pivijay”. Y que nadie encuentre extraña esa frase, porque todos entiendan que el conocimiento no depende del concreto, sino del encuentro entre personas dispuestas a pensar juntas.

Quizá esa sea la paradoja más hermosa de la educación. La primera aula de la humanidad probablemente nació bajo la sombra de un árbol. Y quizá la última gran aula que construyamos también se parezca a aquella.

No porque hayamos retrocedido miles de años. Sino porque, después de recorrer todo el camino de la civilización, habremos recordado, por fin, qué era, desde el principio, un aula de verdad.

Nota local: Hablando de árboles ¿será que un Marañón pega en el Magdalena?